Ya os he hablado alguna vez de Goa-man, a quien con suerte veo una hora a la semana cuando el trabajo me lo permite pero de quien normalmente saco ideas para mucho más tiempo.
Estos días he estado pensando en una historia que nos contó sobre la construcción de puentes. Sí, como lo leéis, de estas cosas solemos hablar.
El caso es que para construir un puente sobre un río, se tiene que empezar por cada una de las orillas para terminar juntándolas en el centro.
De nada sirve hacer todo el trabajo desde un único lado porque el puente nunca llegará a la orilla contraria. Caerá (imagino) vencido por su propio peso. Tampoco sirve de mucho que se trabaje más desde una de las partes, construyendo más de la mitad del puente y dejando que la parte contraria trabaje menos, precisamente por la misma razón: se caería.
Es decir, que la construcción del puente tiene que estar organizada, coordinada y todas las partes deben colaborar por igual.
En la vida todos los días tenemos puentes que construir: en el trabajo con tus compañeros, en la familia con tus responsabilidades, en la amistad con tus compromisos y en el amor con tu implicación.
¿Y sabéis qué? Que lo único importante es saber parar a tiempo. Lo único que te mantiene a salvo de disgustos y dolores de cabeza es construir tu parte de puente hasta el centro del río y quedarte esperando allí arriba. Y desde ese punto, hay que mirar hacia la otra orilla y preguntar al que está en el otro lado: “¿Vas a venir? Yo ya he hecho mi parte, ¿vas a hacer tú la tuya?”.
Así es esto de simple.
Ni que decir tiene que, si tras un tiempo esperando la otra mitad del puente no tiene visos de ser construida, vale la pena desandar el camino, volver a la orilla y empezar a construir otro puente un poco más alejado y con otro equipo de arquitectos.
¿Y dónde estoy yo ahora? Por el momento estoy resguardada debajo de uno.

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