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Girls just want to have fun

Llegué a casa y apenas sin tiempo para sacar alguna cosa del bolso, salí corriendo para no llegar tarde a mi cita. Me esperaba mi queridísima BoraBora con unas amigas para iniciar nuestra ruta por el Fashion’s Night Out.

Seis chicas con la única intención de pasar un buen rato y, si se diese el caso, hacer alguna compra nocturna.

El plan prometía: tiendas abiertas, djs por doquier, cava prácticamente en todas las tiendas y el inevitable famoseo. Impresionante la señorita Pilar Rubio al natural (muchísimo mejor que en la tele, que ya es decir). Muy curioso ver a Carmen Lomana (sí, realmente esa señora existe). Sorprendente ver a una ex-concursante de Super Modelo y enterarme de que es novia del Director-General-de-no-sé-dónde y que ahora es una asidua de la biblia del papel couché de nuestro país.

Mucha gente vestida para la ocasión (yo que iba directa del trabajo desentonaba, he de confesarlo) y mucha niña joven de vacaciones hasta el inicio del curso escolar.

Incidente número 1 de la noche: BoraBora hablando por teléfono y diciendo “estoy aquí, con las niñas” (refiriéndose a nosotras, claro). Acto seguido, una de esas veinteañeras se gira hacia sus amigas, se ríe y pronuncia lo siguiente: “sí, sí….las niñas”.

Bueno, vamos a ver, que hayamos salido ya de la pubertad no nos deja absolutamente fuera del mundo y tenemos derecho a existir, ¿no?

Con el ego alto (altísimo), riéndonos del comentario y pensando algo tipo “ya te gustaría a tí llegar a mi edad en mi estado”, seguimos el periplo.

Dejé fichados un abrigo y un vestido y volví a ver esos zapatos que me rondan la cabeza desde hace un tiempo. Me porté bien y mantuve atada la tarjeta, sacándola exclusivamente para aquéllo que “realmente” me hacía falta. En estos momentos me estoy viendo a mí misma como Becky la shopaholic…

Dudas existenciales aparte, continuamos la noche para acabar entrando en una atestadísima Loewe, sembrada de gente con unos imposibles estilismos y con pocas ganas de gastar. “In it for the free drink”.

Incidente número 2 de la noche: BoraBora acecha al coctelero y consigue tres copas para nuestra troupe ante las miradas y comentarios furiosos de un grupo de veinteañeros indignados con un inútil “hemos llegado antes”. ¡Ja! Además de ser mentira, la experiencia es un grado y a nosotras no nos roban una copa delante de nuestras narices cinco jovenzuelos.

Con el ego aún más alto (altísimo) y pensando algo tipo “¿juventud, divino tesoro?”, tuvimos charla para un buen rato, centrada fundamentalmente en torno a si nos iban a asaltar a la salida de la tienda para darnos nuestro merecido.

Nada de eso ocurrió, afortudamente. Salimos de la tienda, nos despedimos y cogimos un taxi para volver a casa. No olvidemos que hoy trabajábamos todas y estamos ya “mayores” como para andar haciendo excesos un jueves por la noche.

Fue una noche genial que espero repitamos y es que las chicas, sólo queremos divertirnos.

Pulsando el Play: Russian Red - Girls just want to have fun

Judy in disguise (with glasses)

El primer gafapasta de mi vida fue Mortadelo.

De sus cientos de historietas heredé una fidelidad a las gafas-que-combino-con-mis-modelitos y una pasión desmesurada por los disfraces.

No sé si es porque en el fondo no tengo vergüenza o porque me encanta hacer el payaso, pero el caso es que soy una superfan de meterme en otras vidas con la ayuda de un trajecito carnavalero.

Así que en esta vida he vivido por días bastantes otras en forma de disfraz: de hada del bosque (precioso, como una princesita de cuento), de sol (un poco rollo la corona), de diablo (ese tridente… qué juego dio), de mesonera (ceñidito el corpiño, estupenda imagen), de Boney M (o como decíamos nosotras: de “madari”, un día explicaré de dónde viene), de bañista de los años 20 (aunque nos confundían con bebés), de tomate (éste fue un agobio, era una bola de borreguito roja entrando en los bares, casi muero asfixiada), de ficha de dominó (¡qué risas poniéndonos todos en mitad de la calle en fila y haciendo un serpentín!), de bolo (era cuando estaba de moda “El grand prix”…sin comentarios, aunque fue divertidísimo), de Morticia Adams (éste cuando era joven y bella, ahora mataría por entrar en el vestidito), de vaquera (con mis pistolitas yeyé) y cómo no: de Super Nena (de Pétalo, que es la rosa que lleva un lazo enorme).

No están todos los que son pero son todos los que están. Y, básicamente, el denominador común de todos ellos es: me disfrazo, sí, pero siempre mona.

Hay gente que no entiende esta máxima: lo respeto y lo entiendo pero no es para mí. Yo soy de las que cumple eso de “genio y figura hasta la sepultura” combinado con “antes muerta que sencilla” y un poquito de “no me mires, no me mires, no me mires, déjalo ya, que no me he puesto el maquillaje”.

A una semana de carnavales y con una fiesta en ciernes estoy dándole vueltas al disfraz de este año. Se baraja la opción de ir de superheroína (ya es mala suerte: justo ahora que he decidido aceptar mis incapacidades, voy y me disfrazo de superwoman…) o de mala-malota de comic.

Y creo que me he metido en un jardín-jardín (dedicado a Sir Charles) porque por más que busco fotos y dibujos, no acabo de dar con el mío. Tengo dudas, tengo muchas dudas y el reloj va en mi contra… así que acepto sugerencias, más bien ¡exijo sugerencias!

Ah, se me olvidaba, por si tenéis curiosidad, estaré por aquí bailando al ritmo de las propuestas de Flashman y Romántico. Para que me reconozcáis: seré la del antifaz o la del látigo… esto promete, ¿no?

Parole

Genial. Es casi la una de la mañana y acabo de entrar en casa, reventada de todo el día y con ganas de dormir y ¿qué me encuentro en lugar de la anhelada tranquilidad de mi hogar? Pues una pelea telefónica a grito pelado de la vecina (pesada) de arriba.

No es la primera vez que ocurre pero por mi bien espero que sea la última. A ver si deja ya al (suponemos) bastardo de su novio que (evidentemente) no le conviene, a juzgar por los gritos que pega ella. Por cierto, me encanta la palabra “bastardo”. Suena redonda, fuerte y con un tono de mucho desprecio cuando la dices lentamente.

A lo que iba: al susodicho (que no vive arriba) también le he oido gritar, pero en alguna situación de las de dos rombos y bueno, este momento preferiría olvidarlo para el resto de mis días…

Me doy cuenta de que tengo un problema bien grande (aunque no tanto como la de arriba): ¡quiero dormir!

Y creo que tocarle el timbre y pedirle amablemente que termine su pelea porque necesito descansar para mi duro día de mañana no va a causar el efecto esperado.

Mientras tanto, y para hacer más llevadero este trago, llevo varios mensajes intercambiados con un plurkero al que sólo conozco de la red pero que, contra todo pronóstico, me cae bien.

Es curioso: mi plurkero podría ser el novio de la de arriba y podría estar manteniendo esta conversación conmigo en la red mientras discute con su novia por teléfono. Sí, ya sé, ya sé, los hombres jamás podrían hacer estas dos cosas simultaneamente…

El hecho es que nunca llegas a saberlo todo de alguien y sólo estando en las peores situaciones te acercas a la verdadera realidad.

La de arriba ya ha dejado de gritar y mi plurkero se ha ido de la pantalla. Ay, ay, ay…mañana le doy de baja, no vaya a ser que en breve alguien publique un post sobre mis discusiones de pareja.

Let’s talk about sex, baby

¿En serio tengo que hablar de sexo en el blog? Eso parece. Tengo un plurkero que me lo ha pedidosugerido…qué le vamos a hacer, no está el mundo del blog como para perder lectores.

Empecemos por esto: ¿Por qué le llaman amor cuando quieren decir sexo? Y la respuesta es: ¡A mí qué me cuentas!

Yo le llamo sexo cuando quiero decir sexo (al amor no le pongo nombre porque se corren riesgos innecesarios).

Decía que yo le llamo sexo cuando quiero decir sexo. Y tan a gusto que me quedo. ¿Con el sexo? ¡No, con decirlo correctamente!

Podría contar mil historias, propias y ajenas, sobre chicos que aún creen que tienen que dar un “valor añadido” a una noche de pasión para poder conseguirla.

Un consejo: no lo hagáis. No sirve de nada y nos cabrea.

Si es sexo, es sexo. Para mí y también para tí. Es sexo para los dos. ¿Lo acepto o no lo acepto? Ésa es otra historia.

¿Qué pasa si me intentas camelar con “te llamo”, “no quiero estar con otra”, “yo esto no lo suelo hacer a menudo”, etc. y luego no te comportas como si yo fuera tan especial para ti? Que pierdes la posibilidad de tener sexo conmigo por segunda vez. Es muy simple.

Es muy simple y muy perjudicial a la vez. Para mí y también para tí.

Así que, por nuestra salud mental y por la prosperidad de las empresas de anticonceptivos, seamos honestos y llamemos a las cosas por su nombre. Yo lo agradecería.

La noche me confunde

Madre mía, madre mía…la de mentiras que andan sueltas por los bares.

Si ya lo decía Dinio: que la noche le confundía. Y al final va a resultar que este personaje, que fue el hazmerreir del país durante un tiempo, tenía toda la razón.

Y sí, sí, a mi la noche me confunde, pero no tiene nada que ver con no saber lo que hago sino con la de tonterías que me llevo puestas a casa tras dos copas.

Hoy sin ir más lejos he conocido a un gigoló de barra americana, a un pastor de ovejas en trashumancia y a un fontanero.

Eso me han dicho. “Eso me han dicho” es muy distinto de “eso me he creido”, que una ya está curtida en estos temas. Evidentemente, esto no hay quien se lo crea y ahora me limito a encontrar la gracia en adivinar quién me va a contar el disparate más grande. Así que la conclusión es fácil: me he reido un montón.

Cambiar mi nombre, que me parecía hasta algo que hacía por seguridad hace años se queda muy corto en comparación con el “astronauta que se dedica a arreglar lavadoras”, el “montador de piscinas” o el “heredero de la familia real polaca asesinada” que he tenido el gusto de conocer en otras ocasiones (ésta última es muy buena, le dedicaré un post personalizado al protagonista).

Y dicen que es por no hablar de trabajo mientras se está en tiempo de ocio. Podría ser, pero como me lo han dicho de noche lo pongo en cuarentena por si me confunde…