Queridos míos:
que sí, que os quiero mucho, que os adoro, que me encanta que vuestras vidas vayan bien y me alegro infinito de estar a vuestro lado para verlo, pero…¿no podríais por unos meses dejar de casaros? Digamos, por ejemplo, hasta que se acabe la crisis.
Esta noche Janca ha entrado a hurtadillas en casa y me ha enviado la prueba del delito. Así está mi hucha:
Flaca, flaca, flaca. Y cabizbaja, cabizbaja, cabizbaja.
Es lo que hay. Desgraciadamente, una alegría tan grande como que un amigo se case se traduce desde hace unos años en un desembolso económico semejante.
Ante la avalancha de marriages que se me viene encima, no puedo evitar acordarme de un amigo de mi época universitaria que asistió a la boda de su hermano con unos chinos y un polo.
Recuerdo que en su momento la idea me pareció espantosa. Madre mía, ¡no quiero ni pensar en qué diría mi hermanísima si en mayo me presento a su boda con una falda vaquera!
Y aunque la idea sigue siendo algo descabellada para según qué ocasiones, no puedo evitar preguntarme si no sería lo más acertado en otras.
Realmente -y éste era el argumento de mi amigo- ¿qué importa más: tu asistencia al evento o cómo vayas vestido al mismo? ¿es más importante lucir “bien” que simplemente “lucir”? ¿no sería mejor sumar al regalo para la pareja el dinero que normalmente me(nos) dejo(amos) en ropa, calzado, peluquería, etc.?
Podría hacer una colecta tipo Mobuzz entre mis allegados, a ver si consigo llegar a final de año.
O podría…uuuuhhh….repetir modelo (¡ya está, ya lo he dicho!). Los que me conocéis sabéis que me encanta llenar mi armario y después enseñarlo, pero cada vez empiezo a entender más el concepto de “reciclaje”.
Y que yo hable de “reciclaje”, creedme, es un claro síntoma de que “algo” estamos haciendo mal. ¿No decía la canción que “the best things in life are free”?


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