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Under the bridge

Ya os he hablado alguna vez de Goa-man, a quien con suerte veo una hora a la semana cuando el trabajo me lo permite pero de quien normalmente saco ideas para mucho más tiempo.

Estos días he estado pensando en una historia que nos contó sobre la construcción de puentes. Sí, como lo leéis, de estas cosas solemos hablar.

El caso es que para construir un puente sobre un río, se tiene que empezar por cada una de las orillas para terminar juntándolas en el centro.

De nada sirve hacer todo el trabajo desde un único lado porque el puente nunca llegará a la orilla contraria. Caerá (imagino) vencido por su propio peso. Tampoco sirve de mucho que se trabaje más desde una de las partes, construyendo más de la mitad del puente y dejando que la parte contraria trabaje menos, precisamente por la misma razón: se caería.

Es decir, que la construcción del puente tiene que estar organizada, coordinada y todas las partes deben colaborar por igual.

En la vida todos los días tenemos puentes que construir: en el trabajo con tus compañeros, en la familia con tus responsabilidades, en la amistad con tus compromisos y en el amor con tu implicación.

¿Y sabéis qué? Que lo único importante es saber parar a tiempo. Lo único que te mantiene a salvo de disgustos y dolores de cabeza es construir tu parte de puente hasta el centro del río y quedarte esperando allí arriba. Y desde ese punto, hay que mirar hacia la otra orilla y preguntar al que está en el otro lado: “¿Vas a venir? Yo ya he hecho mi parte, ¿vas a hacer tú la tuya?”.

Así es esto de simple.

Ni que decir tiene que, si tras un tiempo esperando la otra mitad del puente no tiene visos de ser construida, vale la pena desandar el camino, volver a la orilla y empezar a construir otro puente un poco más alejado y con otro equipo de arquitectos.

¿Y dónde estoy yo ahora? Por el momento estoy resguardada debajo de uno.

Mistaken for strangers

El género humano es apasionante y no deja nunca de sorprenderme.

Lo que más me gusta últimamente es observar y fijarme en las situaciones en las que dos personas interactúan aún a sabiendas de que en otra circunstancia esto sería imposible. Hay una especie de entendimiento momentaneo y mágico en el ambiente que difícilmente se repetirá. Quizá sea eso lo que hace único al momento, ¿no?

En mi Top 3 de situaciones se encuentran:

1. La señora sesentona que ha ido a nadar y está en el vestuario vistiéndose. Yo estoy cerca, haciendo lo mismo y pensando en volver pronto a la oficina porque tengo unas cosillas pendientes. En ésas estamos cuando ella se dirige a mí y me dice: “¡Qué rollo es esto del sujetador! Se engancha siempre”. Yo levanto la cabeza y veo a la pobre mujer desnuda intentando colocárselo de nuevo porque se le ha enrollado sobre sí mismo y le contesto: “pues sí, la verdad, es un horror”. Lo pienso de veras, no sabéis lo coñazo que es ponerse un sujetador cuando estás medio mojada y encima estás intentando no dar un espectáculo exhibicionista al resto de las presentes.

Y es que en paños menores se ve que todas tenemos los mismos problemas, pero jamás los compartiríamos un día cualquiera sin conocernos a no ser que nos uniera que somos aficionadas, por ejemplo, a nadar.

2. El chico trajeado y con un (aparente) trabajo super serio que va a la peluquería al salir de la oficina. El peluquero le pregunta: “¿qué quieres hacerte?” y el chico serio le responde: “quiero arreglármelo un poco”.

El peluquero se marcha a buscar una de esas batas de colores y cuando regresa, el cliente (con voz dudosa) se dirige de nuevo a él: “aunque en realidad me gusta cómo lo llevo, un poco larguito…¿tú cómo me ves?” a lo que el peluquero (gay, para más señas) le contesta “bien, yo creo que estás bien así”. El chico serio, sin duda animado por esta súbita confianza, abre su corazón y suelta: “mira, es que voy mañana a una entrevista de trabajo y tengo que dar imagen de ser un tío serio. ¿Tú cómo crees que voy a ir mejor?” y el peluquero, normalmente ajeno al mundillo trajeado y de oficinista del cliente, se mete en la piel del chico serio y le dice: “ah, entonces te voy a teñir para quitarte las canas y te voy a dejar el pelo más corto, para que tengas esa imagen”.

Si se vieran por la calle sin necesidad de hablar no se dirigirían ni una mirada pero un martes a las 8 de la tarde en una peluquería del centro, son uña y carne.

3. El empleado del depósito municipal encargado de entregar los coches allí retenidos a sus dueños. He de decir que yo tenía un cabreo considerable, que mi maltrecho orgullo asomaba en forma de lágrima contenida al borde de mis ojitos y que llegaba tarde a trabajar por culpa del injusto incidente y con 200 euros menos en la cuenta.

Totalmente sorprendida porque la grúa se hubiera llevado mi coche y ante la indefensión que sentí, no pude hacer otra cosa más que estar seria y con aires de (falsa) dignidad mientras duró el farragoso trámite de rescatar de allí lo que me pertenecía.

Y sin embargo, la persona más alejada a mí en todos los sentidos, el hombre de mediana edad metido todo el día en un garaje, caminando arriba y abajo, moviendo coches de una plaza a otra, fue el que empatizó conmigo pronunciando las siguientes palabras: “Tenga usted un buen día, señorita. De verdad que se lo deseo porque esto que le ha pasado es una putada, créame, yo lo sé. Por eso le deseo que tenga un buen día, porque después de esto, peor no puede ser”.

Me quedé muda, me metí en el coche y mientras salía de allí, la lagrimilla consiguió saltar hasta mi cara. Y ya no era de rabia sino de emoción…

Seguiré observando situaciones.

PD: Se ve que a los de goear les iba mal el negocio y han decidido meter publicidad en las canciones. Como a mí nadie me paga por la susodicha publi, vuelvo al antiguo sistema de vídeos en Youtube.

Lo dicho: pulsando el Play: The National - Mistaken for strangers

Sick and tired

Además de una canción super antigua de The Cardigans, “Sick and tired” (traducido: “enferma y cansada”, esto es para mis padres, que también me leen y no siempre tienen un Collins a mano) es como estoy estos días en casa.

Señores, estoy por primera vez de baja laboral. Nada serio, no temais por mi vida porque tengo cuerda para rato.

Desde hace un par de días tengo tiempo de sobra para peinar la red y entretenerme con la única ayuda del ADSL. Twitter, está siendo mi mayor desahogo y fuente de diversión.

Para quien a estas alturas aún no sepa qué es Twitter, lo explicaré como lo hago a los que fruncen el ceño al oir el palabro: “¿Tú sabes en Facebook ese cuadro donde puedes poner lo que piensas? Pues Twitter es una aplicación que sirve para ponerlo continuamente”. Bendito Facebook, que ha servido para que hasta el fan menos fan de las redes sociales entienda conceptos como “actualizar un estado”.

Y en Twitter, como en Facebook, se lee de todo. Hoy lo he comentado con un par de amigos, precisamente. Es indudable que resulta muy sencillo estar en el sofá de casa y sin embargo anunciar a la twittesfera que estás de copas en el bar más cool de la ciudad, o decir que estás viendo la ultimísima presentación made in Apple (no veáis el ruido que hubo ayer en Twitter con el dichoso iPad) cuando en realidad no despegas el ojo de la final de Gran Hermano.

Así son las cosas, amigos, y hecha la ley, hecha la trampa. Por eso ayer me hizo gracia esta historieta que encontré en Geek in Love

Real como la vida misma, ¿verdad? A mí me vienen rápidamente a la cabeza un par de personas que siguen esta estrategia a rajatabla.

Lo curioso del tema es que la gente que actúa así en la red, se comporta (intuyo) de la misma manera en la vida real. Los comentarios grandilocuentes y las hazañas de fin de semana están a la orden del día.

Fácilmente identificables los personajes, me encanta la red porque siempre está la opción de hacer un unfollow o de borrar de tu lista de amigos a estos embellecedores de realidades. Difícilmente en el día a día es tan simple quitarse a un pelmazo de encima.

Pulsando el Play: The Cardigans - Sick and tired

¡Feliz Navidad!

Un aluvión de mensajes navideños es lo que he recibido entre ayer y hoy.

Se está poniendo de moda hacer felicitaciones al más puro estilo de la realeza: los niños, unos cuantos adornos navideños…et voilà, felicitación al canto.

Como yo el año pasado ya inicié esta costumbre, no puedo hacer menos en este 2009.

La familia ha crecido y esta vez las niñas estrenan ropita: Lola con camiseta de Santa Claus, Casilda con un vestido navideño que recuerda a un bastón de caramelo y Olivia con un disfraz de reno. ¡Me costó un montón que estuvieran quietas!

¿No están preciosas? Sí, lo están. De todas maneras, entiendo que a algunos de vosotros os intimiden esos ojos que tan fijamente miran.

Creo que en este vídeo que me ha enviado Makotogim está la respuesta al respeto que os infundan mis inocentes niñas. Disfrutadlo porque es precioso. Ah, la música es de Mastretta.

¡Feliz Navidad!

Alma from Rodrigo Blaas on Vimeo.

Aquí vivía yo

Ayer tuve la tradicional reunión de Navidad con mis amigas de Madrid. Nuestra cena mensual, que celebramos ya desde hace siete largos años, se sigue manteniendo en plena forma. ¡Larga vida a la SCCS!

Después de los postres, tocó el inevitable balance que se hace cada año por estas fechas. La mayoría de ellas están felices con lo que les ha deparado el 2009: maridos, bebés, vidas en pareja, nuevos trabajos y en general, buenos momentos. Merecidísimos todos ellos, así que, bienvenidos sean.

Yo no supe muy bien cómo calificar este año que nos abandona en apenas diez días.

Ya lo comentaba hace tiempo: este año he vivido una larga etapa de tiempos convulsos. Por una parte, el 2009 me ha dejado recuerdos como la boda de mi hermana, viajes, muchísimos conciertos y planes con amigos, la vuelta a mi adolescencia en verano, el reencuentro con viejas amistades y ya, hacia el final de año, una mentalidad más positiva y con ganas de recibir al 2010 con la mejor de mis sonrisas.

Si todo esto es bueno, el 2009 también me ha dejado momentos muy amargos. Ha sido un año de choque, de desilusiones personales, de grandes decepciones llegadas de la mano de amigos que consideraba mejores. He estado a punto de perder a una buenísima amiga mía por culpa de una enfermedad terrible que hoy (por fin, hoy es ESE día) damos por superada. Yo también me he sentido enferma tres meses, débil, triste y temerosa. En realidad esto último no es malo: me ha servido para pensar, para darme cuenta de infinitos detalles, para ser plenamente consciente de quién soy y de dónde quiero estar.

Hay quien llama a esto madurar. Yo prefiero decir que por fin puedo ver, que me han quitado la venda que cubría mis ojos y que ya puedo distinguir todas las tonalidades de color, hasta el punto (por ejemplo) de que la maldición del azul indigo que pesaba sobre mi, jamás volverá a surtir efecto.

El caso es que se habla mucho de la crisis de los 40 pero yo creo que también existe una crisis tácita -y no aceptada como tal- a los treintaypocos: una crisis más revolucionaria en lo personal, una revolución más directa de lo íntimo, una autoconsciencia implacable.

Muchos de mis amigos en esta franja de edad han sufrido este año grandes cambios personales motivados, precisamente, por responderse honestamente a estas preguntas: ¿quién soy?, ¿qué estoy haciendo? y ¿qué quiero hacer?

El abrumador resultado se resume en: rupturas amorosas, cambios de ciudad, abandono de la vida conocida para dedicarse a la autocomplacencia, giro laboral hacia trabajos que colaboren a salvar “este mundo en el que vivimos”.

¡Ojo! No todo es tan drástico. También tengo amigos que resumen su honesto resultado en planes de futuro totalmente en línea con lo que viven en la actualidad.

Quizá porque me ha pasado un poco de todo, no sepa muy bien cómo calificar a este 2009. Creo que lo voy a dejar como un año de transición entre etapas. Será el año en que vi la luz, el año en que una alcantarilla se cruzó en mi camino, el año triste y feliz, el año feliz y triste. Una especie de símbolo de yin-yang perfecto y armónico en el que han convivido buenos y malos momentos por igual.

Emulando a esas portadas que Aramburu hizo para Le Mans, cierro este post con la primera de las letras.

Pulsando el Play: Le Mans - Aquí vivía yo

Glasses & Sweaters (parte 2)

Pues sí, más de un mes después de la parte 1, llega la segunda. No voy a decir que he estado ocupada con otras cosas porque creo que es más que obvio. Diré que he tenido otras prioridades más urgentes.

Como no me gustan las cosas a medias, voy a terminar lo que inicié la última vez que aparecí por aquí. En realidad, el hecho que motivó que creara un post dedicado a mi ropa ya no es relevante porque ha desaparecido. Casi he olvidado cuál era la conclusión a la que llegué en su día, incluso.

Hace un mes mi armario me habló. Vamos a ver, no me habló en el sentido literal de la palabra hablar, sino que lo que hizo literalmente fue “vomitar” camisetas a modo de queja por el peso que sin duda estaba soportando.

Cerca de treinta camisetas, varios pares de zapatos, diversos jerseys y algún pijama después, mi armario se vio liberado de parte de su carga y por fin la balda enferma pudo volver a su sitio.

No voy a entrar en discusiones acerca de si con treinta camisetas arriba o abajo se puede ser más o menos feliz. En mi caso, esas treinta camisetas me hicieron muy feliz en su día y reconozco que ha llegado el momento de dejarlas marchar.

Tampoco voy a entrar en discusiones acerca de ese síndrome de diógenes que parece que tengo y que me impide deshacerme de ropa que hace ya más de dos temporadas que no me pongo. Todas las modas vuelven, ¿cómo no voy a estar preparada, por ejemplo, para cuando se vuelvan a llevar los pantalones de lino?

Definitivamente, el señor Amancio Ortega con sus trapitos tan al alcance de la mano ha hecho estragos tanto en mi cuenta bancaria como en mis baldas. No se lo reprocho, al fin y al cabo, ¿cómo iba a completar si no este post?

Glasses & Sweaters (parte 1)

¿Alguno de vosotros ha probado a depilarse las cejas con unas gafas puestas? Yo sí y os digo que es una maniobra prácticamente imposible. En el poco espacio que queda entre la gafa y la ceja, hay que meter (y apuntar bien) la pinza para tirar del pelo exacto. Un pelo mal elegido y tu diseño cejil se va al carajo.

¿Sabéis cuál es el resultado de pasarte medio cegata una cuchilla mientras te duchas? Efectivamente: un mal afeitado de piernas. No nos engañemos, no conozco a nadie que se duche con gafas. Ni siquiera sé si mis gafas aguantarían sin oxidarse. Y no es por nada, pero las sorpresas que me llevo cuando veo el resultado son espeluznantes… ¡gafas para agua ya!

¿Se os ha ocurrido pensar alguna vez en el pánico que supone no saber quién te está llamando al móvil? Como no lleve las gafas puestas, no tengo ni idea de quién se asoma a esa pequeña ventanita. Últimamente he cogido el teléfono “a ciegas” unas cuantas veces (algo que no me pasaba desde tiempos pre-tecnológicos, cuando sólo había líneas fijas) . He sobrevivido a ello pero el corazón me ha dado más de un vuelco.

¿Os imaginais lo que me supone entrar a una tienda a ver ropa y no ver el precio de los trapitos que me gustan? El pesar que se siente al comprobar que algo no está hecho para tu monedero es indescriptible, máxime si ya te lo has probado y te favorece.

¿Sois conscientes de lo duro que es mirarte al espejo y verte de un tamaño para después, gafas en ristre, volver a mirarte y caer en la cuenta de que en realidad ocupas “un poquito más”? Yo una vez lo hice y me asusté tanto que me juré a mí misma que si no pago por ver una peli de terror en el cine, mucho menos lo voy a hacer gratis en mi casa.

Haciendo memoria, me pusieron gafas con 8 años. Eran rojas y eran preciosas. Entonces pocos niños llevaban gafas en clase y menos como las mías. Aparentemente mi “gran defecto de visión” (oculista dixit) mejoró y dejé de llevarlas unos años. Ahora tengo varios pares. Combinan con mi ropa y me encantan.

Tengo una colección maravillosa de gafas. Eso sí, cada día veo menos.

Ciega pero feliz.

Pulsando el Play: Brian Hunt - Glasses & Sweaters

¿Por qué me tengo yo que enamorar?

Últimamente me entran escalofríos cada vez que oigo en boca de algún/a insensato/a una palabra que, a mi entender, se está poniendo de moda: bipolar.

Dice la Wikipedia que “el trastorno afectivo bipolar (TAB), conocido popularmente como trastorno bipolar y antiguamente como psicosis maníaco-depresiva, es un trastorno del estado de ánimo que cuenta con períodos de depresión repetitivos (fases depresivas) que se alternan con temporadas de gran euforia (fases maníacas)”

Padecer una psicosis maníaco-depresiva suena (siendo lo mismo) infinitamente peor que sufrir un trastorno bipolar, ¿a que sí?

No siendo yo muy amiga de esta expresión, he de confesar que ayer lo pensé al llegar a casa y constatar que el comportamiento de algunos hombres no se merece otra palabra. Hasta el momento yo habría optado por un clásico “no hay quien le entienda”, un tajante “tiene unos cambios de humor insoportables” o incluso un benévolo “será géminis y por eso tiene dos caras”.

Ayer, sin embargo, la palabra “bipolar” se iluminó en mi cerebro como si de un cartel de neón se tratara.

Y es que por lo que se ve, algunos pasan del frío al calor en un santiamén, otros pasan olímpicamente de una servidora y sin embargo me sueltan unas chapas sólo aptas para novias curtidas en estas lides. Da igual lo que yo entrene porque la realidad es que NUNCA conseguiré entenderles y como explicación a la mayoría de estos comportamientos la frase del “ni contigo ni sin tí” ya me empieza a parecer una tortura.

Señores, como diría Mafalda: “paren el mundo, que me quiero bajar”.

Me borro de algunas dinámicas que no conducen a nada y me doy de baja del servicio de suscripción de interminables (por falsas) peroratas a la luz de la luna. Por las noches quiero dormir. Sola, para más señas.

Y luego alguno se pregunta por qué tengo muñecas… la respuesta es bien sencilla: básicamente porque no hablan pero también porque no escriben correos absurdos, ni me llaman con tonterías, ni contactan por el messenger con alguna excusa infumable, ni nada de nada. Son lo que son, en persona (o en plástico, más bien) y no hay más que lo que se ve: sin dobleces, sin intenciones ocultas, sin “bipolaridades”.

De verdad, estoy deseando que llegue pronto el frío, a ver si a alguno se le congelan los dedos y les deja incomunicados una buena temporada.

Pulsando el Play: Los Fresones Rebeldes - ¿Por qué me tengo yo que enamorar?

I will survive

31 de agosto, Día del blog, sería una falta considerable por mi parte no aparecer hoy por aquí.

Hace un calor insoportable en esta ciudad. Cada día es más insoportable, no sé si el calor o la ciudad en sí misma. Vivir Madrid es divertido. Vivir en Madrid, la mayoría de las veces, es divertido. Y cuando no lo es, esta ciudad te traga, te hace sentir sola, te revuelve por dentro hasta convertirte en un animal en constante lucha por la supervivencia.

Sobrevivir a los miedos, sobrevivir a la hipocresía… sobrevivir en lugar de vivir.

Gente de paso abarrota la ciudad. Se vive rápido, se sonríe rápido, se hacen amigos rápido. Y en consecuencia, la decepción llega rápido y las amistades mueren con prisa, en pos de nuevas caras a las que complacer un tiempo.

Esto es un juego y como tal hay que tomárselo. O la ciudad o yo.

Vengo del cine de ver la última de Coixet con un amigo, uno de los de verdad, de los que están para quedarse, de los que se mantienen fieles a sí mismos, de los que (como yo) huye de lo que no es auténtico.

Parece que hoy soy más Miss Understood que nunca.

Me gusta.

Pulsando el play: Eels - Ordinary men (os dejo la letra como parte activa del post)

Well its another warm day
In a city of cold hearts
They all just play the part
Of who they are
And I’m here, On my own
Id rather be alone
than try to be someone that I’m not
And you seem like someone
Who could appreciate the fact
That I’m no ordinary man

And its misunderstood
What you’ve heard about me
I see why you would doubt me but know this
No one has a right
Until they’ve fought my fight
To understand just where I’m coming from
And its that fight that brought me here today
Exactly as i am
No ordinary man

Well its another warm day
In the city of cold hearts
It ends before it starts in their maze
But you, you’re not like that
You know where its at
The only rules you follow are your own
And you seem like someone
Who could appreciate the fact
That I’m no ordinary man

Dance Dance Dance

Ecuador de mis vacaciones. Tenía ganas del norte. Tenía ganas de la gente de siempre. Tenía ganas de planes de los de toda la vida.

Ayer me comentaba una amiga que el año que viene va a centrar sus vacaciones en ir a la playa y salir de fiesta por la noche. En el norte, en casa, con la gente de siempre y con los planes de toda la vida.

Y me dí cuenta de que eso es lo que estoy haciendo yo estos días: absorber los escasos rayos de sol, aprovechar los días de fiesta con olor a mar y sardinas asadas (que tiene su encanto, todo hay que decirlo) y disfrutar el verano como cuando era estudiante.

¿Volviendo a los 20? Hombre, el concepto ha evolucionado un poco gracias a que ya no cuento exclusivamente con la paga de Mr. Understood pero vamos, se le aproxima bastante.

En cualquier caso, lo mejor es que se me pasan las noches bailando. ¿Y qué hay en la vida mejor que bailar cuando estás contenta? Nada.

Esta noche bailaré en pijama. Estará la gente de siempre. Será el plan de toda la vida.

Pulsando el Play: Lykke Li - Dance Dance Dance