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Confianza ciega

Elegir a una persona amiga de las dobleces y dejar que actúe libremente.

Coger un pizquín una pizca de Lady Gaga y Beyoncé en este vídeo, concretamente la que dice que “la confianza es como un espejo: puedes arreglarlo si está roto pero seguirás pudiendo ver la grieta en el reflejo” (05:21).

Añadir la sabia voz de mi amigo el de los sueños polares, recomendándome que nunca debería fiarme de quien una vez no me quiso como yo me merecía.

Preparar una disolución a partes iguales de lágrimas de rabia y lágrimas de decepción. Mezclarla con los ingredientes anteriores. Se obtendrá una masa homogénea y explosiva que pasará a denominarse “entuerto”.

Dejar reposar el entuerto unos días, a la espera (ilusa) de que se deshaga solo con el tiempo o, en el mejor de los casos, de que se te olvide y tu vida continue al margen del mismo.

Si pasado un tiempo prudencial el entuerto no tiene pinta de hacer ninguna de las dos cosas arriba mencionadas, se recomienda pasar a un nuevo plan de acción. No olvidemos que el entuerto por su carácter explosivo podría saltar por los aires en cualquier momento.

Así pues, se pasará a juntar a un par de amigas y compartir con ellas la receta. Ellas te orientarán sobre los fallos en la ejecución de la misma y te darán pistas para mejorar tus artes y que esto no vuelva a sucederte en el futuro.

Tras el akelarre, dirigirse a la persona que se ha elegido al inicio de este post y plantearle una partida de tute, a ver si con un poco de suerte le puedes cantar las cuarenta.

Deshecho el entuerto con esta acción, se procederá a finalizar la receta con la lección aprendida y una nueva por delante: ser feliz al margen de infelices.

Fake French

Hay dos frases que suelo pronunciar cuando hablo de mi vida que, casualmente, provocan el mismo efecto en los hombres: una leve y mal disimulada sonrisita pícara.

La primera es “me contrataron en la empresa XXX por mi francés”. Literalmente, me contrataron porque tras largos años conseguí un nivel aceptable y es que a mí, el francés y otras lenguas se me dan, en general, bien.

La segunda es “iba en el coche y me dieron por detrás”. Claramente, me refiero a un accidente que sufrí en el verano de 2006, un choque múltiple que me obligó a estar con collarín y rehabilitación durante unos meses. Y sí, me dieron por detrás y también por delante, porque yo estaba en el medio.

Y no falla, eh. He hecho la prueba en varias ocasiones y al final de cada una de ellas siempre está ahí esa miradita propia de quien está pensando siempre en lo mismo. En lo único. En lo Miss Understood que soy cuando cuento mis historias ¿o en qué estábais pensando?

Loser

Esta mañana, estando en la cama y mientras me debatía entre venir al trabajo o no por mi incipiente gripe, he escuchado la noticia sobre los cambios en el Gobierno.

No es éste un lugar para hablar de política (bien sabéis que yo no me suelo pronunciar en ese aspecto) pero no he podido dejar de hacerme la pregunta del millón de euros: ¿Cómo puede tener esa chica un Ministerio sólo para ella? (y yo, con todo lo que valgo, no).

Y este pensamiento me ha llevado inevitablemente a esos momentos en los que te presentan a alguien que a todas luces es subnormal e, inexplicablemente, tiene pareja. Y entonces piensas: ¿Cómo puede tener pareja? (y yo, con todo lo que valgo, no).

Efectivamente, triste pero cierto, la vida a veces es así de injusta. O justa, según se mire.

Porque, seamos realistas, algo habrán hecho los subnormales para tener pareja, igual que la chica en cuestión habrá hecho algo para tener la Sanidad (así, con mayúsculas) en sus manos. O igual no, igual no han hecho nada y simplemente es una cuestión de que quien les elige como partenaire tiene las expectativas bajo mínimos.

En cualquier caso, algo hago yo mal en la vida porque a mí no me ofrecen ni Ministerios, ni subnormales, ni nada de nada. Bueno, ahora que lo pienso, de subnormales he andado sobrada últimamente y lamentablemente me los he buscado yo sola.

Y ¿qué es lo que se deduce de los dos anteriores párrafos? Que la causante de mi situación no soy yo, sino vosotros. Al parecer, vuestras expectativas hacia mi persona están más altas de lo que deberían y por eso no me ofrecéis nada jugosito.

“Typical Spanish” eso de echarle la culpa a los demás de los problemas personales. A los demás o al Gobierno. Hoy parece que tenemos excusa para lo segundo. Somos afortunados.

Me marcho a Canadá.

We can’t be friends

Hay veces (pocas, afortunadamente) en las que me quedo sin palabras. Hoy se las cojo prestadas a Aroah:

We can talk about it
we can laugh about it
we can cry about it alone in bed at night
we could be together
we could be each other
make love in the morning you could make me cry
but why am I so pleased with the way things are
it’s comfortable and kind so we cannot be friends
In my dreams I’ve had you
in my life I don’t
in my heart I’d keep you but on my mind I won’t
and that’s why I know that we cannot be friends
I’ll end up trapped in lies and breaking all my plans
I’d shed the skin of old me and close another door
become the type of girl I hate and I don’t know what for
So no, we cannot be friends anymore

El día que Miss vio la colaboración ciudadana al desnudo

Ayer, volviendo de pasar los días del puente con amigos, la batería del coche nos jugó una mala pasada. Tuvimos que llamar a la grúa para que viniera a enchufarnos unas pinzas que la hicieran revivir. Afortunadamente el resto del camino transcurrió sin novedades y llegamos a Madrid a una hora prudente. Y sí, las pinzas están muy bien pero eché en falta un poquito de colaboración ciudadana.

¿Por qué os cuento esto? Porque me recordó a un episodio que viví hace un mes escaso durante los días que pasé en Menorca.

A la isla me fui con el Indio, que por aquel entonces era mi chico (a estas alturas cualquier otro calificativo más cariñoso se me haría raro). Nada más llegar nos fuimos a una playa al sur de la isla. La estampa era digna de ser vista: una playa preciosa con poca gente y la luz de la tarde cayendo lentamente sobre nosotros.

Entre arrumacos andábamos cuando se acercó hasta nosotros un chico corriendo y pidiéndonos ayuda; se les había quedado un catamarán encallado en la playa, en la zona de rocas, y no podían moverlo ni con la ayuda de Salvamento Marino.

Ni cortos ni perezosos nos levantamos de la toaya, el Indio se puso una especie de pareo alrededor del cuerpo (he olvidado deciros que era nudista) y nos dirigimos hacia la zona del catamarán encallado.

Allí la consigna fue sencilla: “por favor, empujad el catamarán hasta que podamos sacarlo de las rocas”.

Acto seguido el Indio se despojó del pareo, me lo dio para que lo sujetara y se puso manos a la obra. A su alrededor, por lo menos una veintena de cuerpos masculinos igualmente desnudos haciendo fuerza para sacar la embarcación de su encierro playero. Y mientras tanto, la luz del sol seguía cayendo.

Y yo allí, petrificada viendo la magnífica imagen. Y no, no hablo de los cuerpos forjados en gimnasio durante el año, ni de esos traseros sin marcas, ni de esos fornidos brazos dorados al sol, sino de la maravillosa colaboración ciudadana que tanto eché en falta ayer.

¿Dónde están los hombres desnudos cuando se les necesita? ESA es la cuestión.

Under the bridge

Ya os he hablado alguna vez de Goa-man, a quien con suerte veo una hora a la semana cuando el trabajo me lo permite pero de quien normalmente saco ideas para mucho más tiempo.

Estos días he estado pensando en una historia que nos contó sobre la construcción de puentes. Sí, como lo leéis, de estas cosas solemos hablar.

El caso es que para construir un puente sobre un río, se tiene que empezar por cada una de las orillas para terminar juntándolas en el centro.

De nada sirve hacer todo el trabajo desde un único lado porque el puente nunca llegará a la orilla contraria. Caerá (imagino) vencido por su propio peso. Tampoco sirve de mucho que se trabaje más desde una de las partes, construyendo más de la mitad del puente y dejando que la parte contraria trabaje menos, precisamente por la misma razón: se caería.

Es decir, que la construcción del puente tiene que estar organizada, coordinada y todas las partes deben colaborar por igual.

En la vida todos los días tenemos puentes que construir: en el trabajo con tus compañeros, en la familia con tus responsabilidades, en la amistad con tus compromisos y en el amor con tu implicación.

¿Y sabéis qué? Que lo único importante es saber parar a tiempo. Lo único que te mantiene a salvo de disgustos y dolores de cabeza es construir tu parte de puente hasta el centro del río y quedarte esperando allí arriba. Y desde ese punto, hay que mirar hacia la otra orilla y preguntar al que está en el otro lado: “¿Vas a venir? Yo ya he hecho mi parte, ¿vas a hacer tú la tuya?”.

Así es esto de simple.

Ni que decir tiene que, si tras un tiempo esperando la otra mitad del puente no tiene visos de ser construida, vale la pena desandar el camino, volver a la orilla y empezar a construir otro puente un poco más alejado y con otro equipo de arquitectos.

¿Y dónde estoy yo ahora? Por el momento estoy resguardada debajo de uno.

Mistaken for strangers

El género humano es apasionante y no deja nunca de sorprenderme.

Lo que más me gusta últimamente es observar y fijarme en las situaciones en las que dos personas interactúan aún a sabiendas de que en otra circunstancia esto sería imposible. Hay una especie de entendimiento momentaneo y mágico en el ambiente que difícilmente se repetirá. Quizá sea eso lo que hace único al momento, ¿no?

En mi Top 3 de situaciones se encuentran:

1. La señora sesentona que ha ido a nadar y está en el vestuario vistiéndose. Yo estoy cerca, haciendo lo mismo y pensando en volver pronto a la oficina porque tengo unas cosillas pendientes. En ésas estamos cuando ella se dirige a mí y me dice: “¡Qué rollo es esto del sujetador! Se engancha siempre”. Yo levanto la cabeza y veo a la pobre mujer desnuda intentando colocárselo de nuevo porque se le ha enrollado sobre sí mismo y le contesto: “pues sí, la verdad, es un horror”. Lo pienso de veras, no sabéis lo coñazo que es ponerse un sujetador cuando estás medio mojada y encima estás intentando no dar un espectáculo exhibicionista al resto de las presentes.

Y es que en paños menores se ve que todas tenemos los mismos problemas, pero jamás los compartiríamos un día cualquiera sin conocernos a no ser que nos uniera que somos aficionadas, por ejemplo, a nadar.

2. El chico trajeado y con un (aparente) trabajo super serio que va a la peluquería al salir de la oficina. El peluquero le pregunta: “¿qué quieres hacerte?” y el chico serio le responde: “quiero arreglármelo un poco”.

El peluquero se marcha a buscar una de esas batas de colores y cuando regresa, el cliente (con voz dudosa) se dirige de nuevo a él: “aunque en realidad me gusta cómo lo llevo, un poco larguito…¿tú cómo me ves?” a lo que el peluquero (gay, para más señas) le contesta “bien, yo creo que estás bien así”. El chico serio, sin duda animado por esta súbita confianza, abre su corazón y suelta: “mira, es que voy mañana a una entrevista de trabajo y tengo que dar imagen de ser un tío serio. ¿Tú cómo crees que voy a ir mejor?” y el peluquero, normalmente ajeno al mundillo trajeado y de oficinista del cliente, se mete en la piel del chico serio y le dice: “ah, entonces te voy a teñir para quitarte las canas y te voy a dejar el pelo más corto, para que tengas esa imagen”.

Si se vieran por la calle sin necesidad de hablar no se dirigirían ni una mirada pero un martes a las 8 de la tarde en una peluquería del centro, son uña y carne.

3. El empleado del depósito municipal encargado de entregar los coches allí retenidos a sus dueños. He de decir que yo tenía un cabreo considerable, que mi maltrecho orgullo asomaba en forma de lágrima contenida al borde de mis ojitos y que llegaba tarde a trabajar por culpa del injusto incidente y con 200 euros menos en la cuenta.

Totalmente sorprendida porque la grúa se hubiera llevado mi coche y ante la indefensión que sentí, no pude hacer otra cosa más que estar seria y con aires de (falsa) dignidad mientras duró el farragoso trámite de rescatar de allí lo que me pertenecía.

Y sin embargo, la persona más alejada a mí en todos los sentidos, el hombre de mediana edad metido todo el día en un garaje, caminando arriba y abajo, moviendo coches de una plaza a otra, fue el que empatizó conmigo pronunciando las siguientes palabras: “Tenga usted un buen día, señorita. De verdad que se lo deseo porque esto que le ha pasado es una putada, créame, yo lo sé. Por eso le deseo que tenga un buen día, porque después de esto, peor no puede ser”.

Me quedé muda, me metí en el coche y mientras salía de allí, la lagrimilla consiguió saltar hasta mi cara. Y ya no era de rabia sino de emoción…

Seguiré observando situaciones.

PD: Se ve que a los de goear les iba mal el negocio y han decidido meter publicidad en las canciones. Como a mí nadie me paga por la susodicha publi, vuelvo al antiguo sistema de vídeos en Youtube.

Lo dicho: pulsando el Play: The National - Mistaken for strangers

Sick and tired

Además de una canción super antigua de The Cardigans, “Sick and tired” (traducido: “enferma y cansada”, esto es para mis padres, que también me leen y no siempre tienen un Collins a mano) es como estoy estos días en casa.

Señores, estoy por primera vez de baja laboral. Nada serio, no temais por mi vida porque tengo cuerda para rato.

Desde hace un par de días tengo tiempo de sobra para peinar la red y entretenerme con la única ayuda del ADSL. Twitter, está siendo mi mayor desahogo y fuente de diversión.

Para quien a estas alturas aún no sepa qué es Twitter, lo explicaré como lo hago a los que fruncen el ceño al oir el palabro: “¿Tú sabes en Facebook ese cuadro donde puedes poner lo que piensas? Pues Twitter es una aplicación que sirve para ponerlo continuamente”. Bendito Facebook, que ha servido para que hasta el fan menos fan de las redes sociales entienda conceptos como “actualizar un estado”.

Y en Twitter, como en Facebook, se lee de todo. Hoy lo he comentado con un par de amigos, precisamente. Es indudable que resulta muy sencillo estar en el sofá de casa y sin embargo anunciar a la twittesfera que estás de copas en el bar más cool de la ciudad, o decir que estás viendo la ultimísima presentación made in Apple (no veáis el ruido que hubo ayer en Twitter con el dichoso iPad) cuando en realidad no despegas el ojo de la final de Gran Hermano.

Así son las cosas, amigos, y hecha la ley, hecha la trampa. Por eso ayer me hizo gracia esta historieta que encontré en Geek in Love

Real como la vida misma, ¿verdad? A mí me vienen rápidamente a la cabeza un par de personas que siguen esta estrategia a rajatabla.

Lo curioso del tema es que la gente que actúa así en la red, se comporta (intuyo) de la misma manera en la vida real. Los comentarios grandilocuentes y las hazañas de fin de semana están a la orden del día.

Fácilmente identificables los personajes, me encanta la red porque siempre está la opción de hacer un unfollow o de borrar de tu lista de amigos a estos embellecedores de realidades. Difícilmente en el día a día es tan simple quitarse a un pelmazo de encima.

Pulsando el Play: The Cardigans - Sick and tired

¡Feliz Navidad!

Un aluvión de mensajes navideños es lo que he recibido entre ayer y hoy.

Se está poniendo de moda hacer felicitaciones al más puro estilo de la realeza: los niños, unos cuantos adornos navideños…et voilà, felicitación al canto.

Como yo el año pasado ya inicié esta costumbre, no puedo hacer menos en este 2009.

La familia ha crecido y esta vez las niñas estrenan ropita: Lola con camiseta de Santa Claus, Casilda con un vestido navideño que recuerda a un bastón de caramelo y Olivia con un disfraz de reno. ¡Me costó un montón que estuvieran quietas!

¿No están preciosas? Sí, lo están. De todas maneras, entiendo que a algunos de vosotros os intimiden esos ojos que tan fijamente miran.

Creo que en este vídeo que me ha enviado Makotogim está la respuesta al respeto que os infundan mis inocentes niñas. Disfrutadlo porque es precioso. Ah, la música es de Mastretta.

¡Feliz Navidad!

Alma from Rodrigo Blaas on Vimeo.

Aquí vivía yo

Ayer tuve la tradicional reunión de Navidad con mis amigas de Madrid. Nuestra cena mensual, que celebramos ya desde hace siete largos años, se sigue manteniendo en plena forma. ¡Larga vida a la SCCS!

Después de los postres, tocó el inevitable balance que se hace cada año por estas fechas. La mayoría de ellas están felices con lo que les ha deparado el 2009: maridos, bebés, vidas en pareja, nuevos trabajos y en general, buenos momentos. Merecidísimos todos ellos, así que, bienvenidos sean.

Yo no supe muy bien cómo calificar este año que nos abandona en apenas diez días.

Ya lo comentaba hace tiempo: este año he vivido una larga etapa de tiempos convulsos. Por una parte, el 2009 me ha dejado recuerdos como la boda de mi hermana, viajes, muchísimos conciertos y planes con amigos, la vuelta a mi adolescencia en verano, el reencuentro con viejas amistades y ya, hacia el final de año, una mentalidad más positiva y con ganas de recibir al 2010 con la mejor de mis sonrisas.

Si todo esto es bueno, el 2009 también me ha dejado momentos muy amargos. Ha sido un año de choque, de desilusiones personales, de grandes decepciones llegadas de la mano de amigos que consideraba mejores. He estado a punto de perder a una buenísima amiga mía por culpa de una enfermedad terrible que hoy (por fin, hoy es ESE día) damos por superada. Yo también me he sentido enferma tres meses, débil, triste y temerosa. En realidad esto último no es malo: me ha servido para pensar, para darme cuenta de infinitos detalles, para ser plenamente consciente de quién soy y de dónde quiero estar.

Hay quien llama a esto madurar. Yo prefiero decir que por fin puedo ver, que me han quitado la venda que cubría mis ojos y que ya puedo distinguir todas las tonalidades de color, hasta el punto (por ejemplo) de que la maldición del azul indigo que pesaba sobre mi, jamás volverá a surtir efecto.

El caso es que se habla mucho de la crisis de los 40 pero yo creo que también existe una crisis tácita -y no aceptada como tal- a los treintaypocos: una crisis más revolucionaria en lo personal, una revolución más directa de lo íntimo, una autoconsciencia implacable.

Muchos de mis amigos en esta franja de edad han sufrido este año grandes cambios personales motivados, precisamente, por responderse honestamente a estas preguntas: ¿quién soy?, ¿qué estoy haciendo? y ¿qué quiero hacer?

El abrumador resultado se resume en: rupturas amorosas, cambios de ciudad, abandono de la vida conocida para dedicarse a la autocomplacencia, giro laboral hacia trabajos que colaboren a salvar “este mundo en el que vivimos”.

¡Ojo! No todo es tan drástico. También tengo amigos que resumen su honesto resultado en planes de futuro totalmente en línea con lo que viven en la actualidad.

Quizá porque me ha pasado un poco de todo, no sepa muy bien cómo calificar a este 2009. Creo que lo voy a dejar como un año de transición entre etapas. Será el año en que vi la luz, el año en que una alcantarilla se cruzó en mi camino, el año triste y feliz, el año feliz y triste. Una especie de símbolo de yin-yang perfecto y armónico en el que han convivido buenos y malos momentos por igual.

Emulando a esas portadas que Aramburu hizo para Le Mans, cierro este post con la primera de las letras.

Pulsando el Play: Le Mans - Aquí vivía yo