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You’re the one for me, fatty

¿Os he contado que una vez me subí a un avión que no era? Por un cambio de puerta a última hora me subí a un avión equivocado. Hago un alto en la narración para denunciar que ninguno de los asistentes de vuelo se dio cuenta en los controles de que no era el mío. Era un viernes, eran las diez de la noche y me disponía a volver a Madrid después de toda la semana trabajando en Oviedo. Estaba muy cansada y con muchas ganas de llegar a casa a dormir.

Según avanzaba por el pasillo del avión, identifiqué mi asiento y… ¡oh, sorpresa! vi que alguien lo estaba ocupando. Fue la gota que colmó el vaso. Puse mi peor cara de perro y justo en el momento en que me disponía a atacar al personaje que me había usurpado el sitio, escuché por los altavoces del avión: “Señorita Understood, póngase en contacto con la tripulación”.

Mi cara de perro mutó en un color rojo tomate al sentir las miradas curiosas del resto del avión y me dirigí a la puerta. Allí, una amable azafata me “invitó” amablemente a abandonar el vuelo en el que estaba y subir al que verdaderamente tenía que subir, con destino Madrid.

Salí pitando de allí, totalmente abochornada por la escena que acababa de vivir y a tiempo para coger el vuelo correcto. Nunca he vuelto a equivocarme de puerta, manías que se le quedan a una después de estas cosas.

Pues bien, esta mañana he leído una noticia sobre Kevin Smith que me ha dejado con la boca abierta y me ha hecho recordar el bochornoso incidente que viví hace unos años. Parece ser que está demasiado gordo y al no caber en un único asiento, una aerolínea le obligó a bajar del avión antes de despegar.

Y es que el bueno de Kevin suele comprar dos asientos en lugar de uno para poder volar “a sus anchas” pero debido a un cambio en el vuelo y a que éste iba bastante lleno, sólo pudo acceder a una plaza libre, lo que dio lugar al fatal desenlace.

Vaya desde aquí mi solidaridad con los entraditos en carnes (ya sabéis que para mí un hombre sin tripita no es un hombre) y vaya también desde aquí mi queja más enérgica sobre el derecho a lucir el tipín que cada uno considere.

¿Es que estos señores no saben que acaban de terminar las Navidades y que son muy malas fechas para los kilos? ¿Es que esta compañía aérea no sabe que oficialmente hasta marzo no empieza la operación bikini? ¿Es que no le podían haber cambiado de asiento? Por Dios, ¡que es Kevin Smith!

Según cuenta la noticia, su Twitter echa humo tras el incidente (no lo he podido verificar por mí misma porque a estas horas se encuentra “over capacity”) y me pregunto si habrá una próxima saga de películas en las que Jay y Silent Bob abandonen las tiendas, los centros comerciales o a Alanis Morissette al frente de la religión para regalarnos alguna otra historia, basada esta vez en los bizarras liturgias por las que hay que pasar para subir a un avión o en las desventuras de un pobre adicto a la comida basura (o de metabolismo lento, que no todo en la vida del gordito es por comer y beber).

Yo por si acaso este año he empezado antes con la operación bikini, concretamente la empecé al terminar agosto, es decir, que nunca la he llegado a dejar. Bien pensado, me está ahorrando muchos disgustos y es que no podría soportar que me echaran por segunda vez en la vida de un avión con destino a Madrid.

Pulsando el Play: Morrisey - You’re the one for me, fatty

I love noodles

¡Qué bien se está cuando se está bien!

Una frase que, aunque repetida hasta la saciedad, no cobra su verdadero sentido e importancia hasta que una mala racha se cruza en nuestro camino.

La vuelta de las vacaciones no está siendo muy buena para mí en lo tocante a la salud: nauseas, mareos y pérdida de apetito se han aliado maliciosamente con las noches de fuego y la bajada de moral para dejarme en un estado de debilidad pocas veces conocido.

Muy a mi pesar, parece que los tiros apuntan al estómago. Apenas puedo comer y estoy sobreviviendo a base de infusiones (benditas hierbas) y Aquarius. No recuerdo ya cuándo fue el último día que probé la cerveza, ni el último plato de comida que pude terminar. Un calvario, vaya.

Y es que para mí, comer es un placer. Y no poder comer es una venganza por algo que, sin duda, he hecho mal en otra vida.

Ayer mi amigo Blondie me habló de Cyanide and Happiness e investigando en la red encontré este vídeo. Os juro que jamás me había sentido tan identificada con el amor a un alimento.

Y a vosotros ¿os gustan los noodles?

Maldito espejo

¡Qué duro es cuidarse!

Pero duro, duro. Llegar a casa después de todo el día y tener que cenar poco o lo que es peor, sano (!!!), es un calvario por el que merecería tener abierto un proceso de beatificación.

Es como si lo viera: Santa Miss mártir, que murió oyendo los terroríficos gritos de su estómago hambriento y a la que la dieta despiadadamente hizo olvidar sabores como el del chocolate, la pizza o los cacahuetes.

¿Es o no es como para empezar a hablar con el Vaticano?

Menos mal que hoy mi querida Janca me ha mandado una idea para cuando quiera ser benévola conmigo misma y no me apetezca ver mis “avances” con el peso. A partir de ahora me pesaré así:

Y por si la viñeta me falla, añado el himno, la canción del anti-régimen, el subidón de autoestima pasando del espejo. A cargo de mis adoradísimas Nosoträsh, me toca cantar…”soy la number one!”…eso ;-)