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La semana pasada me enteraba por @chemaaa de que íbamos a vivir un momento único: a las 12:34:56h del viernes 7 de agosto (mes octavo) del año 2009 se daría la combinación única 123456789.

Curioso, curiosísimo. Al menos eso pensé yo.

Y como no podía ser de otra manera sabiendo lo que me gustan a mí los conjuros y los rituales se me ocurrió que a lo mejor ese momento mágico podría ser aprovechado como algo que atrajera la buena suerte y, por lo tanto, cualquier deseo formulado en ese instante se cumpliría.

Al final, de tan liada que estaba en el trabajo, el momento único llegó y pasó sin pena ni gloria. Una lástima, me quedé sin deseo cumplido.

Todo esto me ha traído a la cabeza un viaje que hice hace años con mis amigas, imaginad el plan: seis chicas en una furgoneta enorme, haciendo amigos en los atascos y dispuestas a pasar una semana de juerga por la costa mediterránea. Irrepetible.

E irrepetible fue también el momento en que pasamos por el Meridiano de Greenwich en la A2.

Una de mis amigas se sacó de la manga la historieta de que si al pasar por debajo del arco formulábamos un deseo y justo en ese preciso momento levantábamos los pies del suelo y poníamos en alto las manos, el deseo se cumpliría.

Yo no sé si íbamos aburridas o si es que todas teníamos ganas de que se nos concedira una especie de gracia divina pero el hecho es que al pasar por el punto marcado como “mágico” todas formulamos nuestro deseo. Y cuando digo todas, es todas, conductora incluída.

Así que ahí nos véis: seis jovenzuelas descerebradas pensando en imposibles, en una furgoneta enorme sin ningún tipo de control ni al volante, ni a los pedales (menos mal que era una recta).

Tuvimos diversión por lo menos para media hora de viaje con esta historia.

Yo ni me acuerdo de si el deseo se cumplió, eso es lo de menos. Lo que de verdad importa es que después de aquello, cada vez que paso por la A2 y me topo con el arco, formulo un deseo y levanto pies y manos con la esperanza casi infantil de que se cumpla. Enternecedor ¿a que sí?

Pues acordaos de mí la próxima vez que paséis por allí y aprovechad la ocasión, que nunca se sabe lo que los puntos mágicos son capaces de lograr…

Pulsando el Play: Feist - 1234

Highway to hell

Este año no me puse ropa interior roja el día de Nochevieja. Tampoco metí nada de oro en champán, ni levanté un pie al cumplirse las últimas doce campanadas del año.

Ni siquiera terminé a tiempo de comerme las uvas. Esto no es una gran novedad desde que un año, apremiada por la promesa de felicidad que da engullirlas en doce segundos, casi muero atragantada con una maligna uva que decidió tomar un camino distinto al de mi estómago.

Historias aparte, este año no he cumplido con la tradición más que en lo estrictamente necesario.

Ya se sabe que no soy muy dada a seguir rituales, ni siquiera ésos que me resultan graciosos, así que este año tampoco seguí el ritual que inventaron mis vecinos hace unos cuantos inviernos. Dicen que les da suerte y que empiezan bien el año, así que voy a dejarlo por escrito, no vaya a ser que alguno lo necesite en diciembre…

Al cumplirse el inicio del nuevo año y tras los consabidos besos, abrazos, brindis y demás manifestaciones de afecto, se coge una mochila que tendremos previamente preparada. En ella habremos metido objetos a los que tengamos apego y que creamos además que nos van a ayudar de alguna forma a pasar el año en condiciones: unas zapatillas, un pañuelo grande, unas gafas de sol, una brújula… ¡qué sé yo!

Con la mochila lista se sale a la calle a encontrarse con todos nuestros amigos que quieran participar el ritual. En la calle, bajo el frío manto de la noche, se inicia el segundo turno de besos, abrazos y gritos de júbilo por el nuevo año que empieza. Se mira hacia arriba y se saluda al resto de atónitos y divertidos vecinos (esta Miss que os habla entre ellos) que cada año asisten a la ceremonia desde sus casas.

Cuando está todo el mundo listo, comienza verdaderamente el ritual. En ese momento, se inicia una carrera hasta la carretera más cercana y ya en la acera, se coge todo el mundo de la mano y (mochila en espalda) se cruza la carretera. Se cruza la carretera y se vuelve a cruzar, retornando al punto de partida.

Y ya está. Según los inventores de esta tradición, hacerlo cada año trae suerte y ayuda a empezar en las mejores condiciones.

Como decía, yo nunca he sido muy amiga de este tipo de conjuros y no sé si cruzar la carretera te llevará al infierno o al mismo cielo. Yo lo único que sé es que empiezo el año tranquila en casa con mi familia mientras hay gente voluntariamente pasando frío y lo que es peor… ¡corriendo!

Si el año que viene considero que no me ha ido como esperaba, quizá me anime a aunar esfuerzos y reunir en uno todos los conjuros que conozco para darlo todo por mi felicidad más absoluta. Y digo yo, ¿cómo le sentará al dios de la carretera que le lance un sujetador?

Ponga a Neptuno en su vida

Tendría yo unos 17 añitos cuando en unas fiestas de verano (qué tiempos aquellos!) las primas de un amigo de la época me contaron exaltadas que habían hecho un conjuro con el mar.

A pesar del nivel de alcohol de todas las que integrábamos la conversación, me acuerdo perfectamente del ritual:

1. Quitarse el sujetador
2. Aproximarse al borde del espigón
3. Levantar el sujetador y agitarlo en el aire como si fuera un lazo de rodeo texano
4. Gritar mientras se gira el sujetador: “¡Neptuno, Neptuno, mándame alguno!”
5. Lanzar el sujetador al mar en señal de ofrenda para que un caballero aparezca en breve y se rinda a tus pies

En aquel momento, esas dos eran unas locas que se pasaron el resto de la noche sin ropa interior y, evidentemente, si ligaron fue gracias a aquello y no a Neptuno. O eso creía yo…

Años después (muchos años después) se dio la circunstancia de que fui con unas amigas a pasar la noche de San Juan a un pueblo en la costa mediterránea.

Como de todos es sabido que la noche de San Juan es la noche más mágica del año y que no hay que dejar pasar la ocasión de formular deseos y conjuros y desterrar de tu vida todo lo malo, nos dedicamos a explorar en internet (bendito Google, yo no sé qué haríamos sin él) posibles versitos que recitar mientras veíamos las hogueras.

Y entre todo lo que investigamos, se me ocurrió contarles el famoso conjuro de Neptuno. Bueno, bueno, bueno…les encantó, cómo no, tiene su gracia la cosa, no se puede negar.

Pero como se quedaba un poco corto hacerlo con dos frasecitas, a una de mis amigas se le ocurrió ampliarla customizándola y adaptándola a nuestra época y necesidades añadiendo lo siguiente: “¡Escucha, escucha, que no sea trucha!”. Porque claro, con los tiempos que corren, a ver si Neptuno se ha quedado con el ojo flojo y nos manda uno tras hacerle la ofrenda pero nos lo manda de la otra acera…

Así que ahí se plantaron mis amigas la noche de San Juan dispuestas a hacer su ofrenda al mar. Yo me caí del experimento antes de empezarlo porque soy muy pudorosa y una no puede andar de aquella manera por la calle.

El resultado de la noche: risas a tutiplén, dos sujetadores tirados al mar pero recuperados después, dos amigas de camino a casa con un sujetador mojado en la mano y miles de peticiones hechas a hogueras, olas y dioses marinos.

¿Y Neptuno? Os preguntareis…pues Neptuno apareció un par de meses después. Al principio no le dimos importancia pero según fuimos viendo la magnitud del noviazgo, no nos cupo ninguna duda: ¡eso era el regalazo de nuestra divinidad favorita!

El conjuro funciona, lo prometo. Yo aún no me he animado a probarlo, repito eso de que soy pudorosa, pero lanzo desde aquí un llamamiento: si alguien conoce alguna pócima facilita que no implique desvestirse y que sea efectiva, por favor, que me la cuente, que si no soy yo, alguno de mis allegados la tendrá en cuenta.