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Lost in translation

Uno de los motivos más habituales para mi estupefacción cuando leo la cartelera de cine es la traducción tan libre que se hace en ocasiones de los títulos de las películas.

La realidad es que algunas son de vergüenza ajena y excusas como la “sonoridad” o la “comercialidad” del título ya no sirven a un público que, mejor o peor, entiende algo de inglés.

De todas formas, y aquí voy a romper una lanza por los atrevidos profesionales patrios del gremio, esto de la traducción no ajustada a la realidad no es algo puramente “made in spain”.

Pongo un ejemplo que me apasiona.

Dos grandes señoras de la canción italiana (Mina) y francesa (Françoise Hardy) de la década de los 60 compartiendo melodía y perdiéndose en su adaptación.

La original, la italiana (”Se telefonando”). Con ese chorro de voz tan característico, Mina canta que ya no está enamorada y que no sabe muy bien cómo decirlo a su pareja. La traducción (verídica, no temáis) de parte de la letra dice cosas como: “No sé como explicarte que nuestro recién nacido amor ya ha terminado”. El resto de la letra aquí.

La adaptación, la francesa (”Je changerais d’avis”). Cambio de idioma, cambio de ritmo y como no podía ser de otra manera, cambio de letra. La versión de Françoise da un giro de 180º y nos presenta a una chica que dejaría absolutamente todo (amigos, vida pasada, lugar de residencia, etc) por el hombre que actualmente no corresponde a su amor. De nuevo, parte de la letra traducida que habla de cosas como: “Y tanto peor si es una locura, tendría ganas de todo contigo si pudieras amarme”. El resto de la letra aquí.

Bueno, y os preguntaréis (o quizá no) ¿con cuál se queda Miss Understood? Y la respuesta es: con las dos.

En realidad estas dos versiones vienen a solucionarme un problema. Y es que a mí la versión de Mina es de las que me hace cantar y cantar por la fuerza que desprende y el subidón de adrenalina que me da, pero no siempre tengo el cuerpo como para decirle adios a alguien. Hay veces en las que me apetecería más bien darlo todo por ese alguien, momentos en los que sin duda me quedo con Françoise y su interpretación desesperada.

La cara y la cruz de una misma melodía. ¿No sería una magnífica idea que pasara lo mismo con todas las canciones y así pudiéramos elegir con qué letra cantarlas dependiendo del estado anímico en el que nos encontrásemos en ese momento? ¿Para cuándo una versión en la que la Winehouse diga “sí, sí, sí”?

Mientras eso llega, os dejo con los vídeos. Hoy soy de Mina. Mañana quién sabe.

Ces petits riens

Es curioso lo de los huecos en la vida. Dicho así suena un poco raro, lo sé. Me refiero con hueco al miniespacio personal que se cede a los demás.

Al igual que la ministra defiende a capa y espada que sus minipisos son capaces de ofrecer todo el confort y bienestar que una persona necesita, hay personas que encuentran en los minihuecos que ofrecen todo el sentido y entrega que los demás requieren.

El caso es que el tamaño del hueco se acuerda tácitamente entre las dos partes: el que decide cuánto cede y el que acepta lo que le ofrecen. No vale quejarse después. Una vez aceptado, un trato es un trato.

Por eso desde aquí mi nuevo propósito de comienzo de curso: no quejarme después.

Suena Gainsbourg de fondo, con ese tono monótono y adictivo que le da Françoise Hardy en su versión y con esa letra, aparentemente sencilla pero directa, que convierte las pequeñas “nadas” personales en la más absoluta de las indiferencias.

Y creo que yo me he vuelto un poco claustrofóbica en lo personal: cada vez llevo peor los espacios pequeños y cerrados.

“Ce sont ces petits riens qui me venaient de vous…”