Genial. Es casi la una de la mañana y acabo de entrar en casa, reventada de todo el día y con ganas de dormir y ¿qué me encuentro en lugar de la anhelada tranquilidad de mi hogar? Pues una pelea telefónica a grito pelado de la vecina (pesada) de arriba.
No es la primera vez que ocurre pero por mi bien espero que sea la última. A ver si deja ya al (suponemos) bastardo de su novio que (evidentemente) no le conviene, a juzgar por los gritos que pega ella. Por cierto, me encanta la palabra “bastardo”. Suena redonda, fuerte y con un tono de mucho desprecio cuando la dices lentamente.
A lo que iba: al susodicho (que no vive arriba) también le he oido gritar, pero en alguna situación de las de dos rombos y bueno, este momento preferiría olvidarlo para el resto de mis días…
Me doy cuenta de que tengo un problema bien grande (aunque no tanto como la de arriba): ¡quiero dormir!
Y creo que tocarle el timbre y pedirle amablemente que termine su pelea porque necesito descansar para mi duro día de mañana no va a causar el efecto esperado.
Mientras tanto, y para hacer más llevadero este trago, llevo varios mensajes intercambiados con un plurkero al que sólo conozco de la red pero que, contra todo pronóstico, me cae bien.
Es curioso: mi plurkero podría ser el novio de la de arriba y podría estar manteniendo esta conversación conmigo en la red mientras discute con su novia por teléfono. Sí, ya sé, ya sé, los hombres jamás podrían hacer estas dos cosas simultaneamente…
El hecho es que nunca llegas a saberlo todo de alguien y sólo estando en las peores situaciones te acercas a la verdadera realidad.
La de arriba ya ha dejado de gritar y mi plurkero se ha ido de la pantalla. Ay, ay, ay…mañana le doy de baja, no vaya a ser que en breve alguien publique un post sobre mis discusiones de pareja.

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