Hacía tiempo que no me reía tanto. Claro que, bien pensado, hacía tiempo que no tenía una comida de celebración semejante a la de hoy.
Nos hemos juntado unos cuantos amigos para celebrar que hoy exactamente se cumplen 32.016 días desde el estreno de “Körkarlen” del gran Victor Sjöstrom.
Ha sido mucha la expectación creada estos días por unos y muy grande igualmente el mito alimentado por otros y estos otros.
Y es que señores, ¡Körkarlen es mucho Körkarlen!
No pensaba volver a mi vida en el blog con este tipo de post pero mis compañeros de celebración me han instado a hacerlo y ya se sabe que yo me debo a mis lectores.
Dicho esto, deseemos una larga vida a la película y esperemos que no pasen otros 32.016 días para volver a celebrar algo…
Me muero de la risa tras ver este corto que me ha llegado vía @vanecrespo, que es la mejor y siempre está al pie del cañón al otro lado del teléfono o tomándose una cerveza para compartir historietas. ¡Gracias, nena!
Y mil gracias también a todos los personajes que pasan por nuestras vidas y nos facilitan tener estas conversaciones con nuestras amigas. De verdad, la vida no sería lo mismo sin vosotros. A vuestros pies, me quito el sombrero…
El género humano es apasionante y no deja nunca de sorprenderme.
Lo que más me gusta últimamente es observar y fijarme en las situaciones en las que dos personas interactúan aún a sabiendas de que en otra circunstancia esto sería imposible. Hay una especie de entendimiento momentaneo y mágico en el ambiente que difícilmente se repetirá. Quizá sea eso lo que hace único al momento, ¿no?
En mi Top 3 de situaciones se encuentran:
1. La señora sesentona que ha ido a nadar y está en el vestuario vistiéndose. Yo estoy cerca, haciendo lo mismo y pensando en volver pronto a la oficina porque tengo unas cosillas pendientes. En ésas estamos cuando ella se dirige a mí y me dice: “¡Qué rollo es esto del sujetador! Se engancha siempre”. Yo levanto la cabeza y veo a la pobre mujer desnuda intentando colocárselo de nuevo porque se le ha enrollado sobre sí mismo y le contesto: “pues sí, la verdad, es un horror”. Lo pienso de veras, no sabéis lo coñazo que es ponerse un sujetador cuando estás medio mojada y encima estás intentando no dar un espectáculo exhibicionista al resto de las presentes.
Y es que en paños menores se ve que todas tenemos los mismos problemas, pero jamás los compartiríamos un día cualquiera sin conocernos a no ser que nos uniera que somos aficionadas, por ejemplo, a nadar.
2. El chico trajeado y con un (aparente) trabajo super serio que va a la peluquería al salir de la oficina. El peluquero le pregunta: “¿qué quieres hacerte?” y el chico serio le responde: “quiero arreglármelo un poco”.
El peluquero se marcha a buscar una de esas batas de colores y cuando regresa, el cliente (con voz dudosa) se dirige de nuevo a él: “aunque en realidad me gusta cómo lo llevo, un poco larguito…¿tú cómo me ves?” a lo que el peluquero (gay, para más señas) le contesta “bien, yo creo que estás bien así”. El chico serio, sin duda animado por esta súbita confianza, abre su corazón y suelta: “mira, es que voy mañana a una entrevista de trabajo y tengo que dar imagen de ser un tío serio. ¿Tú cómo crees que voy a ir mejor?” y el peluquero, normalmente ajeno al mundillo trajeado y de oficinista del cliente, se mete en la piel del chico serio y le dice: “ah, entonces te voy a teñir para quitarte las canas y te voy a dejar el pelo más corto, para que tengas esa imagen”.
Si se vieran por la calle sin necesidad de hablar no se dirigirían ni una mirada pero un martes a las 8 de la tarde en una peluquería del centro, son uña y carne.
3. El empleado del depósito municipal encargado de entregar los coches allí retenidos a sus dueños. He de decir que yo tenía un cabreo considerable, que mi maltrecho orgullo asomaba en forma de lágrima contenida al borde de mis ojitos y que llegaba tarde a trabajar por culpa del injusto incidente y con 200 euros menos en la cuenta.
Totalmente sorprendida porque la grúa se hubiera llevado mi coche y ante la indefensión que sentí, no pude hacer otra cosa más que estar seria y con aires de (falsa) dignidad mientras duró el farragoso trámite de rescatar de allí lo que me pertenecía.
Y sin embargo, la persona más alejada a mí en todos los sentidos, el hombre de mediana edad metido todo el día en un garaje, caminando arriba y abajo, moviendo coches de una plaza a otra, fue el que empatizó conmigo pronunciando las siguientes palabras: “Tenga usted un buen día, señorita. De verdad que se lo deseo porque esto que le ha pasado es una putada, créame, yo lo sé. Por eso le deseo que tenga un buen día, porque después de esto, peor no puede ser”.
Me quedé muda, me metí en el coche y mientras salía de allí, la lagrimilla consiguió saltar hasta mi cara. Y ya no era de rabia sino de emoción…
Seguiré observando situaciones.
PD: Se ve que a los de goear les iba mal el negocio y han decidido meter publicidad en las canciones. Como a mí nadie me paga por la susodicha publi, vuelvo al antiguo sistema de vídeos en Youtube.
Lo dicho: pulsando el Play: The National - Mistaken for strangers
¿Os he contado que una vez me subí a un avión que no era? Por un cambio de puerta a última hora me subí a un avión equivocado. Hago un alto en la narración para denunciar que ninguno de los asistentes de vuelo se dio cuenta en los controles de que no era el mío. Era un viernes, eran las diez de la noche y me disponía a volver a Madrid después de toda la semana trabajando en Oviedo. Estaba muy cansada y con muchas ganas de llegar a casa a dormir.
Según avanzaba por el pasillo del avión, identifiqué mi asiento y… ¡oh, sorpresa! vi que alguien lo estaba ocupando. Fue la gota que colmó el vaso. Puse mi peor cara de perro y justo en el momento en que me disponía a atacar al personaje que me había usurpado el sitio, escuché por los altavoces del avión: “Señorita Understood, póngase en contacto con la tripulación”.
Mi cara de perro mutó en un color rojo tomate al sentir las miradas curiosas del resto del avión y me dirigí a la puerta. Allí, una amable azafata me “invitó” amablemente a abandonar el vuelo en el que estaba y subir al que verdaderamente tenía que subir, con destino Madrid.
Salí pitando de allí, totalmente abochornada por la escena que acababa de vivir y a tiempo para coger el vuelo correcto. Nunca he vuelto a equivocarme de puerta, manías que se le quedan a una después de estas cosas.
Y es que el bueno de Kevin suele comprar dos asientos en lugar de uno para poder volar “a sus anchas” pero debido a un cambio en el vuelo y a que éste iba bastante lleno, sólo pudo acceder a una plaza libre, lo que dio lugar al fatal desenlace.
¿Es que estos señores no saben que acaban de terminar las Navidades y que son muy malas fechas para los kilos? ¿Es que esta compañía aérea no sabe que oficialmente hasta marzo no empieza la operación bikini? ¿Es que no le podían haber cambiado de asiento? Por Dios, ¡que es Kevin Smith!
Según cuenta la noticia, su Twitter echa humo tras el incidente (no lo he podido verificar por mí misma porque a estas horas se encuentra “over capacity”) y me pregunto si habrá una próxima saga de películas en las que Jay y Silent Bob abandonen las tiendas, los centros comerciales o a Alanis Morissette al frente de la religión para regalarnos alguna otra historia, basada esta vez en los bizarras liturgias por las que hay que pasar para subir a un avión o en las desventuras de un pobre adicto a la comida basura (o de metabolismo lento, que no todo en la vida del gordito es por comer y beber).
Yo por si acaso este año he empezado antes con la operación bikini, concretamente la empecé al terminar agosto, es decir, que nunca la he llegado a dejar. Bien pensado, me está ahorrando muchos disgustos y es que no podría soportar que me echaran por segunda vez en la vida de un avión con destino a Madrid.
Pulsando el Play: Morrisey - You’re the one for me, fatty
Además de una canción super antigua de The Cardigans, “Sick and tired” (traducido: “enferma y cansada”, esto es para mis padres, que también me leen y no siempre tienen un Collins a mano) es como estoy estos días en casa.
Señores, estoy por primera vez de baja laboral. Nada serio, no temais por mi vida porque tengo cuerda para rato.
Desde hace un par de días tengo tiempo de sobra para peinar la red y entretenerme con la única ayuda del ADSL. Twitter, está siendo mi mayor desahogo y fuente de diversión.
Para quien a estas alturas aún no sepa qué es Twitter, lo explicaré como lo hago a los que fruncen el ceño al oir el palabro: “¿Tú sabes en Facebook ese cuadro donde puedes poner lo que piensas? Pues Twitter es una aplicación que sirve para ponerlo continuamente”. Bendito Facebook, que ha servido para que hasta el fan menos fan de las redes sociales entienda conceptos como “actualizar un estado”.
Y en Twitter, como en Facebook, se lee de todo. Hoy lo he comentado con un par de amigos, precisamente. Es indudable que resulta muy sencillo estar en el sofá de casa y sin embargo anunciar a la twittesfera que estás de copas en el bar más cool de la ciudad, o decir que estás viendo la ultimísima presentación made in Apple (no veáis el ruido que hubo ayer en Twitter con el dichoso iPad) cuando en realidad no despegas el ojo de la final de Gran Hermano.
Así son las cosas, amigos, y hecha la ley, hecha la trampa. Por eso ayer me hizo gracia esta historieta que encontré en Geek in Love
Real como la vida misma, ¿verdad? A mí me vienen rápidamente a la cabeza un par de personas que siguen esta estrategia a rajatabla.
Lo curioso del tema es que la gente que actúa así en la red, se comporta (intuyo) de la misma manera en la vida real. Los comentarios grandilocuentes y las hazañas de fin de semana están a la orden del día.
Fácilmente identificables los personajes, me encanta la red porque siempre está la opción de hacer un unfollow o de borrar de tu lista de amigos a estos embellecedores de realidades. Difícilmente en el día a día es tan simple quitarse a un pelmazo de encima.
Me preguntaban el otro día por la técnica que sigo para escribir mis posts: ¿escribo y luego elijo la canción (y por lo tanto, el título del post)? o ¿escucho una canción que me inspira y escribo un post relacionado?
Generalmente, hago lo primero.
Las ideas para los posts me llegan de cualquier cosa: una conversación con alguien, algo que vea en la calle, un sentimiento que tenga dentro y necesite sacar o un pensamiento que me apetezca compartir.
Hoy ha sido al revés: esta semana he vuelto a oir esta canción y su estribillo me martillea sin cesar. No es que yo sea precisamente una fan de los Pixies pero reconozco que este tema se salva (sé que con esta frase me la estoy jugando y tendré algún comentario al respecto).
Desde hace unos días no estoy centrada en nada y estoy un poco desubicada: trabajo para Rusia y Alemania, chateo con Sri Lanka y Bruselas, hablo por teléfono con la India, twitteo con Londres, leo las aventuras en Facebook de un señorito que a recorre el sudeste asiático, comento las fotos en Flickr de una australiana a la que compré unos vestidos, me divierto en Madrid y pienso en Bilbao.
Releyendo el anterior párrafo saco varias conclusiones:
No sé ni cómo me queda tiempo para trabajar
Estoy enganchadísima a muchas aplicaciones a las que me resultaría difícil renunciar
Sigo siendo capaz de relacionarme con gente cara a cara, con lo que he evitado el riesgo de convertirme en un ente de la “cosa” dospuntocerista.
No me explico cómo sobrevive la gente que puede estar días sin conectarse
… y la más importante todas ellas:
Mis amigos son igual de “modernos” que yo.
Supongo que ellos tampoco saben muy bien dónde tienen su cabeza y supongo que mientras yo aclaro mi situación, ellos irán poco a poco volviendo a sus orígenes (y por lo tanto, facilitándome la labor).
¿Que dónde tengo la cabeza? “Sobre los hombros” es lo más acertado que puedo decir.
Esta mañana al entrar en el ascensor me he encontrado con el portero de la casa. Pensaba que estaba limpiándolo pero no, en lugar de eso estaba colocando ambientadores sobre la rejilla del techo.
En ese momento he reparado en que había ya por lo menos otros cuatro ejerciendo la misma función pero, en boca del portero, “a veces, según quién entre, no son suficientes”.
¡Toma ya! Cuatro ambientadores no son capaces de difuminar el rastro hediondo que deja algún vecino. Ni sé quién es ese vecino, ni (obviamente) quiero saberlo.
Yo es que soy muy maniática con los olores y tengo mucha memoria olfativa, para lo bueno y para lo malo.
Entre mis peores recuerdos se encuentran la vez que se pudrieron unas patatas (asqueroso), aquella vez que el pollo se puso malo en el frigorífico (repugnante), el día en que se llenó el bote sifónico (espeluznante), la casa de una vecina de mi abuela que (no me preguntéis por qué) siempre olía a col hervida y la terrible combinación de algunas mañanas yendo a la Universidad con el metro atestado y ciertas gentes-sin-duchar justo en el momento en que pasa por debajo de la ría de Bilbao y hay marea baja. Vale, es rizar el rizo, pero es que la vida es así.
Los buenos olores fijados en mi memoria afortunadamente son muchísimo más numerosos. Desde la panadería a la que iba a comprar el pan cuando era pequeña, al olor a mar que descubro ahora cada vez que vuelvo a casa (y que antes era incapaz de distinguir porque vivía allí y estaba acostumbrada), las maravillosas trattorias en Italia, el olor de azahar de los Reales Alcázares de Sevilla una noche de junio y claro, cómo no, alguna piel de esas que tienes tan cerca que es imposible olvidar.
¡Qué potente es el poder de la piel! ¡Y cómo engancha! Parece mentira que algo tan frágil esconda tanta persuasión y tantas ganas de tener más. Llámalo colonia, llámalo feromonas, llámalo X.
El que inventó aquello de que el roce hace el cariño creo que sabía de lo que hablaba.
Un aluvión de mensajes navideños es lo que he recibido entre ayer y hoy.
Se está poniendo de moda hacer felicitaciones al más puro estilo de la realeza: los niños, unos cuantos adornos navideños…et voilà, felicitación al canto.
Como yo el año pasado ya inicié esta costumbre, no puedo hacer menos en este 2009.
La familia ha crecido y esta vez las niñas estrenan ropita: Lola con camiseta de Santa Claus, Casilda con un vestido navideño que recuerda a un bastón de caramelo y Olivia con un disfraz de reno. ¡Me costó un montón que estuvieran quietas!
¿No están preciosas? Sí, lo están. De todas maneras, entiendo que a algunos de vosotros os intimiden esos ojos que tan fijamente miran.
Creo que en este vídeo que me ha enviado Makotogim está la respuesta al respeto que os infundan mis inocentes niñas. Disfrutadlo porque es precioso. Ah, la música es de Mastretta.
Ayer tuve la tradicional reunión de Navidad con mis amigas de Madrid. Nuestra cena mensual, que celebramos ya desde hace siete largos años, se sigue manteniendo en plena forma. ¡Larga vida a la SCCS!
Después de los postres, tocó el inevitable balance que se hace cada año por estas fechas. La mayoría de ellas están felices con lo que les ha deparado el 2009: maridos, bebés, vidas en pareja, nuevos trabajos y en general, buenos momentos. Merecidísimos todos ellos, así que, bienvenidos sean.
Yo no supe muy bien cómo calificar este año que nos abandona en apenas diez días.
Ya lo comentaba hace tiempo: este año he vivido una larga etapa de tiempos convulsos. Por una parte, el 2009 me ha dejado recuerdos como la boda de mi hermana, viajes, muchísimos conciertos y planes con amigos, la vuelta a mi adolescencia en verano, el reencuentro con viejas amistades y ya, hacia el final de año, una mentalidad más positiva y con ganas de recibir al 2010 con la mejor de mis sonrisas.
Si todo esto es bueno, el 2009 también me ha dejado momentos muy amargos. Ha sido un año de choque, de desilusiones personales, de grandes decepciones llegadas de la mano de amigos que consideraba mejores. He estado a punto de perder a una buenísima amiga mía por culpa de una enfermedad terrible que hoy (por fin, hoy es ESE día) damos por superada. Yo también me he sentido enferma tres meses, débil, triste y temerosa. En realidad esto último no es malo: me ha servido para pensar, para darme cuenta de infinitos detalles, para ser plenamente consciente de quién soy y de dónde quiero estar.
Hay quien llama a esto madurar. Yo prefiero decir que por fin puedo ver, que me han quitado la venda que cubría mis ojos y que ya puedo distinguir todas las tonalidades de color, hasta el punto (por ejemplo) de que la maldición del azul indigo que pesaba sobre mi, jamás volverá a surtir efecto.
El caso es que se habla mucho de la crisis de los 40 pero yo creo que también existe una crisis tácita -y no aceptada como tal- a los treintaypocos: una crisis más revolucionaria en lo personal, una revolución más directa de lo íntimo, una autoconsciencia implacable.
Muchos de mis amigos en esta franja de edad han sufrido este año grandes cambios personales motivados, precisamente, por responderse honestamente a estas preguntas: ¿quién soy?, ¿qué estoy haciendo? y ¿qué quiero hacer?
El abrumador resultado se resume en: rupturas amorosas, cambios de ciudad, abandono de la vida conocida para dedicarse a la autocomplacencia, giro laboral hacia trabajos que colaboren a salvar “este mundo en el que vivimos”.
¡Ojo! No todo es tan drástico. También tengo amigos que resumen su honesto resultado en planes de futuro totalmente en línea con lo que viven en la actualidad.
Quizá porque me ha pasado un poco de todo, no sepa muy bien cómo calificar a este 2009. Creo que lo voy a dejar como un año de transición entre etapas. Será el año en que vi la luz, el año en que una alcantarilla se cruzó en mi camino, el año triste y feliz, el año feliz y triste. Una especie de símbolo de yin-yang perfecto y armónico en el que han convivido buenos y malos momentos por igual.
Emulando a esas portadas que Aramburu hizo para Le Mans, cierro este post con la primera de las letras.
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