Este año no me puse ropa interior roja el día de Nochevieja. Tampoco metí nada de oro en champán, ni levanté un pie al cumplirse las últimas doce campanadas del año.
Ni siquiera terminé a tiempo de comerme las uvas. Esto no es una gran novedad desde que un año, apremiada por la promesa de felicidad que da engullirlas en doce segundos, casi muero atragantada con una maligna uva que decidió tomar un camino distinto al de mi estómago.
Historias aparte, este año no he cumplido con la tradición más que en lo estrictamente necesario.
Ya se sabe que no soy muy dada a seguir rituales, ni siquiera ésos que me resultan graciosos, así que este año tampoco seguí el ritual que inventaron mis vecinos hace unos cuantos inviernos. Dicen que les da suerte y que empiezan bien el año, así que voy a dejarlo por escrito, no vaya a ser que alguno lo necesite en diciembre…
Al cumplirse el inicio del nuevo año y tras los consabidos besos, abrazos, brindis y demás manifestaciones de afecto, se coge una mochila que tendremos previamente preparada. En ella habremos metido objetos a los que tengamos apego y que creamos además que nos van a ayudar de alguna forma a pasar el año en condiciones: unas zapatillas, un pañuelo grande, unas gafas de sol, una brújula… ¡qué sé yo!
Con la mochila lista se sale a la calle a encontrarse con todos nuestros amigos que quieran participar el ritual. En la calle, bajo el frío manto de la noche, se inicia el segundo turno de besos, abrazos y gritos de júbilo por el nuevo año que empieza. Se mira hacia arriba y se saluda al resto de atónitos y divertidos vecinos (esta Miss que os habla entre ellos) que cada año asisten a la ceremonia desde sus casas.
Cuando está todo el mundo listo, comienza verdaderamente el ritual. En ese momento, se inicia una carrera hasta la carretera más cercana y ya en la acera, se coge todo el mundo de la mano y (mochila en espalda) se cruza la carretera. Se cruza la carretera y se vuelve a cruzar, retornando al punto de partida.
Y ya está. Según los inventores de esta tradición, hacerlo cada año trae suerte y ayuda a empezar en las mejores condiciones.
Como decía, yo nunca he sido muy amiga de este tipo de conjuros y no sé si cruzar la carretera te llevará al infierno o al mismo cielo. Yo lo único que sé es que empiezo el año tranquila en casa con mi familia mientras hay gente voluntariamente pasando frío y lo que es peor… ¡corriendo!
Si el año que viene considero que no me ha ido como esperaba, quizá me anime a aunar esfuerzos y reunir en uno todos los conjuros que conozco para darlo todo por mi felicidad más absoluta. Y digo yo, ¿cómo le sentará al dios de la carretera que le lance un sujetador?

El año que viene Miss nos apuntamos sin falta!
Tú crees? Mira que empezar el año corriendo no es lo que más me atraiga, eh…