Archive for the 'Miss Teorías' Category

Si es que hay suerte

Ya es casi mitad de año y me ha dado por hacer balance. No es que el balance lo haya hecho hoy. En realidad, yo pienso en lo que me ocurre casi a diario, más que nada por si hubiera oportunidad de enmendar los errores cometidos.

Estoy cansada de lo de siempre.

Hoy cierro una etapa para abrir otra.

Como decía Julia Roberts en “Pretty Woman”: quiero el cuento completo. Y lo tendré si es que hay suerte.

Hoy me he dado cuenta
de que es hora de hacer las maletas
he pasado tanto tiempo en el mismo lugar…
Ya tengo recuerdos suficientes, tantas fotos tuyas
y en ninguna de ellas salgo yo.

Esta vez me voy en coche,
estoy cansada de volar,
a través de los cristales te diré bye bye.

Mi vida parece una película
y es ahora ahí donde yo quiero estar.

Me verás si es que hay suerte
dando el tiempo por la tele,
o anunciando unas cuchillas de afeitar.

Y es verdad te querré siempre
que haya tierra suficiente,
de por medio juntos ya no podemos estar.

Dentro de unos años volveremos a encontrarnos
en un bar y por casualidad,
tú estarás tal calvo y tan gordito,
yo tan guapa
nos tendremos tanto que contar.

Me verás si es que hay suerte
dando el tiempo por la tele,
o anunciando unas cuchillas de afeitar.

Me verás si es que hay tele
echando mi amor a suertes,
disfrutando de este siglo como nadie más.

Me verás si es que hay suerte
dando el tiempo por la tele,
aquí sol, ¡ay! cómo llueve en tu ciudad.

Miss_tits

Hay dos cosas que odio tener que ir a comprar: pantalones y sujetadores.

Los primeros porque hasta encontrar unos que me queden bien puedo tardar días. Les tengo manía. Apenas los llevo, yo soy una Miss de ésas que siempre van con falda o vestido.

Los segundos porque tampoco los encuentro fácilmente y es muy habitual que me lleve a casa algo que acabe muerto de risa en algún cajón.

Normalmente la función “compra de sujetadores” y su código comentado (entre paréntesis) suele ser así:

- Hola, quería un sujetador

- Muy bien, ¿qué talla tienes?

- Tengo una talla un poco rara, mucha copa y poco contorno. Utilizo la talla XXX (a ver si os creíais que iba a poner aquí cómo me las gasto en cuestiones de pecho…)

- Ah, pues no hay muchas casas que fabriquen esa talla (esto lo único que significa es: “te va a costar una pasta”)

- Lo sé, soy consciente de mi “problema” (que no es tal “problema”, simplemente me dibujaron así)

- ¿Lo quieres con relleno?

- Ehhh… no (a poco que me mires te darás cuenta de que no necesito más relleno)

- Tengo estos tres modelos

- ¡Genial! (lo mismo me eternizo probándomelos… #no)

… bucle probador, donde i representa el número de sujetadores …

for (i=0; i<=3; i++)

Ponte el sujetador, ajusta la tira para abrocharlo, ajusta los tirantes, mírate por delante, mírate de perfil, mírate por detrás, agáchate hacia delante para ver si todo se queda en su sitio, salta (sí, yo salto) para ver si todo se queda en su sitio tras los botes, siéntate, ponte una camiseta encima para ver el efecto con ropa, mírate por delante, mírate de perfil, mírate por detrás.

… fin del bucle probador …

Con suerte, habré salido airosa y con un sujetador listo para venirse conmigo a casa.

Con más suerte, tras llevarlo el primer día decidiré que se queda en el cajón de “ropa interior apta para ser usada”.

Con incluso más suerte, será tan buena la elección que no tendré que volver a por otro en un tiempo, fecha para la que por supuesto habrán dejado de fabricar ese modelo y tendré que volver a empezar.

Nadie dijo que fuera fácil ser chica…

Confianza ciega

Elegir a una persona amiga de las dobleces y dejar que actúe libremente.

Coger un pizquín una pizca de Lady Gaga y Beyoncé en este vídeo, concretamente la que dice que “la confianza es como un espejo: puedes arreglarlo si está roto pero seguirás pudiendo ver la grieta en el reflejo” (05:21).

Añadir la sabia voz de mi amigo el de los sueños polares, recomendándome que nunca debería fiarme de quien una vez no me quiso como yo me merecía.

Preparar una disolución a partes iguales de lágrimas de rabia y lágrimas de decepción. Mezclarla con los ingredientes anteriores. Se obtendrá una masa homogénea y explosiva que pasará a denominarse “entuerto”.

Dejar reposar el entuerto unos días, a la espera (ilusa) de que se deshaga solo con el tiempo o, en el mejor de los casos, de que se te olvide y tu vida continue al margen del mismo.

Si pasado un tiempo prudencial el entuerto no tiene pinta de hacer ninguna de las dos cosas arriba mencionadas, se recomienda pasar a un nuevo plan de acción. No olvidemos que el entuerto por su carácter explosivo podría saltar por los aires en cualquier momento.

Así pues, se pasará a juntar a un par de amigas y compartir con ellas la receta. Ellas te orientarán sobre los fallos en la ejecución de la misma y te darán pistas para mejorar tus artes y que esto no vuelva a sucederte en el futuro.

Tras el akelarre, dirigirse a la persona que se ha elegido al inicio de este post y plantearle una partida de tute, a ver si con un poco de suerte le puedes cantar las cuarenta.

Deshecho el entuerto con esta acción, se procederá a finalizar la receta con la lección aprendida y una nueva por delante: ser feliz al margen de infelices.

Sex and the city

Dicen los expertos que en Twitter se folla mucho. Sí, eso es lo que dicen.

Sinceramente, llevo en esta red casi 3 años y a estas alturas sólo puedo decir que alguien se está quedando con lo mío.

Siendo honesta, tampoco es que el que se esté quedando con lo mío se esté llevando una cantidad abrumadora de noches de pasión, pero al fin y al cabo, esos encuentros deberían ser para mí, ¿o no?

Pues no, se ve que no. Yo mantengo la teoría de que la vida me ha dado unas cartas con las que he tenido que jugar como he podido. Las cosas como son.

Para empezar, nací en Bilbao. Y aunque sea cierto que el tópico más común sobre los de Bilbao es que nacemos donde nos da la gana, el hecho es que nací allí. ¿Y cuál es el segundo tópico más extendido sobre los bilbaínos? Efectivamente: que no follan. Y esto es tal cual, no os engañeis. A ver si os pensáis que los rumores salen de la nada, que ya lo dice el refranero español “cuando el río suena, agua lleva”.

Pues eso, básicamente, que entre que nosotras somos como somos (ay, las cuadrillas de chicas) y ellos son como son (ay, las cuadrillas de chicos), interesa más comer y beber que el noble arte del apareamiento.

Y con esta genética con la que cargaba yo, ¿podía ir la cosa a peor? Pues sí, fue a peor. ¿Por qué iba yo a estudiar algo como Medicina o Enfermería? No, hombre, no, yo fui a elegir la Ingeniería Industrial… una carrera preciosa y que sin duda repetiría pero, amigos, allí se iba a estudiar y a hacer prácticas en laboratorios hasta altas horas de la noche. Las chicas íbamos “cómodas” para aguantar horas y horas de clases, osciloscopios y circuitos integrados. Y los chicos iban a coger nuestros apuntes mientras suspiraban por las de Derecho, que iban siempre guapísimas y maquilladas porque no se les caía la gota gorda con el calor de los soldadores. Seamos realistas, los ingenieros no somos el top de la seducción.

Y os parecerá una chorrada pero la realidad es que series como “House” o “Anatomía de Grey” tienen lugar en un hospital y no es por casualidad. ¿Cuántas series de enredo amoroso habéis visto que tengan como escenario empresas de ingeniería? Venga, pensad otra vez… seguro que llegáis a la misma conclusión que yo: ninguna.

Así que viendo este panorama, al terminar la carrera (que no tuve la oportunidad de hacer fuera con el consabido ambientillo de colegios mayores) y dado que ni siquiera me dejaron en casa irme de Erasmus, no me quedó más remedio que venir a vivir a Madrid, con la esperanza de que esto cambiara. ¿Y cuál fue mi siguiente genialidad? Entrar en una consultora, en una de esas grandes en las que hay código de vestir y normas no escritas adicionales como que está prohibido tener una pareja dentro de la empresa. Tal cual. Y claro, a mí me pones una norma y en el 99% de las ocasiones, la cumplo. Y mi trabajo no fue parte de ese 1% de ocasiones en las que me dejo llevar.

Tuve que salir de allí corriendo para poder encauzar de nuevo mi vida. Y en eso ando: me metí en Twitter porque me pareció divertido. Y dicen que en Twitter se folla mucho. Y a mí no me ha tocado nada de nada.

Os estáis poniendo las botas a mi costa, ¿no? Bribones…

La señorita del iPad

Primer post de 2011 y por primera vez voy a emplear el blog para quejarme de algo. Quejarme en serio, no esas quejas tontas que suelo tener yo…

El año pasado, por el primer aniversario del blog, decidí regalar una pequeña chapa a todo aquel que me la pidiera, como una forma de agradecer que, de alguna u otra manera, se hubiera pasado por el blog en un momento puntual o incluso (los más atrevidos) hubiera participado con sus comentarios.

Pedí a un amigo que me fabricara las chapas y las envié a todo el mundo. Quiero que quede claro que es un hecho totalmente desinteresado, que lo hago por placer y que me supone un pequeño esfuerzo al tener que preparar los envíos y llevarlos a Correos.

Es algo que, repito, lo hago como agradecimiento a todos los que han decidido pasarse por este rincón.

No pido nada a cambio. Me vale con un simple “gracias”. Nada más y nada menos. Pero ¡ay, amigos, qué cara se vende esta palabra!

Hará cosa de un mes, me llegó un e-mail de una chica solicitando una chapa. En su momento no contesté al correo porque lo dejé pendiente de contestar y con lo desastre que soy, se quedó en eso: pendiente.

Ayer me llegó otro correo solicitando una chapa, esta vez de un tuitero encantador.

Una cosa me hizo recordar la otra y aproveché para contestar a ambos que en cuanto tuviera de nuevo chapas en mi poder (me están haciendo una nueva remesa) se las haría llegar, indicando a ambos que me dieran su dirección para enviársela.

Finalmente la entrega al chico la haré en mano, con una cerveza de desvirtualización de ésas que me gustan tanto. Antes de llegar al punto de cambiar chapa por cerveza, él me preguntó por el importe de la chapa (que por si no queda claro, es gratis) y me dio las gracias repetidas veces.

Por su parte, la chica me ha contestado hoy. Un e-mail que contenía exclusivamente una línea con su dirección. Enviado desde su iPad, eso sí. Supongo que no habrá tenido más tiempo libre porque está demasiado ocupada con su juguete de Reyes y que ésa es la única razón por la que en su e-mail se echan en falta signos básicos de educación como un “hola”, un “saludos” y la palabra mágica que da acceso a la chapa: “gracias”.

Yo, si tuviera un iPad estaría ahora mismo tan entretenida haciéndome con él que no tendría ni tiempo de escribir este post. Pero resulta que no lo tengo, así que en esto me hallo ahora mismo.

Señorita del iPad: no te conozco de nada y tú a mí tampoco. Lo único que pido es un poco de educación. No somos amigas ni lo seremos jamás pero la educación es algo que no debería perderse, por muy ocupada que estés con otras cosas y a pesar de estar hablando con una completa desconocida. Es más, quizá por estar hablando con una desconocida, deberías mantener tu estándar de educación en los niveles más altos.

Nadie te pide que seas el colmo de la simpatía con una desconocida pero dado que vivimos en una sociedad civilizada (al menos la mayor parte del tiempo) deberías saber que hay unos mínimos que se nos exigen como integrantes de la misma.

Yo soy de cumplir mi palabra y no hacerlo me revuelve el estómago así que te enviaré la chapa. Es el precio que tengo que pagar por estar en la web. Por otra parte, no sé si debería enviar la chapa a alguien que, a todas luces, no valora de ningún modo a quien se la está enviando.

La respuesta en una semana o dos, en cuanto tenga la remesa lista para enviar pero… ¿qué haríais vosotros?

* Aprovecho para recordar que no me olvido de los participantes en el post de los grupos escondidos y que el detallito llegará.

Loser

Esta mañana, estando en la cama y mientras me debatía entre venir al trabajo o no por mi incipiente gripe, he escuchado la noticia sobre los cambios en el Gobierno.

No es éste un lugar para hablar de política (bien sabéis que yo no me suelo pronunciar en ese aspecto) pero no he podido dejar de hacerme la pregunta del millón de euros: ¿Cómo puede tener esa chica un Ministerio sólo para ella? (y yo, con todo lo que valgo, no).

Y este pensamiento me ha llevado inevitablemente a esos momentos en los que te presentan a alguien que a todas luces es subnormal e, inexplicablemente, tiene pareja. Y entonces piensas: ¿Cómo puede tener pareja? (y yo, con todo lo que valgo, no).

Efectivamente, triste pero cierto, la vida a veces es así de injusta. O justa, según se mire.

Porque, seamos realistas, algo habrán hecho los subnormales para tener pareja, igual que la chica en cuestión habrá hecho algo para tener la Sanidad (así, con mayúsculas) en sus manos. O igual no, igual no han hecho nada y simplemente es una cuestión de que quien les elige como partenaire tiene las expectativas bajo mínimos.

En cualquier caso, algo hago yo mal en la vida porque a mí no me ofrecen ni Ministerios, ni subnormales, ni nada de nada. Bueno, ahora que lo pienso, de subnormales he andado sobrada últimamente y lamentablemente me los he buscado yo sola.

Y ¿qué es lo que se deduce de los dos anteriores párrafos? Que la causante de mi situación no soy yo, sino vosotros. Al parecer, vuestras expectativas hacia mi persona están más altas de lo que deberían y por eso no me ofrecéis nada jugosito.

“Typical Spanish” eso de echarle la culpa a los demás de los problemas personales. A los demás o al Gobierno. Hoy parece que tenemos excusa para lo segundo. Somos afortunados.

Me marcho a Canadá.

We can’t be friends

Hay veces (pocas, afortunadamente) en las que me quedo sin palabras. Hoy se las cojo prestadas a Aroah:

We can talk about it
we can laugh about it
we can cry about it alone in bed at night
we could be together
we could be each other
make love in the morning you could make me cry
but why am I so pleased with the way things are
it’s comfortable and kind so we cannot be friends
In my dreams I’ve had you
in my life I don’t
in my heart I’d keep you but on my mind I won’t
and that’s why I know that we cannot be friends
I’ll end up trapped in lies and breaking all my plans
I’d shed the skin of old me and close another door
become the type of girl I hate and I don’t know what for
So no, we cannot be friends anymore

Under the bridge

Ya os he hablado alguna vez de Goa-man, a quien con suerte veo una hora a la semana cuando el trabajo me lo permite pero de quien normalmente saco ideas para mucho más tiempo.

Estos días he estado pensando en una historia que nos contó sobre la construcción de puentes. Sí, como lo leéis, de estas cosas solemos hablar.

El caso es que para construir un puente sobre un río, se tiene que empezar por cada una de las orillas para terminar juntándolas en el centro.

De nada sirve hacer todo el trabajo desde un único lado porque el puente nunca llegará a la orilla contraria. Caerá (imagino) vencido por su propio peso. Tampoco sirve de mucho que se trabaje más desde una de las partes, construyendo más de la mitad del puente y dejando que la parte contraria trabaje menos, precisamente por la misma razón: se caería.

Es decir, que la construcción del puente tiene que estar organizada, coordinada y todas las partes deben colaborar por igual.

En la vida todos los días tenemos puentes que construir: en el trabajo con tus compañeros, en la familia con tus responsabilidades, en la amistad con tus compromisos y en el amor con tu implicación.

¿Y sabéis qué? Que lo único importante es saber parar a tiempo. Lo único que te mantiene a salvo de disgustos y dolores de cabeza es construir tu parte de puente hasta el centro del río y quedarte esperando allí arriba. Y desde ese punto, hay que mirar hacia la otra orilla y preguntar al que está en el otro lado: “¿Vas a venir? Yo ya he hecho mi parte, ¿vas a hacer tú la tuya?”.

Así es esto de simple.

Ni que decir tiene que, si tras un tiempo esperando la otra mitad del puente no tiene visos de ser construida, vale la pena desandar el camino, volver a la orilla y empezar a construir otro puente un poco más alejado y con otro equipo de arquitectos.

¿Y dónde estoy yo ahora? Por el momento estoy resguardada debajo de uno.

Sick and tired

Además de una canción super antigua de The Cardigans, “Sick and tired” (traducido: “enferma y cansada”, esto es para mis padres, que también me leen y no siempre tienen un Collins a mano) es como estoy estos días en casa.

Señores, estoy por primera vez de baja laboral. Nada serio, no temais por mi vida porque tengo cuerda para rato.

Desde hace un par de días tengo tiempo de sobra para peinar la red y entretenerme con la única ayuda del ADSL. Twitter, está siendo mi mayor desahogo y fuente de diversión.

Para quien a estas alturas aún no sepa qué es Twitter, lo explicaré como lo hago a los que fruncen el ceño al oir el palabro: “¿Tú sabes en Facebook ese cuadro donde puedes poner lo que piensas? Pues Twitter es una aplicación que sirve para ponerlo continuamente”. Bendito Facebook, que ha servido para que hasta el fan menos fan de las redes sociales entienda conceptos como “actualizar un estado”.

Y en Twitter, como en Facebook, se lee de todo. Hoy lo he comentado con un par de amigos, precisamente. Es indudable que resulta muy sencillo estar en el sofá de casa y sin embargo anunciar a la twittesfera que estás de copas en el bar más cool de la ciudad, o decir que estás viendo la ultimísima presentación made in Apple (no veáis el ruido que hubo ayer en Twitter con el dichoso iPad) cuando en realidad no despegas el ojo de la final de Gran Hermano.

Así son las cosas, amigos, y hecha la ley, hecha la trampa. Por eso ayer me hizo gracia esta historieta que encontré en Geek in Love

Real como la vida misma, ¿verdad? A mí me vienen rápidamente a la cabeza un par de personas que siguen esta estrategia a rajatabla.

Lo curioso del tema es que la gente que actúa así en la red, se comporta (intuyo) de la misma manera en la vida real. Los comentarios grandilocuentes y las hazañas de fin de semana están a la orden del día.

Fácilmente identificables los personajes, me encanta la red porque siempre está la opción de hacer un unfollow o de borrar de tu lista de amigos a estos embellecedores de realidades. Difícilmente en el día a día es tan simple quitarse a un pelmazo de encima.

Pulsando el Play: The Cardigans - Sick and tired

Tú hueles mejor

Esta mañana al entrar en el ascensor me he encontrado con el portero de la casa. Pensaba que estaba limpiándolo pero no, en lugar de eso estaba colocando ambientadores sobre la rejilla del techo.

En ese momento he reparado en que había ya por lo menos otros cuatro ejerciendo la misma función pero, en boca del portero, “a veces, según quién entre, no son suficientes”.

¡Toma ya! Cuatro ambientadores no son capaces de difuminar el rastro hediondo que deja algún vecino. Ni sé quién es ese vecino, ni (obviamente) quiero saberlo.

Yo es que soy muy maniática con los olores y tengo mucha memoria olfativa, para lo bueno y para lo malo.

Entre mis peores recuerdos se encuentran la vez que se pudrieron unas patatas (asqueroso), aquella vez que el pollo se puso malo en el frigorífico (repugnante), el día en que se llenó el bote sifónico (espeluznante), la casa de una vecina de mi abuela que (no me preguntéis por qué) siempre olía a col hervida y la terrible combinación de algunas mañanas yendo a la Universidad con el metro atestado y ciertas gentes-sin-duchar justo en el momento en que pasa por debajo de la ría de Bilbao y hay marea baja. Vale, es rizar el rizo, pero es que la vida es así.

Los buenos olores fijados en mi memoria afortunadamente son muchísimo más numerosos. Desde la panadería a la que iba a comprar el pan cuando era pequeña, al olor a mar que descubro ahora cada vez que vuelvo a casa (y que antes era incapaz de distinguir porque vivía allí y estaba acostumbrada), las maravillosas trattorias en Italia, el olor de azahar de los Reales Alcázares de Sevilla una noche de junio y claro, cómo no, alguna piel de esas que tienes tan cerca que es imposible olvidar.

¡Qué potente es el poder de la piel! ¡Y cómo engancha! Parece mentira que algo tan frágil esconda tanta persuasión y tantas ganas de tener más. Llámalo colonia, llámalo feromonas, llámalo X.

El que inventó aquello de que el roce hace el cariño creo que sabía de lo que hablaba.

Pulsando el Play: Anntona - Tú hueles mejor