Archive for the 'Miss Noches' Category

Dance Dance Dance

Ecuador de mis vacaciones. Tenía ganas del norte. Tenía ganas de la gente de siempre. Tenía ganas de planes de los de toda la vida.

Ayer me comentaba una amiga que el año que viene va a centrar sus vacaciones en ir a la playa y salir de fiesta por la noche. En el norte, en casa, con la gente de siempre y con los planes de toda la vida.

Y me dí cuenta de que eso es lo que estoy haciendo yo estos días: absorber los escasos rayos de sol, aprovechar los días de fiesta con olor a mar y sardinas asadas (que tiene su encanto, todo hay que decirlo) y disfrutar el verano como cuando era estudiante.

¿Volviendo a los 20? Hombre, el concepto ha evolucionado un poco gracias a que ya no cuento exclusivamente con la paga de Mr. Understood pero vamos, se le aproxima bastante.

En cualquier caso, lo mejor es que se me pasan las noches bailando. ¿Y qué hay en la vida mejor que bailar cuando estás contenta? Nada.

Esta noche bailaré en pijama. Estará la gente de siempre. Será el plan de toda la vida.

Pulsando el Play: Lykke Li - Dance Dance Dance

Judy in disguise (with glasses)

El primer gafapasta de mi vida fue Mortadelo.

De sus cientos de historietas heredé una fidelidad a las gafas-que-combino-con-mis-modelitos y una pasión desmesurada por los disfraces.

No sé si es porque en el fondo no tengo vergüenza o porque me encanta hacer el payaso, pero el caso es que soy una superfan de meterme en otras vidas con la ayuda de un trajecito carnavalero.

Así que en esta vida he vivido por días bastantes otras en forma de disfraz: de hada del bosque (precioso, como una princesita de cuento), de sol (un poco rollo la corona), de diablo (ese tridente… qué juego dio), de mesonera (ceñidito el corpiño, estupenda imagen), de Boney M (o como decíamos nosotras: de “madari”, un día explicaré de dónde viene), de bañista de los años 20 (aunque nos confundían con bebés), de tomate (éste fue un agobio, era una bola de borreguito roja entrando en los bares, casi muero asfixiada), de ficha de dominó (¡qué risas poniéndonos todos en mitad de la calle en fila y haciendo un serpentín!), de bolo (era cuando estaba de moda “El grand prix”…sin comentarios, aunque fue divertidísimo), de Morticia Adams (éste cuando era joven y bella, ahora mataría por entrar en el vestidito), de vaquera (con mis pistolitas yeyé) y cómo no: de Super Nena (de Pétalo, que es la rosa que lleva un lazo enorme).

No están todos los que son pero son todos los que están. Y, básicamente, el denominador común de todos ellos es: me disfrazo, sí, pero siempre mona.

Hay gente que no entiende esta máxima: lo respeto y lo entiendo pero no es para mí. Yo soy de las que cumple eso de “genio y figura hasta la sepultura” combinado con “antes muerta que sencilla” y un poquito de “no me mires, no me mires, no me mires, déjalo ya, que no me he puesto el maquillaje”.

A una semana de carnavales y con una fiesta en ciernes estoy dándole vueltas al disfraz de este año. Se baraja la opción de ir de superheroína (ya es mala suerte: justo ahora que he decidido aceptar mis incapacidades, voy y me disfrazo de superwoman…) o de mala-malota de comic.

Y creo que me he metido en un jardín-jardín (dedicado a Sir Charles) porque por más que busco fotos y dibujos, no acabo de dar con el mío. Tengo dudas, tengo muchas dudas y el reloj va en mi contra… así que acepto sugerencias, más bien ¡exijo sugerencias!

Ah, se me olvidaba, por si tenéis curiosidad, estaré por aquí bailando al ritmo de las propuestas de Flashman y Romántico. Para que me reconozcáis: seré la del antifaz o la del látigo… esto promete, ¿no?

Ponga a Neptuno en su vida

Tendría yo unos 17 añitos cuando en unas fiestas de verano (qué tiempos aquellos!) las primas de un amigo de la época me contaron exaltadas que habían hecho un conjuro con el mar.

A pesar del nivel de alcohol de todas las que integrábamos la conversación, me acuerdo perfectamente del ritual:

1. Quitarse el sujetador
2. Aproximarse al borde del espigón
3. Levantar el sujetador y agitarlo en el aire como si fuera un lazo de rodeo texano
4. Gritar mientras se gira el sujetador: “¡Neptuno, Neptuno, mándame alguno!”
5. Lanzar el sujetador al mar en señal de ofrenda para que un caballero aparezca en breve y se rinda a tus pies

En aquel momento, esas dos eran unas locas que se pasaron el resto de la noche sin ropa interior y, evidentemente, si ligaron fue gracias a aquello y no a Neptuno. O eso creía yo…

Años después (muchos años después) se dio la circunstancia de que fui con unas amigas a pasar la noche de San Juan a un pueblo en la costa mediterránea.

Como de todos es sabido que la noche de San Juan es la noche más mágica del año y que no hay que dejar pasar la ocasión de formular deseos y conjuros y desterrar de tu vida todo lo malo, nos dedicamos a explorar en internet (bendito Google, yo no sé qué haríamos sin él) posibles versitos que recitar mientras veíamos las hogueras.

Y entre todo lo que investigamos, se me ocurrió contarles el famoso conjuro de Neptuno. Bueno, bueno, bueno…les encantó, cómo no, tiene su gracia la cosa, no se puede negar.

Pero como se quedaba un poco corto hacerlo con dos frasecitas, a una de mis amigas se le ocurrió ampliarla customizándola y adaptándola a nuestra época y necesidades añadiendo lo siguiente: “¡Escucha, escucha, que no sea trucha!”. Porque claro, con los tiempos que corren, a ver si Neptuno se ha quedado con el ojo flojo y nos manda uno tras hacerle la ofrenda pero nos lo manda de la otra acera…

Así que ahí se plantaron mis amigas la noche de San Juan dispuestas a hacer su ofrenda al mar. Yo me caí del experimento antes de empezarlo porque soy muy pudorosa y una no puede andar de aquella manera por la calle.

El resultado de la noche: risas a tutiplén, dos sujetadores tirados al mar pero recuperados después, dos amigas de camino a casa con un sujetador mojado en la mano y miles de peticiones hechas a hogueras, olas y dioses marinos.

¿Y Neptuno? Os preguntareis…pues Neptuno apareció un par de meses después. Al principio no le dimos importancia pero según fuimos viendo la magnitud del noviazgo, no nos cupo ninguna duda: ¡eso era el regalazo de nuestra divinidad favorita!

El conjuro funciona, lo prometo. Yo aún no me he animado a probarlo, repito eso de que soy pudorosa, pero lanzo desde aquí un llamamiento: si alguien conoce alguna pócima facilita que no implique desvestirse y que sea efectiva, por favor, que me la cuente, que si no soy yo, alguno de mis allegados la tendrá en cuenta.

Parole

Genial. Es casi la una de la mañana y acabo de entrar en casa, reventada de todo el día y con ganas de dormir y ¿qué me encuentro en lugar de la anhelada tranquilidad de mi hogar? Pues una pelea telefónica a grito pelado de la vecina (pesada) de arriba.

No es la primera vez que ocurre pero por mi bien espero que sea la última. A ver si deja ya al (suponemos) bastardo de su novio que (evidentemente) no le conviene, a juzgar por los gritos que pega ella. Por cierto, me encanta la palabra “bastardo”. Suena redonda, fuerte y con un tono de mucho desprecio cuando la dices lentamente.

A lo que iba: al susodicho (que no vive arriba) también le he oido gritar, pero en alguna situación de las de dos rombos y bueno, este momento preferiría olvidarlo para el resto de mis días…

Me doy cuenta de que tengo un problema bien grande (aunque no tanto como la de arriba): ¡quiero dormir!

Y creo que tocarle el timbre y pedirle amablemente que termine su pelea porque necesito descansar para mi duro día de mañana no va a causar el efecto esperado.

Mientras tanto, y para hacer más llevadero este trago, llevo varios mensajes intercambiados con un plurkero al que sólo conozco de la red pero que, contra todo pronóstico, me cae bien.

Es curioso: mi plurkero podría ser el novio de la de arriba y podría estar manteniendo esta conversación conmigo en la red mientras discute con su novia por teléfono. Sí, ya sé, ya sé, los hombres jamás podrían hacer estas dos cosas simultaneamente…

El hecho es que nunca llegas a saberlo todo de alguien y sólo estando en las peores situaciones te acercas a la verdadera realidad.

La de arriba ya ha dejado de gritar y mi plurkero se ha ido de la pantalla. Ay, ay, ay…mañana le doy de baja, no vaya a ser que en breve alguien publique un post sobre mis discusiones de pareja.

Let’s talk about sex, baby

¿En serio tengo que hablar de sexo en el blog? Eso parece. Tengo un plurkero que me lo ha pedidosugerido…qué le vamos a hacer, no está el mundo del blog como para perder lectores.

Empecemos por esto: ¿Por qué le llaman amor cuando quieren decir sexo? Y la respuesta es: ¡A mí qué me cuentas!

Yo le llamo sexo cuando quiero decir sexo (al amor no le pongo nombre porque se corren riesgos innecesarios).

Decía que yo le llamo sexo cuando quiero decir sexo. Y tan a gusto que me quedo. ¿Con el sexo? ¡No, con decirlo correctamente!

Podría contar mil historias, propias y ajenas, sobre chicos que aún creen que tienen que dar un “valor añadido” a una noche de pasión para poder conseguirla.

Un consejo: no lo hagáis. No sirve de nada y nos cabrea.

Si es sexo, es sexo. Para mí y también para tí. Es sexo para los dos. ¿Lo acepto o no lo acepto? Ésa es otra historia.

¿Qué pasa si me intentas camelar con “te llamo”, “no quiero estar con otra”, “yo esto no lo suelo hacer a menudo”, etc. y luego no te comportas como si yo fuera tan especial para ti? Que pierdes la posibilidad de tener sexo conmigo por segunda vez. Es muy simple.

Es muy simple y muy perjudicial a la vez. Para mí y también para tí.

Así que, por nuestra salud mental y por la prosperidad de las empresas de anticonceptivos, seamos honestos y llamemos a las cosas por su nombre. Yo lo agradecería.