El género humano es apasionante y no deja nunca de sorprenderme.
Lo que más me gusta últimamente es observar y fijarme en las situaciones en las que dos personas interactúan aún a sabiendas de que en otra circunstancia esto sería imposible. Hay una especie de entendimiento momentaneo y mágico en el ambiente que difícilmente se repetirá. Quizá sea eso lo que hace único al momento, ¿no?
En mi Top 3 de situaciones se encuentran:
1. La señora sesentona que ha ido a nadar y está en el vestuario vistiéndose. Yo estoy cerca, haciendo lo mismo y pensando en volver pronto a la oficina porque tengo unas cosillas pendientes. En ésas estamos cuando ella se dirige a mí y me dice: “¡Qué rollo es esto del sujetador! Se engancha siempre”. Yo levanto la cabeza y veo a la pobre mujer desnuda intentando colocárselo de nuevo porque se le ha enrollado sobre sí mismo y le contesto: “pues sí, la verdad, es un horror”. Lo pienso de veras, no sabéis lo coñazo que es ponerse un sujetador cuando estás medio mojada y encima estás intentando no dar un espectáculo exhibicionista al resto de las presentes.
Y es que en paños menores se ve que todas tenemos los mismos problemas, pero jamás los compartiríamos un día cualquiera sin conocernos a no ser que nos uniera que somos aficionadas, por ejemplo, a nadar.
2. El chico trajeado y con un (aparente) trabajo super serio que va a la peluquería al salir de la oficina. El peluquero le pregunta: “¿qué quieres hacerte?” y el chico serio le responde: “quiero arreglármelo un poco”.
El peluquero se marcha a buscar una de esas batas de colores y cuando regresa, el cliente (con voz dudosa) se dirige de nuevo a él: “aunque en realidad me gusta cómo lo llevo, un poco larguito…¿tú cómo me ves?” a lo que el peluquero (gay, para más señas) le contesta “bien, yo creo que estás bien así”. El chico serio, sin duda animado por esta súbita confianza, abre su corazón y suelta: “mira, es que voy mañana a una entrevista de trabajo y tengo que dar imagen de ser un tío serio. ¿Tú cómo crees que voy a ir mejor?” y el peluquero, normalmente ajeno al mundillo trajeado y de oficinista del cliente, se mete en la piel del chico serio y le dice: “ah, entonces te voy a teñir para quitarte las canas y te voy a dejar el pelo más corto, para que tengas esa imagen”.
Si se vieran por la calle sin necesidad de hablar no se dirigirían ni una mirada pero un martes a las 8 de la tarde en una peluquería del centro, son uña y carne.
3. El empleado del depósito municipal encargado de entregar los coches allí retenidos a sus dueños. He de decir que yo tenía un cabreo considerable, que mi maltrecho orgullo asomaba en forma de lágrima contenida al borde de mis ojitos y que llegaba tarde a trabajar por culpa del injusto incidente y con 200 euros menos en la cuenta.
Totalmente sorprendida porque la grúa se hubiera llevado mi coche y ante la indefensión que sentí, no pude hacer otra cosa más que estar seria y con aires de (falsa) dignidad mientras duró el farragoso trámite de rescatar de allí lo que me pertenecía.
Y sin embargo, la persona más alejada a mí en todos los sentidos, el hombre de mediana edad metido todo el día en un garaje, caminando arriba y abajo, moviendo coches de una plaza a otra, fue el que empatizó conmigo pronunciando las siguientes palabras: “Tenga usted un buen día, señorita. De verdad que se lo deseo porque esto que le ha pasado es una putada, créame, yo lo sé. Por eso le deseo que tenga un buen día, porque después de esto, peor no puede ser”.
Me quedé muda, me metí en el coche y mientras salía de allí, la lagrimilla consiguió saltar hasta mi cara. Y ya no era de rabia sino de emoción…
Seguiré observando situaciones.
PD: Se ve que a los de goear les iba mal el negocio y han decidido meter publicidad en las canciones. Como a mí nadie me paga por la susodicha publi, vuelvo al antiguo sistema de vídeos en Youtube.
Lo dicho: pulsando el Play: The National - Mistaken for strangers


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