A veces cuesta aceptar que hay que decir adios.
Asumir una despedida muchas veces genera un dolor más intenso que la despedida en sí misma. Normalmente, aceptar que es tiempo para decir adios te enfrenta a tus fantasmas, a ese “yo” que nadie más conoce, a los miedos y a las dudas, a la incertidumbre del futuro y a la visión más fea que cada uno puede tener de sí mismo.
A veces cuesta decidir decir adios.
La teoría es fácil. Yo me la repito cada cierto tiempo y la repito a mis amigos cuando necesitan oírla. Ellos lo hacen igual por mí. La teoría se me da bien, siempre he sido buena estudiante: la mente clara, el pensamiento objetivo y ser consciente de que hay que abandonar el terreno de juego es todo uno.
La práctica es difícil, muy difícil, aún teniendo la teoría bien aprendida. Los recuerdos y las emociones se interponen en el camino como gigantescas piedras imposibles de sortear.
A veces cuesta querer decir adios.
Creo que es condición del ser humano el aferrarse a pequeños detalles sin importancia que hacemos grandes y volvemos el hilo principal de nuestro argumento. Nos conviene más de esta manera. A mí, concretamente, se me nota la tendecia a ver señales donde en realidad no hay nada. O igual sí.
Y es esta duda, este “igual sí” lo que acaba por destruir todo el trabajo conseguido con la nítida teoría. Y soy consciente de que es este “igual sí” al que me agarro en un intento de no reconocerme a mí misma que en realidad no quiero decir adios.
A veces cuesta vivir un adios.
Si acepto que ha llegado el momento del adios, decido que voy a decir adios y realmente quiero decir adios, entonces ¿por qué no me siento mejor cuando al fin lo llevo a cabo? Tengo la sensación de que más que vivir un adios, sobrevivo a él.
Aunque bien pensado, eso no es necesariamente malo. Aquí dicen que es una lección que hay que aprender y que no existe mayor poder que el poder del adios.
A veces cuesta decir adios.
Y cada vez me cuesta más decir hola.
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