Archive for the 'Miss Dilemas' Category

Podría volver

Podría volver pero este post no va de eso.

He entrado al blog por primera vez en diez meses, toda una proeza el haber aguantado este tiempo sin contar nada por aquí. Supongo que todo eso que solía dejar aquí escrito ha evolucionado hacia otro formato. Los 140 caracteres de Twitter enganchan y mucho.

Podría volver pero este post no significa nada.

En estos meses he hecho cientos de cosas. Si me habéis seguido en @miss_twitts seguro que lo sabéis. He viajado, he cambiado de actividad en el trabajo (que no de empresa), he empezado por fin a coser y me he apuntado a un curso de esos intensivos que te dejan sin fines de semana. Estoy contenta, la verdad. Precisamente por ese curso he vuelto a este sitio. Esto no es más que un ejercicio para clase.

Podría volver pero este post sólo certifica que no sé si quiero volver.

A veces siento añoranza de tiempos pasados. Luego me tomo una cerveza con alguien de Twitter al otro lado de la pantalla y se me pasa. O me pongo a ver alguna serie o a escuchar algún disco nuevo y se me pasa. O me acuerdo de todos los hombres tontos que he conocido este año y entonces no se me pasa y deseo volver a refugiarme aquí.

Podría volver, sí.

Podría volver by Los Planetas on Grooveshark

Junk of the hearts

Yo espero enterarme de cuando esté enamorada. Y también espero enterarme si dejara de estarlo. Hay veces en las que dos cosas tan aparentemente sencillas de identificar no son tan evidentes.

Vía Makoto he llegado al blog de Juan Berrio, del que he rescatado esta ilustración.

Pulsando aquí está la canción del título.

I am what I am

Que no, que no, que no abandono éste mi rinconcito de esparcimiento personal.

Vivo tiempos complicados con exceso de trabajo (empieza a ser una constante, ¿quizá debería quitar eso de “tiempos complicados” para dejarlo en “vida complicada”?) que me dejan sin ganas de nada.

A lo mejor por eso, un poco en línea con lo que comentaba en mi post anterior y aceptando plenamente que soy como soy, llevaba unos días dándole vueltas a escribir un post sobre lo difícil que me resulta a veces reducir mi nivel de autoexigencia.

Hoy, tras unos días de agotadora actividad, me reafirmo en lo de redactar esta reflexión.

Durante mi época estudiantil siempre hacía alguna actividad extraescolar; deportes e idiomas, básicamente. Las clases me gustan, me divierten, me ayudan a salir un poco de la rutina y cambiar totalmente de tercio. Por este motivo siempre he continuado con mis actividades “extraescolares” a pesar de no estar ya estudiando sino trabajando. Y la verdad es que siempre me ha ido bien…hasta ahora.

Aunque no lo creáis, escribir este “hasta ahora” me ha llevado por lo menos un mes: un mes de sentimiento de culpabilidad, un mes de estrés mental pensando en cómo atajar la situación, un mes de angustia pensando en que iba a abandonar algo que hasta la fecha había funcionado. El resultado: he dejado mis cláses de idiomas este año.

Este “hasta ahora” supone aceptar que el nivel de autoexigencia a veces puede ser menor. He sido indulgente y me he perdonado a mí misma por no ser “perfecta” para comenzar una nueva vida sin estrictos y angustiosos horarios.

Y, sorprendemente, el alivio que he sentido y el peso que me he quitado de encima han sido tan grandes que me siento mejor que hace mucho tiempo.

La realidad es que no se puede ser perfecta en esta vida. La realidad es que no hay ninguna necesidad de serlo.

I am what I am.

The power of goodbye

A veces cuesta aceptar que hay que decir adios.

Asumir una despedida muchas veces genera un dolor más intenso que la despedida en sí misma. Normalmente, aceptar que es tiempo para decir adios te enfrenta a tus fantasmas, a ese “yo” que nadie más conoce, a los miedos y a las dudas, a la incertidumbre del futuro y a la visión más fea que cada uno puede tener de sí mismo.

A veces cuesta decidir decir adios.

La teoría es fácil. Yo me la repito cada cierto tiempo y la repito a mis amigos cuando necesitan oírla. Ellos lo hacen igual por mí. La teoría se me da bien, siempre he sido buena estudiante: la mente clara, el pensamiento objetivo y ser consciente de que hay que abandonar el terreno de juego es todo uno.

La práctica es difícil, muy difícil, aún teniendo la teoría bien aprendida. Los recuerdos y las emociones se interponen en el camino como gigantescas piedras imposibles de sortear.

A veces cuesta querer decir adios.

Creo que es condición del ser humano el aferrarse a pequeños detalles sin importancia que hacemos grandes y volvemos el hilo principal de nuestro argumento. Nos conviene más de esta manera. A mí, concretamente, se me nota la tendecia a ver señales donde en realidad no hay nada. O igual sí.

Y es esta duda, este “igual sí” lo que acaba por destruir todo el trabajo conseguido con la nítida teoría. Y soy consciente de que es este “igual sí” al que me agarro en un intento de no reconocerme a mí misma que en realidad no quiero decir adios.

A veces cuesta vivir un adios.

Si acepto que ha llegado el momento del adios, decido que voy a decir adios y realmente quiero decir adios, entonces ¿por qué no me siento mejor cuando al fin lo llevo a cabo? Tengo la sensación de que más que vivir un adios, sobrevivo a él.

Aunque bien pensado, eso no es necesariamente malo. Aquí dicen que es una lección que hay que aprender y que no existe mayor poder que el poder del adios.

A veces cuesta decir adios.

Y cada vez me cuesta más decir hola.

Forever young

Me hago mayor.

Demasiadas cosas durante esta semana han acabado por hacerme aceptar el irremisible paso del tiempo.

Mi giputxi favorito, “mi niño”, me contó ayer que ya tiene 26 años (quién los pillara, pensarán algunos) y compartió conmigo historias sobre noches locas y me hizo preguntas que no corresponden ya a un niño. En cualquier caso, nunca le cambiaré el apodo porque para mi siempre será “mi niño” aunque tenga 50 años. Echando cuentas, cuando él alcance esa edad yo tendré… déjalo Miss Understood, toca cambio de tema ya.

La segunda y evidente señal de que envejezco es que llevo dos días sin poder moverme por culpa de haber hecho (y que conste que lo digo sin ningún tipo de vergüenza) una hora de gimnasia. Efectivamente, los que esperasen leer que había corrido la maratón estaban bien equivocados, además de confirmar que no me conocen en absoluto.

El caso es que una simple (y mortal) hora de gimnasia ha acabado conmigo y casi me hace abandonar los tacones por culpa de que no me tengo en pie. Como decía aquélla, antes muerta que sencilla y ya puestos a sufrir, al menos sufrir mona, ¿no?

La última y definitiva señal es que tengo todo el fin de semana lleno de planes de día y no tengo aún ninguno para la noche. Lamento comunicar al que haya entendido lo que quiero decir que está igual de mayor que yo.

¡Ojo! No os llevéis a engaños. Me hago mayor pero estoy feliz de hacerme mayor. La treintena me ha sentado de maravilla, no tenéis más que ver la foto que he puesto en el encabezado del blog…

Las elecciones de la vida

Leo en el blog de un amigo que hoy es el BlogDay, así que me pongo manos a la obra a actualizar…

Quiero abrir una sección sobre las elecciones difíciles que se presentan de vez en cuando en la vida. No hablo de cosas como “mar o montaña?”, algo que no me plantea ningún tipo de dilema sino de realidades que de verdad importan.

Una de éstas apareció por casualidad en mis vacaciones en Italia. Paseando por el sitio más cool de todos los tiempos me encontré en un escaparate con un cojín decorativo que rezaba lo siguiente:

¡Toma ya! Live or Diet, ni más ni menos…

Ni que decir tiene que en Italia lo tienen claro, lo del “Diet”, digo. No deja de ser chocante que se planteen siquiera la otra opción, a juzgar por los cuerpos que pasean por allí.

Pero ¿y en el resto de los casos? ¿se puede prescindir de las terrazas en verano? ¿de las siempre bienvenidas cenas con amigos? ¿de las copas al salir de la oficina?

¿Se puede prescindir de las comilonas de trabajo? ¿quién es capaz de decir que no a unas aceitunas de ésas carnosas que acompañan a una cañita (o dos) bien tirada?

Y es que es muy grande el esfuerzo que supone para el cuerpo dedicarse a vivir. Igual de grande que el esfuerzo que supone para la cabeza dedicarse a hacer dieta.

Recién llegada del descanso veraniego y mirando con temblores en las piernas el tamaño de mi ropa de invierno, el dilema no es tal. Ya veremos qué pienso la semana que viene.

Lo dicho… live or diet