Pues sí, más de un mes después de la parte 1, llega la segunda. No voy a decir que he estado ocupada con otras cosas porque creo que es más que obvio. Diré que he tenido otras prioridades más urgentes.
Como no me gustan las cosas a medias, voy a terminar lo que inicié la última vez que aparecí por aquí. En realidad, el hecho que motivó que creara un post dedicado a mi ropa ya no es relevante porque ha desaparecido. Casi he olvidado cuál era la conclusión a la que llegué en su día, incluso.
Hace un mes mi armario me habló. Vamos a ver, no me habló en el sentido literal de la palabra hablar, sino que lo que hizo literalmente fue “vomitar” camisetas a modo de queja por el peso que sin duda estaba soportando.
Cerca de treinta camisetas, varios pares de zapatos, diversos jerseys y algún pijama después, mi armario se vio liberado de parte de su carga y por fin la balda enferma pudo volver a su sitio.
No voy a entrar en discusiones acerca de si con treinta camisetas arriba o abajo se puede ser más o menos feliz. En mi caso, esas treinta camisetas me hicieron muy feliz en su día y reconozco que ha llegado el momento de dejarlas marchar.
Tampoco voy a entrar en discusiones acerca de ese síndrome de diógenes que parece que tengo y que me impide deshacerme de ropa que hace ya más de dos temporadas que no me pongo. Todas las modas vuelven, ¿cómo no voy a estar preparada, por ejemplo, para cuando se vuelvan a llevar los pantalones de lino?
Definitivamente, el señor Amancio Ortega con sus trapitos tan al alcance de la mano ha hecho estragos tanto en mi cuenta bancaria como en mis baldas. No se lo reprocho, al fin y al cabo, ¿cómo iba a completar si no este post?


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