Archive for the 'Miss Canciones' Category

Eleanor Rigby puts her boots on?

Leo hoy en el periódico que se ha muerto Lucy, la de los diamantes en el cielo.

Mi amigo Sueños Polares me preguntó una vez cuál era mi canción favorita de los Beatles. Difícil pregunta, ¿verdad?

Él tiene una teoría curiosa. Si se le pregunta por su canción preferida de los Beatles su respuesta será: “la última que he escuchado”. Dice, y no le falta parte de razón, que son tan buenos que cada vez que oyes una canción piensas que es la mejor y, si acto seguido escucharas otra, volverías a pensar “ah, no, ésta es la mejor, ésta es mi preferida”. Algo que, como es de suponer, se caería por tierra con la siguiente canción que escucharas.

Mi respuesta es menos ambigua ya que desde que la escuché por primera vez, y a pesar de que hay muchas (muchísimas) que me gustan, mi preferida siempre ha sido “Eleanor Rigby”. Me gusta la letra, me gustan las cuerdas que suenan en la canción y me gusta cómo la canta Paul. Es una canción triste pero me atrapa cada vez que suena.

Otra Eleanor, la de las botas, también me engancha cuando la oigo, esta vez en boca de Franz Ferdinand. Algo melancólica, la canción se sale del habitual y más enérgico estilo del grupo. Desde luego, es diferente. Supongo que por eso me gusta.

A la misma Eleanor está dedicado “Sound bites“, el libro de Alex Kapranos (cantante del grupo). Dejando a un lado el hecho de que nadie le haya corregido para decirle que se dice pintxos en lugar de pinxos cuando se habla de San Sebastian, el libro es todo un anecdotario gastronómico recogido a lo largo de un año de gira mundial.

Sebas dice que serán los U2 del futuro. Yo preferiría que fueran los Beatles del futuro con sus Eleanor comunes y así dejamos el puesto de U2 a los Killers, ¿no? Estoy deseando ver a Joaquín Reyes haciendo un Celebrities del señor Flowers…

The 90’s

¡Ay, los 90!

Aquella maravillosa época de hombreras y vaqueros Bonaventure con chapitas en los bolsillos de detrás que nos tocó vivir a algunas.

Plena época del instituto, primeros años de Universidad, en fin, qué os voy a contar: tiempos inolvidables e irrepetibles.

En lo musical se podrían hacer incontables posts pero como para eso ya existe prensa especializada, pues casi que lo voy a dejar a un lado.

Sin embargo esta tarde, entre un e-mail y un documento, me he puesto a surfear por la red y he encontrado aquí una viñeta que me ha llevado de vuelta a las cintas de cassette y los flequillos imposibles.

Aviso: es friki a más no poder (al menos eso me han dicho mis compañeros).

Llegados a este punto, un guiño de ojo a todos los que lo hayáis entendido ;-)

Y llegados a este punto, una explicación a todos los que no lo hayáis entendido:

Corrían los primeros ‘90 cuando un señor rapero llamado M.C. Hammer arrasó en ventas con su archiconocido “U can’t touch this”.

Prácticamente a la vez, otro rapero (blanco, para más señas) apodado Vanilla Ice hacía lo propio con su celebrado “Ice Ice Baby”.

¿Qué tienen las dos canciones en común? Que en algún punto de las mismas se mencionaba la palabra “Stop”.

¿Adivináis cómo continuaba la de M.C. Hammer? Ni más ni menos que con un “hammertime”. Oh la la, ya lo vais adivinando, ¿no? Después de la palabra “Stop” la canción de Vanilla Ice seguía con un “collaborate and listen”.

Bien, ya he dicho que era algo friki pero es que me ha vuelto loca el chiste.

Y si algún incrédulo ha conseguido llegar hasta el final, os diré que podéis comprobar aquí lo del “U can’t touch this” (02:10) y aquí lo del “Ice Ice baby” (00:25)

No puedo prometer que el próximo post sea menos rarito, ya sabéis que las ideas vienen (parafraseando a mi ex-empresa y sus posters en las paredes) “en cualquier momento” y yo me limito a dar buena cuenta de ellas.

La princesa está triste

De nuevo lunes tras un gran fin de semana de conciertos con mi amiga Loreal (”con lo que nosotras valemos”).

Una vieja conocida entre los que subieron al escenario: Lourdes estuvo más Russian (por fría) y más Red (no hay más que ver la iluminación que le pusieron) que nunca.

Estuvo triste, estuvo sosa, estuvo sin ganas de estar. Hizo un concierto aburrido como pocos he visto yo en la vida. Fijaos si fue aburrido que sus fans de primera fila abandonaron antes de que terminara la actuación por miedo, sin duda, a caer dormidos igual que si les hubiese picado una mosca tse tse.

Todo esto me ha dado qué pensar.

Imaginad un día en vuestra vida en la que no os apetezca en absoluto ir a trabajar. Tampoco hay que echarle demasiada imaginación: pongamos tal día como hoy. ¿Qué hacer ante tal situación? En mi caso es sencillo: llego a mi sitio, saludo a mis compañeros, hago el chascarrillo justo sobre el fin de semana, enciendo el ipod y me meto en mi mundo a salvo de conversaciones no requeridas.

Entiendo que es un privilegio poder hacer esto ya que no trabajo de cara al público. También entiendo que estar siempre de buen humor cuando se trabaja de cara al público es algo imposible y que uno no siempre tiene ganas de estar ahí, dando lo mejor de sí mismo.

Y mi comprensión puede llegar lejos, pero cuando se trata de complacer a gente que ha pagado por verte, ay amiga…ahí la circunstancia es diferente: ni comprensión, ni nada de nada. En lugar de hacer de tripas corazón durante una hora (al fin y al cabo, ¿qué es una hora comparada con toda tu vida?), Lourditas apenas dio las gracias y presentó a su banda. Triste y floja, no me creí que de verdad estuviera “muy contenta de estar allí”.

Está claro que algo le ocurría y está claro que ella, a diferencia de mí, no puede enchufar el ipod y olvidarse de todo lo que pasa a su alrededor. O igual sí, y por eso fue una especie de funcionaria del escenario, que llegó, cumplió y a su hora se fue.

La princesa está triste ¿qué le pasa a la princesa?

No lo sé, la verdad. Lo que sí que sé es que yo me borro de ser su fan hasta que alguien me diga que ha vuelto a hacer un concierto pensando en su público, que lo tiene.

Que te vaya bien, Miss Carrusel

Febrero de 2009

Querida Miss Carrusel:

Llegaste con el frío pero llena de vida y alegría. Habías pasado estos últimos inviernos al calor de un infierno y luchaste a muerte por salir de él.

Renaciste al fin, como todas las flores, en primavera. Ya estabas curada, tu demonio particular seguía lejos y sabes que no hablo sólo de un mapa. Se te veía feliz y llena de planes y sin embargo, encontraste el tiempo suficiente para ir levantando el invisible muro que se alza hoy entre nosotras.

Tras un verano fatal, unos meses de reflexión y presa de la más profunda decepción, opto por despedirme de tí aquí, con palabras silenciosas porque me dolería decirlas en alto.

El muro crece y crece. Nuestros corazones se alejan y se alejan. Apenas nos quedan los restos del naufragio de lo que fuimos y (creo) nunca más seremos. Sólo te pido un favor: cuando no tengas nada que hacer y yo pase por tu cabeza conviérteme en un ser tan invisible como lo que hoy nos separa, que la gente que no suma, en realidad resta. Haré caso a Nacho y aceptaré que esto, en realidad, siempre se ha tratado de morir o matar.

Así que es hora de recapitular las ostias penas que me ha dado no el mundo sino la amistad que me has brindado. Recapitular y pasar página, comenzar de nuevo sin tí. Siempre me han gustado los comienzos, un tiempo precioso en cualquier historia.

Y si algún día me extrañas y vienes a buscarme, seguiré aquí, al norte de mí. Hablaremos del tiempo, acaso del Gobierno, quién sabe todo lo que puede pasar en ocho años y medio

¿Volverás cuando estés limpia y yo no te haga falta? Con todo mi cariño: que te vaya bien, Miss Carrusel.

Miss Understood

Lost in translation

Uno de los motivos más habituales para mi estupefacción cuando leo la cartelera de cine es la traducción tan libre que se hace en ocasiones de los títulos de las películas.

La realidad es que algunas son de vergüenza ajena y excusas como la “sonoridad” o la “comercialidad” del título ya no sirven a un público que, mejor o peor, entiende algo de inglés.

De todas formas, y aquí voy a romper una lanza por los atrevidos profesionales patrios del gremio, esto de la traducción no ajustada a la realidad no es algo puramente “made in spain”.

Pongo un ejemplo que me apasiona.

Dos grandes señoras de la canción italiana (Mina) y francesa (Françoise Hardy) de la década de los 60 compartiendo melodía y perdiéndose en su adaptación.

La original, la italiana (”Se telefonando”). Con ese chorro de voz tan característico, Mina canta que ya no está enamorada y que no sabe muy bien cómo decirlo a su pareja. La traducción (verídica, no temáis) de parte de la letra dice cosas como: “No sé como explicarte que nuestro recién nacido amor ya ha terminado”. El resto de la letra aquí.

La adaptación, la francesa (”Je changerais d’avis”). Cambio de idioma, cambio de ritmo y como no podía ser de otra manera, cambio de letra. La versión de Françoise da un giro de 180º y nos presenta a una chica que dejaría absolutamente todo (amigos, vida pasada, lugar de residencia, etc) por el hombre que actualmente no corresponde a su amor. De nuevo, parte de la letra traducida que habla de cosas como: “Y tanto peor si es una locura, tendría ganas de todo contigo si pudieras amarme”. El resto de la letra aquí.

Bueno, y os preguntaréis (o quizá no) ¿con cuál se queda Miss Understood? Y la respuesta es: con las dos.

En realidad estas dos versiones vienen a solucionarme un problema. Y es que a mí la versión de Mina es de las que me hace cantar y cantar por la fuerza que desprende y el subidón de adrenalina que me da, pero no siempre tengo el cuerpo como para decirle adios a alguien. Hay veces en las que me apetecería más bien darlo todo por ese alguien, momentos en los que sin duda me quedo con Françoise y su interpretación desesperada.

La cara y la cruz de una misma melodía. ¿No sería una magnífica idea que pasara lo mismo con todas las canciones y así pudiéramos elegir con qué letra cantarlas dependiendo del estado anímico en el que nos encontrásemos en ese momento? ¿Para cuándo una versión en la que la Winehouse diga “sí, sí, sí”?

Mientras eso llega, os dejo con los vídeos. Hoy soy de Mina. Mañana quién sabe.

Dame estrellas o limones

Miro aburrida por el ventanal. Igual que esa genial Familia de Donosti.

En poco más de una semana estaré de vuelta: de vuelta a mi primera vida, de vuelta a mis amigos de siempre, de vuelta a casa. De vuelta.

Da la sensación de que allí las cosas no cambian. Es curioso porque parece que tampoco lo hacen en mi hogar adoptivo. Quizá ahí esté la gracia del asunto.

Dudo que salga mucho de casa esos días. Tengo mono de hogar y el frío me cansa, me agota. Tengo ganas de fiesta, de que acabe el invierno, de volver a nadar en el mar. En mi playa o en mi piscina, donde aún me recuerdan con mi corazón azul, de nadadora.

Serán sólo unos días, los suficientes para olvidarme de lo demasiado que pesan la rutina, el trabajo y la vida en la ciudad y añorar lo bien que se estaba allí, mientras estudiaba, con esa tonta sensación de libertad que se tiene cuando crees que eres mayor.

Aprendí de la canción que hay que cerrar siempre bien tu pequeño mundo porque en él podrás curar cualquier herida. Remedio eficaz donde los haya. Y aunque largo es el camino de regreso, mi pequeño mundo se cierra en casa: a salvo de problemas, a salvo de prisas, a salvo de madrugones.

En definitiva, unos días en los que volveré a ser la que era: sin plurks ni twitters, sin trabajo ni responsabilidades, sin consultores ni programadores, sin salir los martes ni los miércoles.

Miss Understood volviendo a Miss Understood, riéndome con mi risa infantil mientras veo cohetes naranjas y pinto estrellas de plata.

Money (That’s what I want)

Queridos míos:

que sí, que os quiero mucho, que os adoro, que me encanta que vuestras vidas vayan bien y me alegro infinito de estar a vuestro lado para verlo, pero…¿no podríais por unos meses dejar de casaros? Digamos, por ejemplo, hasta que se acabe la crisis.

Esta noche Janca ha entrado a hurtadillas en casa y me ha enviado la prueba del delito. Así está mi hucha:

Flaca, flaca, flaca. Y cabizbaja, cabizbaja, cabizbaja.

Es lo que hay. Desgraciadamente, una alegría tan grande como que un amigo se case se traduce desde hace unos años en un desembolso económico semejante.

Ante la avalancha de marriages que se me viene encima, no puedo evitar acordarme de un amigo de mi época universitaria que asistió a la boda de su hermano con unos chinos y un polo.

Recuerdo que en su momento la idea me pareció espantosa. Madre mía, ¡no quiero ni pensar en qué diría mi hermanísima si en mayo me presento a su boda con una falda vaquera!

Y aunque la idea sigue siendo algo descabellada para según qué ocasiones, no puedo evitar preguntarme si no sería lo más acertado en otras.

Realmente -y éste era el argumento de mi amigo- ¿qué importa más: tu asistencia al evento o cómo vayas vestido al mismo? ¿es más importante lucir “bien” que simplemente “lucir”? ¿no sería mejor sumar al regalo para la pareja el dinero que normalmente me(nos) dejo(amos) en ropa, calzado, peluquería, etc.?

Podría hacer una colecta tipo Mobuzz entre mis allegados, a ver si consigo llegar a final de año.

O podría…uuuuhhh….repetir modelo (¡ya está, ya lo he dicho!). Los que me conocéis sabéis que me encanta llenar mi armario y después enseñarlo, pero cada vez empiezo a entender más el concepto de “reciclaje”.

Y que yo hable de “reciclaje”, creedme, es un claro síntoma de que “algo” estamos haciendo mal. ¿No decía la canción que “the best things in life are free”?

No need to argue

Nunca hubiera podido estudiar Derecho. Me hubiera vuelto loca en el intento.

Los tochos de teoría nunca han sido de mi agrado. Como diría una amiga mía, lo mío son los “calculismos” y las ideas felices.

Y digo esto porque hace unos días pude comprobar con regocijo que hice lo correcto alejándome hacia el lado de las ciencias.

Para entrar en materia contaré que hace un tiempo tuve lo que algún amigo calificaría, siempre de coña, como “sexy”: me dieron por detrás (con un coche) y yo di al de delante (a otro coche).

Debido a estos líos que las compañías de seguros se traen entre manos, no sé muy bien por qué pero acabé presentándome en un Juzgado como demandada (yo, demandada!!!).

Así que ese día me vestí para la ocasión, me peiné toda mona y traté de relajarme ante lo que sin duda se ha convertido en una de las experiencias más bizarras de mi vida.

Tras hablar un rato con mi abogado, entré a la sala. (Nota mental: hacer un post sobre las togas)

Dió igual, repito, dió igual haberme tragado todos los capítulos de Ally McBeal porque sin duda, éste fue infinitamente más intenso.

Decía que estaba yo en la sala: abogados a un lado y a otro, el Juez de frente, alguien de prácticas a su lado (que en esta vida hasta los Jueces pasan por la fase becario) y la clásica señora que se dedica a escribir todo lo que ocurre en un ordenador (que ya se han modernizado y han dejado atrás la maquina de escribir de las pelis).

Y empezó la función el juicio. Un “con la venia” inauguró el ir y venir de comentarios en un lenguaje indescifrable e irrepetible ahora mismo por escrito. Yo alucinada, claro. Me sentí como en clase de árabe, que no me entero de nada pero al menos me queda el consuelo de que hablan en otro idioma.

Y estaba yo con lo que creo que era mi cara de pánfila ante lo que estaba sucediendo cuando veo que mi abogado me hace una señal para que me acerque al micrófono a… ¡declarar!

Esto fue lo más de lo más. Yo en el micro, atendiendo a los abogados, cada uno con sus preguntitas y sus acusacioncitas, pero tranquila. Tenía claro que en un juicio cada uno hace su papel y yo confío ciegamente en la verdad y en la justicia, así que ¿por qué estar nerviosa?

Minutos más tarde encontré un motivo para estarlo. Deciden llamar al testigo Fulanito de Tal para que entre a declarar. En ese momento veo desfilar ante mis ojos al conductor del coche contra el que me estampé. Se dirigió al micrófono y prestó declaración.

Conseguí calmarme pero cuál sería mi sorpresa cuando llamaron a declarar a otro testigo de excepción: Menganito de Cual. ¿Y quién créeis que apareció allí? El que me dió por detrás (con esta frase del relato puedo asegurar que el 80% de los hombres que me leen han esbozado una sonrisa)

Igual que había sucedido antes, prestó declaración y se sentó. Los abogados siguieron hablando en su idioma inventado y el juicio terminó (creo, yo es que estaba un poco perdida).

Lo escalofriante del asunto fue el reencuentro de los tres implicados en el accidente y no por malos rollos, ni malas caras, ni nada por el estilo. Realmente lo penoso fue que unos años después les vi cambiados, les vi mayores, noté el paso del tiempo por ellos. ¿Lo notarían ellos también en mí? Ay, no quiero ni pensarlo…

De verdad, me senti como en una de esas películas en las que los malos se encuentran años después y comentan lo sucedido con un halo de misterio y voces entrecortadas. Es decir, así pero en real y en cutre, claro.

Hoy al llegar a casa me he encontrado en el buzón una nota de Correos. Me ha llegado una (nueva) notificación del Juzgado… a ver qué pasa ahora, la verdad es que estoy atónita y expectante ante el desarrollo del proceso que tengo abierto…

To be continued.

Maldito espejo

¡Qué duro es cuidarse!

Pero duro, duro. Llegar a casa después de todo el día y tener que cenar poco o lo que es peor, sano (!!!), es un calvario por el que merecería tener abierto un proceso de beatificación.

Es como si lo viera: Santa Miss mártir, que murió oyendo los terroríficos gritos de su estómago hambriento y a la que la dieta despiadadamente hizo olvidar sabores como el del chocolate, la pizza o los cacahuetes.

¿Es o no es como para empezar a hablar con el Vaticano?

Menos mal que hoy mi querida Janca me ha mandado una idea para cuando quiera ser benévola conmigo misma y no me apetezca ver mis “avances” con el peso. A partir de ahora me pesaré así:

Y por si la viñeta me falla, añado el himno, la canción del anti-régimen, el subidón de autoestima pasando del espejo. A cargo de mis adoradísimas Nosoträsh, me toca cantar…”soy la number one!”…eso ;-)

Forever young

Me hago mayor.

Demasiadas cosas durante esta semana han acabado por hacerme aceptar el irremisible paso del tiempo.

Mi giputxi favorito, “mi niño”, me contó ayer que ya tiene 26 años (quién los pillara, pensarán algunos) y compartió conmigo historias sobre noches locas y me hizo preguntas que no corresponden ya a un niño. En cualquier caso, nunca le cambiaré el apodo porque para mi siempre será “mi niño” aunque tenga 50 años. Echando cuentas, cuando él alcance esa edad yo tendré… déjalo Miss Understood, toca cambio de tema ya.

La segunda y evidente señal de que envejezco es que llevo dos días sin poder moverme por culpa de haber hecho (y que conste que lo digo sin ningún tipo de vergüenza) una hora de gimnasia. Efectivamente, los que esperasen leer que había corrido la maratón estaban bien equivocados, además de confirmar que no me conocen en absoluto.

El caso es que una simple (y mortal) hora de gimnasia ha acabado conmigo y casi me hace abandonar los tacones por culpa de que no me tengo en pie. Como decía aquélla, antes muerta que sencilla y ya puestos a sufrir, al menos sufrir mona, ¿no?

La última y definitiva señal es que tengo todo el fin de semana lleno de planes de día y no tengo aún ninguno para la noche. Lamento comunicar al que haya entendido lo que quiero decir que está igual de mayor que yo.

¡Ojo! No os llevéis a engaños. Me hago mayor pero estoy feliz de hacerme mayor. La treintena me ha sentado de maravilla, no tenéis más que ver la foto que he puesto en el encabezado del blog…