Monthly Archive for February, 2009

Car fiction

Pues está mal que yo lo diga pero la realidad es que hoy me he librado de una multa por el simple hecho de ser mujer.

Que sea cualquier día entre semana y que yo viva en una zona en la que abundan restaurantes y bares de primera copa es todo un problema a la hora de aparcar. Esta nefasta combinación hizo que ayer por la noche dejara el coche bien aparcado pero con “orden municipal” de llevármelo antes de las ocho de la mañana.

Craso error porque a mí las sábanas se me pegan más que un estribillo en verano. Así que con mi habitual tranquilidad en estas cosas me he plantado en el coche una hora más tarde de lo permitido.

Y ¿qué he visto al llegar? Ese monstruo que es mi peor pesadilla llamado “grúa municipal”, del que se ha bajado un “malhumorado municipal” con un agresivo “tono de voz municipal” dispuesto a plantarme un “multón municipal” con el consiguiente traslado de mi coche al “depósito municipal”.

Y esta Miss, que tiene ya experiencia en estas lides, ha sacado su mejor “cara de Miss” y su suave “tono de voz de Miss”, cubriendo los espacios entre palabras con su “sonrisa de Miss” y sus disculpas de “¡Mira señor Munipa, no te lleves mi coche que me haces un roto enorme y mañana me tengo que tomar unas copas!” disfrazadas de “no lo volveré a hacer, discúlpeme señor agente, usted sí que es el verdadero cumplidor de la ley y no yo, que no soy más que una tonta que ha dejado el coche mal aparcado”. ¡Y me la ha perdonado!

Tres veces, tres, he usado esta socorrida técnica en momentos previos a la papeleta y tres veces, tres, me he librado de ella. El perfil del guardia en cuestión es: hombre de mediana edad que o bien podría perfectamente tener una hija con la mía o bien estaría encantado de tener una pareja de mi edad… ¡no falla!

Si es que los hombres a veces son tan previsibles que asusta.

Hubo una cuarta vez en que puse en marcha el mecanismo antimultas y no conseguí nada. ¿La razón? el Municipal en esta ocasión era una mujer y las mujeres no perdonan a una de las suyas aunque les demuestres que eres la mejor tía del planeta…

Si es que las mujeres a veces son(mos) tan previsibles que asusta.

Todo esto viene a confirmar dos teorías: que con una sonrisa y educación se consigue mucho más que a las malas y que las mujeres entre nosotras somos muchas veces nuestras más feroces enemigas…triste pero cierto (lo segundo, no lo primero).

Todo esto viene a concluir dos nuevas opciones de futuro en mi vida: que sonreiré educamente siempre que pueda y que a partir de ahora me acicalaré más por las mañanas para estos hombres que velan por nuestras calles, no vaya a ser que tenga que tirar de manual de nuevo.

Y no me considero nada machista, pero es que total, si es “agenta” me pondrá la multa porque no le gusta alguna tontería como mi color de labios de ese día…

Que te vaya bien, Miss Carrusel

Febrero de 2009

Querida Miss Carrusel:

Llegaste con el frío pero llena de vida y alegría. Habías pasado estos últimos inviernos al calor de un infierno y luchaste a muerte por salir de él.

Renaciste al fin, como todas las flores, en primavera. Ya estabas curada, tu demonio particular seguía lejos y sabes que no hablo sólo de un mapa. Se te veía feliz y llena de planes y sin embargo, encontraste el tiempo suficiente para ir levantando el invisible muro que se alza hoy entre nosotras.

Tras un verano fatal, unos meses de reflexión y presa de la más profunda decepción, opto por despedirme de tí aquí, con palabras silenciosas porque me dolería decirlas en alto.

El muro crece y crece. Nuestros corazones se alejan y se alejan. Apenas nos quedan los restos del naufragio de lo que fuimos y (creo) nunca más seremos. Sólo te pido un favor: cuando no tengas nada que hacer y yo pase por tu cabeza conviérteme en un ser tan invisible como lo que hoy nos separa, que la gente que no suma, en realidad resta. Haré caso a Nacho y aceptaré que esto, en realidad, siempre se ha tratado de morir o matar.

Así que es hora de recapitular las ostias penas que me ha dado no el mundo sino la amistad que me has brindado. Recapitular y pasar página, comenzar de nuevo sin tí. Siempre me han gustado los comienzos, un tiempo precioso en cualquier historia.

Y si algún día me extrañas y vienes a buscarme, seguiré aquí, al norte de mí. Hablaremos del tiempo, acaso del Gobierno, quién sabe todo lo que puede pasar en ocho años y medio

¿Volverás cuando estés limpia y yo no te haga falta? Con todo mi cariño: que te vaya bien, Miss Carrusel.

Miss Understood

Slave 4 U

¿Os resulta familiar la situación que se cuenta en esta viñeta? Desgraciadamente, a mí sí. Al verla aquí no he podido evitar una sonrisa de ésas de “entiendo perfectamente de qué está hablando”.

Muchas veces en el trabajo hay cosas demasiado urgentes que no pueden esperar hasta el día siguiente y por ese motivo, la responsabilidad y el compromiso de cada uno con sus tareas entra en acción. Pero también es cierto que otras muchas veces, somos nosotros mismos los que no sabemos poner un límite. Cuando me sucede a mí y me pico con algo, me empeño en dejarlo terminado y me dan las mil en un abrir y cerrar de ojos.

Así que ahí dejo mi reflexión de hoy: ¿esclavos del trabajo o de nosotros mismos? ¿esclavos de los tiempos que nos imponen o de los plazos que nos ponemos nosotros mismos?

La balanza del “work hard, party hard” (te lo cojo prestado) debería estar, en el peor de los casos, equilibrada ¿no créeis?

Judy in disguise (with glasses)

El primer gafapasta de mi vida fue Mortadelo.

De sus cientos de historietas heredé una fidelidad a las gafas-que-combino-con-mis-modelitos y una pasión desmesurada por los disfraces.

No sé si es porque en el fondo no tengo vergüenza o porque me encanta hacer el payaso, pero el caso es que soy una superfan de meterme en otras vidas con la ayuda de un trajecito carnavalero.

Así que en esta vida he vivido por días bastantes otras en forma de disfraz: de hada del bosque (precioso, como una princesita de cuento), de sol (un poco rollo la corona), de diablo (ese tridente… qué juego dio), de mesonera (ceñidito el corpiño, estupenda imagen), de Boney M (o como decíamos nosotras: de “madari”, un día explicaré de dónde viene), de bañista de los años 20 (aunque nos confundían con bebés), de tomate (éste fue un agobio, era una bola de borreguito roja entrando en los bares, casi muero asfixiada), de ficha de dominó (¡qué risas poniéndonos todos en mitad de la calle en fila y haciendo un serpentín!), de bolo (era cuando estaba de moda “El grand prix”…sin comentarios, aunque fue divertidísimo), de Morticia Adams (éste cuando era joven y bella, ahora mataría por entrar en el vestidito), de vaquera (con mis pistolitas yeyé) y cómo no: de Super Nena (de Pétalo, que es la rosa que lleva un lazo enorme).

No están todos los que son pero son todos los que están. Y, básicamente, el denominador común de todos ellos es: me disfrazo, sí, pero siempre mona.

Hay gente que no entiende esta máxima: lo respeto y lo entiendo pero no es para mí. Yo soy de las que cumple eso de “genio y figura hasta la sepultura” combinado con “antes muerta que sencilla” y un poquito de “no me mires, no me mires, no me mires, déjalo ya, que no me he puesto el maquillaje”.

A una semana de carnavales y con una fiesta en ciernes estoy dándole vueltas al disfraz de este año. Se baraja la opción de ir de superheroína (ya es mala suerte: justo ahora que he decidido aceptar mis incapacidades, voy y me disfrazo de superwoman…) o de mala-malota de comic.

Y creo que me he metido en un jardín-jardín (dedicado a Sir Charles) porque por más que busco fotos y dibujos, no acabo de dar con el mío. Tengo dudas, tengo muchas dudas y el reloj va en mi contra… así que acepto sugerencias, más bien ¡exijo sugerencias!

Ah, se me olvidaba, por si tenéis curiosidad, estaré por aquí bailando al ritmo de las propuestas de Flashman y Romántico. Para que me reconozcáis: seré la del antifaz o la del látigo… esto promete, ¿no?

Man-size

¡Qué bien me viene el título de la canción de Polly Jean para resumir el post!

Venía esta mañana al trabajo haciendo un poco de zapping radiofónico en el coche cuando el dial ha caído en una cadena generalista con una propuesta mañanera a sus oyentes sorprendente: ¿el tamaño importa?

Dejando a un lado el hecho de que la pregunta está más manida que manida y que es un tema recurrente en debates de distinta índole, lo cierto es que da para llenar un buen rato de charla.

Tímidamente alguna locutora ha dejado entrever que sí. Y es tímidamente porque parece que no es políticamente correcto (o digamos, educado) que se responda afirmativamente a esta pregunta. Como si no pudiéramos decir abiertamente que hay cosas que tienen más importancia de la que se ha querido dejar ver hasta la fecha.

El hecho es que el tamaño importa de la misma manera que importa el tamaño del pecho o del trasero de una chica. Quien diga lo contrario no miente, pero no dice toda la verdad.

Por poner un ejemplo, pongámonos en la siguiente situación: cuando alguien dice a un chico “te voy a presentar a una amiga, es muy simpática” en realidad lo que todo el mundo piensa es “te voy a presentar a una amiga fea pero que suple sus escasas cualidades físicas con un arrollador encanto”.

¿Sí o no? Venga, no seáis insinceros y aceptad que (casi) todos lo habéis pensado alguna vez.

Pues en mi opinión, esta frase es exactamente igual que esta otra: “el tamaño no importa, importa cómo se use”. Igual que en el anterior ejemplo, esa frase intenta justificar unas (en ocasiones) escasas cualidades físicas con un arrollador entrenamiento.

En el mejor de los casos, uno acabará con una novia majísima y otra con unas interminables noches de pasión.

Y en el absoluto mejor de los casos, y tal y como imaginó el otro día un jatero de excepción, tendrás una combinación de ambas cosas en la que “la chica en mitad de una felación parará para contarte un chiste”. Tal cual.

Así que, amigos, que cada uno saque sus propias conclusiones. Yo personalmente, el único tamaño que valoro es el de la barriguita, elemento clave para seducir a Miss Understood y es que un hombre sin tripita no es para mí, por muy “entrenado” que pueda estar en otras situaciones…

Como un fan

Otro momento Miss Understood a tope.

¿Que por qué decidí yo a mis 30 años ser la groupie que nunca fui con 17? Vaya usted a saber, a día de hoy yo me lo sigo preguntando.

Para poneros en situación describo el contexto en el que se desarrolló el patético incidente. Un viernes de enero cualquiera, un concierto en una pequeña sala de Madrid y varios amigos tomando cervezas.

Uno de ellos me comenta que “ha visto a Miren (Tulsa) entre el público”. Yo, que no dejo de preguntarme qué le habrá pasado a esta chica en la vida para haber hecho un disco tan amargo y tan precioso a la vez, sonrío con la simple ilusión de verla a unos metros de mí.

Finaliza el concierto, finaliza mi (creo) tercera cerveza y animada sin duda por la euforia etílica del momento y con la fuerza y subidón de moral que me da mi amiga la Reina para que me acerque a ella, pongo rumbo hacia la voz a la que sólo he tenido el placer de escuchar enlatadamente.

El momento groupie que allí se vivió fue penoso. Fui, lo que se dice, la peor versión de mí misma. Porque ¿qué necesidad había de preguntarle por sus letras o por su próximo disco? ¿qué necesidad había de decirle que me encanta su trabajo o que tiene una voz muy personal y un estilo poco común? ¿qué necesidad había de alabar sus cualidades como artista?

¿Qué necesidad había de todo eso cuando se puede ser tan pazguata como para balbucear, decir frases tontas dignas del más puro estilo teenager y aparentar un escaso criterio musical?

Efectivamente, ésa fui yo. La fan menos fan, rozando la vergüenza ajena con cada una de mis palabras.

Ella estuvo fantástica, igual que la Reina, que trató de salvar la situación lo mejor que pudo. Yo, nada más abandonar la bochornosa situación creo que tomé otra cerveza en un intento de borrar aquél insulso monólogo de mi mente.

La lectura positiva de todo esto es que a partir de entonces ya puedo hablar de que en mi vida, una vez me acerqué a uno de mis ídolos. Una cosa menos pendiente en mi lista de “must do” antes de morir.

Eso sí, una y no más: primera y última experiencia fanática de mi vida.

Si en abril Kapranos me pilla a mano no habrá nada ni nadie en este mundo capaz de convencerme para que me acerque a él. No puedo ni imaginarme repetir toda esta historia con el agravante del inglés…

I am what I am

Que no, que no, que no abandono éste mi rinconcito de esparcimiento personal.

Vivo tiempos complicados con exceso de trabajo (empieza a ser una constante, ¿quizá debería quitar eso de “tiempos complicados” para dejarlo en “vida complicada”?) que me dejan sin ganas de nada.

A lo mejor por eso, un poco en línea con lo que comentaba en mi post anterior y aceptando plenamente que soy como soy, llevaba unos días dándole vueltas a escribir un post sobre lo difícil que me resulta a veces reducir mi nivel de autoexigencia.

Hoy, tras unos días de agotadora actividad, me reafirmo en lo de redactar esta reflexión.

Durante mi época estudiantil siempre hacía alguna actividad extraescolar; deportes e idiomas, básicamente. Las clases me gustan, me divierten, me ayudan a salir un poco de la rutina y cambiar totalmente de tercio. Por este motivo siempre he continuado con mis actividades “extraescolares” a pesar de no estar ya estudiando sino trabajando. Y la verdad es que siempre me ha ido bien…hasta ahora.

Aunque no lo creáis, escribir este “hasta ahora” me ha llevado por lo menos un mes: un mes de sentimiento de culpabilidad, un mes de estrés mental pensando en cómo atajar la situación, un mes de angustia pensando en que iba a abandonar algo que hasta la fecha había funcionado. El resultado: he dejado mis cláses de idiomas este año.

Este “hasta ahora” supone aceptar que el nivel de autoexigencia a veces puede ser menor. He sido indulgente y me he perdonado a mí misma por no ser “perfecta” para comenzar una nueva vida sin estrictos y angustiosos horarios.

Y, sorprendemente, el alivio que he sentido y el peso que me he quitado de encima han sido tan grandes que me siento mejor que hace mucho tiempo.

La realidad es que no se puede ser perfecta en esta vida. La realidad es que no hay ninguna necesidad de serlo.

I am what I am.