Me encanta ser chica.
Y no siempre es fácil ser una chica, pero a mí me encanta.
Esta tarde he estado con los amigos ante los que pronuncié por primera vez esa frase. Aquel día, el comentario vino a colación de un chal muy bien conjuntado que llevaba una de mis amigas en una boda. Trajo cola (el comentario, no el chal). Trajo tanta cola que aún hoy alguno lo ha recordado.
Han pasado unos años desde aquello y, decididamente, mantengo el comentario.
Y mantengo el comentario porque a mí me vuelve loca poder tener el pelo largo y suelto en el trabajo y no ser Iggy Pop. Me vuelve loca poder llevar tacones y falda y no ser Prince o escocés y sobre todo, me vuelve loca encontrar la foto de arriba y comprender que el rojo y el rosa, en realidad, siempre han combinado (gracias por el préstamo, Dana Lee).
Me encantan las cremas que huelen bien, ni sé la cantidad de bolsos y zapatos que tengo (y sí, los necesito todos), me pirran las cajitas con maquillaje, siempre hay sitio en mi cajón para un par de preciosos pendientes nuevos y me emociona el anuncio de un mercadillo multimarca.
Puedo entender a la perfección “Sexo en Nueva York”, hablo abiertamente (que no significa que lo haga con todo el mundo) sobre mis sentimientos, temores y planes de futuro y considero que uno de los días libres más placenteros que me he cogido alguna vez en el trabajo fue para ir de rebajas el día que comenzaban.
Aún a riesgo de que esto que he escrito pueda parecer superficial en una primera lectura, en realidad no lo es. Es parte de lo que soy, parte de mi forma de ser. No es lo único que me define pero sin duda es parte de lo que lo hace.
Y no siempre es fácil ser chica en un mundo de chicos pero creo que a mí no me beneficia en absoluto “perder” parte de mi condición para estar a la altura de lo que se espera del género contrario.
Desde lo alto de mis tacones y con la sonrisa perfectamente delineada por mi enésimo pintalabios me atrevo a repetir: soy sólo una chica y me encanta.


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