Monthly Archive for January, 2009

Just a girl

Me encanta ser chica.

Y no siempre es fácil ser una chica, pero a mí me encanta.

Esta tarde he estado con los amigos ante los que pronuncié por primera vez esa frase. Aquel día, el comentario vino a colación de un chal muy bien conjuntado que llevaba una de mis amigas en una boda. Trajo cola (el comentario, no el chal). Trajo tanta cola que aún hoy alguno lo ha recordado.

Han pasado unos años desde aquello y, decididamente, mantengo el comentario.

Y mantengo el comentario porque a mí me vuelve loca poder tener el pelo largo y suelto en el trabajo y no ser Iggy Pop. Me vuelve loca poder llevar tacones y falda y no ser Prince o escocés y sobre todo, me vuelve loca encontrar la foto de arriba y comprender que el rojo y el rosa, en realidad, siempre han combinado (gracias por el préstamo, Dana Lee).

Me encantan las cremas que huelen bien, ni sé la cantidad de bolsos y zapatos que tengo (y sí, los necesito todos), me pirran las cajitas con maquillaje, siempre hay sitio en mi cajón para un par de preciosos pendientes nuevos y me emociona el anuncio de un mercadillo multimarca.

Puedo entender a la perfección “Sexo en Nueva York”, hablo abiertamente (que no significa que lo haga con todo el mundo) sobre mis sentimientos, temores y planes de futuro y considero que uno de los días libres más placenteros que me he cogido alguna vez en el trabajo fue para ir de rebajas el día que comenzaban.

Aún a riesgo de que esto que he escrito pueda parecer superficial en una primera lectura, en realidad no lo es. Es parte de lo que soy, parte de mi forma de ser. No es lo único que me define pero sin duda es parte de lo que lo hace.

Y no siempre es fácil ser chica en un mundo de chicos pero creo que a mí no me beneficia en absoluto “perder” parte de mi condición para estar a la altura de lo que se espera del género contrario.

Desde lo alto de mis tacones y con la sonrisa perfectamente delineada por mi enésimo pintalabios me atrevo a repetir: soy sólo una chica y me encanta.

Lost in translation

Uno de los motivos más habituales para mi estupefacción cuando leo la cartelera de cine es la traducción tan libre que se hace en ocasiones de los títulos de las películas.

La realidad es que algunas son de vergüenza ajena y excusas como la “sonoridad” o la “comercialidad” del título ya no sirven a un público que, mejor o peor, entiende algo de inglés.

De todas formas, y aquí voy a romper una lanza por los atrevidos profesionales patrios del gremio, esto de la traducción no ajustada a la realidad no es algo puramente “made in spain”.

Pongo un ejemplo que me apasiona.

Dos grandes señoras de la canción italiana (Mina) y francesa (Françoise Hardy) de la década de los 60 compartiendo melodía y perdiéndose en su adaptación.

La original, la italiana (”Se telefonando”). Con ese chorro de voz tan característico, Mina canta que ya no está enamorada y que no sabe muy bien cómo decirlo a su pareja. La traducción (verídica, no temáis) de parte de la letra dice cosas como: “No sé como explicarte que nuestro recién nacido amor ya ha terminado”. El resto de la letra aquí.

La adaptación, la francesa (”Je changerais d’avis”). Cambio de idioma, cambio de ritmo y como no podía ser de otra manera, cambio de letra. La versión de Françoise da un giro de 180º y nos presenta a una chica que dejaría absolutamente todo (amigos, vida pasada, lugar de residencia, etc) por el hombre que actualmente no corresponde a su amor. De nuevo, parte de la letra traducida que habla de cosas como: “Y tanto peor si es una locura, tendría ganas de todo contigo si pudieras amarme”. El resto de la letra aquí.

Bueno, y os preguntaréis (o quizá no) ¿con cuál se queda Miss Understood? Y la respuesta es: con las dos.

En realidad estas dos versiones vienen a solucionarme un problema. Y es que a mí la versión de Mina es de las que me hace cantar y cantar por la fuerza que desprende y el subidón de adrenalina que me da, pero no siempre tengo el cuerpo como para decirle adios a alguien. Hay veces en las que me apetecería más bien darlo todo por ese alguien, momentos en los que sin duda me quedo con Françoise y su interpretación desesperada.

La cara y la cruz de una misma melodía. ¿No sería una magnífica idea que pasara lo mismo con todas las canciones y así pudiéramos elegir con qué letra cantarlas dependiendo del estado anímico en el que nos encontrásemos en ese momento? ¿Para cuándo una versión en la que la Winehouse diga “sí, sí, sí”?

Mientras eso llega, os dejo con los vídeos. Hoy soy de Mina. Mañana quién sabe.

Highway to hell

Este año no me puse ropa interior roja el día de Nochevieja. Tampoco metí nada de oro en champán, ni levanté un pie al cumplirse las últimas doce campanadas del año.

Ni siquiera terminé a tiempo de comerme las uvas. Esto no es una gran novedad desde que un año, apremiada por la promesa de felicidad que da engullirlas en doce segundos, casi muero atragantada con una maligna uva que decidió tomar un camino distinto al de mi estómago.

Historias aparte, este año no he cumplido con la tradición más que en lo estrictamente necesario.

Ya se sabe que no soy muy dada a seguir rituales, ni siquiera ésos que me resultan graciosos, así que este año tampoco seguí el ritual que inventaron mis vecinos hace unos cuantos inviernos. Dicen que les da suerte y que empiezan bien el año, así que voy a dejarlo por escrito, no vaya a ser que alguno lo necesite en diciembre…

Al cumplirse el inicio del nuevo año y tras los consabidos besos, abrazos, brindis y demás manifestaciones de afecto, se coge una mochila que tendremos previamente preparada. En ella habremos metido objetos a los que tengamos apego y que creamos además que nos van a ayudar de alguna forma a pasar el año en condiciones: unas zapatillas, un pañuelo grande, unas gafas de sol, una brújula… ¡qué sé yo!

Con la mochila lista se sale a la calle a encontrarse con todos nuestros amigos que quieran participar el ritual. En la calle, bajo el frío manto de la noche, se inicia el segundo turno de besos, abrazos y gritos de júbilo por el nuevo año que empieza. Se mira hacia arriba y se saluda al resto de atónitos y divertidos vecinos (esta Miss que os habla entre ellos) que cada año asisten a la ceremonia desde sus casas.

Cuando está todo el mundo listo, comienza verdaderamente el ritual. En ese momento, se inicia una carrera hasta la carretera más cercana y ya en la acera, se coge todo el mundo de la mano y (mochila en espalda) se cruza la carretera. Se cruza la carretera y se vuelve a cruzar, retornando al punto de partida.

Y ya está. Según los inventores de esta tradición, hacerlo cada año trae suerte y ayuda a empezar en las mejores condiciones.

Como decía, yo nunca he sido muy amiga de este tipo de conjuros y no sé si cruzar la carretera te llevará al infierno o al mismo cielo. Yo lo único que sé es que empiezo el año tranquila en casa con mi familia mientras hay gente voluntariamente pasando frío y lo que es peor… ¡corriendo!

Si el año que viene considero que no me ha ido como esperaba, quizá me anime a aunar esfuerzos y reunir en uno todos los conjuros que conozco para darlo todo por mi felicidad más absoluta. Y digo yo, ¿cómo le sentará al dios de la carretera que le lance un sujetador?