Monthly Archive for November, 2008

The power of goodbye

A veces cuesta aceptar que hay que decir adios.

Asumir una despedida muchas veces genera un dolor más intenso que la despedida en sí misma. Normalmente, aceptar que es tiempo para decir adios te enfrenta a tus fantasmas, a ese “yo” que nadie más conoce, a los miedos y a las dudas, a la incertidumbre del futuro y a la visión más fea que cada uno puede tener de sí mismo.

A veces cuesta decidir decir adios.

La teoría es fácil. Yo me la repito cada cierto tiempo y la repito a mis amigos cuando necesitan oírla. Ellos lo hacen igual por mí. La teoría se me da bien, siempre he sido buena estudiante: la mente clara, el pensamiento objetivo y ser consciente de que hay que abandonar el terreno de juego es todo uno.

La práctica es difícil, muy difícil, aún teniendo la teoría bien aprendida. Los recuerdos y las emociones se interponen en el camino como gigantescas piedras imposibles de sortear.

A veces cuesta querer decir adios.

Creo que es condición del ser humano el aferrarse a pequeños detalles sin importancia que hacemos grandes y volvemos el hilo principal de nuestro argumento. Nos conviene más de esta manera. A mí, concretamente, se me nota la tendecia a ver señales donde en realidad no hay nada. O igual sí.

Y es esta duda, este “igual sí” lo que acaba por destruir todo el trabajo conseguido con la nítida teoría. Y soy consciente de que es este “igual sí” al que me agarro en un intento de no reconocerme a mí misma que en realidad no quiero decir adios.

A veces cuesta vivir un adios.

Si acepto que ha llegado el momento del adios, decido que voy a decir adios y realmente quiero decir adios, entonces ¿por qué no me siento mejor cuando al fin lo llevo a cabo? Tengo la sensación de que más que vivir un adios, sobrevivo a él.

Aunque bien pensado, eso no es necesariamente malo. Aquí dicen que es una lección que hay que aprender y que no existe mayor poder que el poder del adios.

A veces cuesta decir adios.

Y cada vez me cuesta más decir hola.

The sweetest thing

Tarde de domingo y estoy con el mono de chocolate.

Como tengo que ponerme un vestidito dentro de dos semanas me lo tengo más que prohibido, así que en mi sufrimiento he elaborado una lista (que hacía mucho que no pensaba en una) de las maneras en las que atacaría ahora mismo el dulce por excelencia.

Si acabais de leer la lista sin ganas de ir a comer algo dulce seréis mis héroes.

El placer negro y los momentos perfectos

1. El Paradigma y sus 8 texturas de chocolate (maravilloso Oriol Balaguer) en casa de mi “Cara Antonia”

2. Un chocolate azteca calentito en Cacao Sampaka acompañando a una buena conversación

3. Un chocolatísimo con 5 cucharas en una cena-de-chicas-a-la-que-no-vienen-chicos

4. Una tarrina de Choc Choc Chip a media noche, como en la peli de Coixet

5. El final de un cucurucho de Frigo en la playa con mis amigas

6. Unos bombones de Peta Zetas (again Oriol Balaguer, este hombre es un semidios) mientras hablamos de la SAFA por Barcelona

7. Una fondue de frutas con chocolate en un molino en mitad de la nada, redescubriendo amigos

8. La bola del final de un Bollycao al salir del cole (¡cómo corría yo entonces!)

9. Un batido casero con extra de Colacao al llegar a casa un día de mucho calor

10. Unas onzas de chocolate con avellanas en casa de Grandma Understood

Soy tan golosa que podría añadir unos cuantos números más en la lista: felices dósis en los momentos buenos y empachos contra el desconsuelo en los malos. Siempre ahí, el chocolate nunca falla y te devuelve a la vida. ¿Alguien da más?

Money (That’s what I want)

Queridos míos:

que sí, que os quiero mucho, que os adoro, que me encanta que vuestras vidas vayan bien y me alegro infinito de estar a vuestro lado para verlo, pero…¿no podríais por unos meses dejar de casaros? Digamos, por ejemplo, hasta que se acabe la crisis.

Esta noche Janca ha entrado a hurtadillas en casa y me ha enviado la prueba del delito. Así está mi hucha:

Flaca, flaca, flaca. Y cabizbaja, cabizbaja, cabizbaja.

Es lo que hay. Desgraciadamente, una alegría tan grande como que un amigo se case se traduce desde hace unos años en un desembolso económico semejante.

Ante la avalancha de marriages que se me viene encima, no puedo evitar acordarme de un amigo de mi época universitaria que asistió a la boda de su hermano con unos chinos y un polo.

Recuerdo que en su momento la idea me pareció espantosa. Madre mía, ¡no quiero ni pensar en qué diría mi hermanísima si en mayo me presento a su boda con una falda vaquera!

Y aunque la idea sigue siendo algo descabellada para según qué ocasiones, no puedo evitar preguntarme si no sería lo más acertado en otras.

Realmente -y éste era el argumento de mi amigo- ¿qué importa más: tu asistencia al evento o cómo vayas vestido al mismo? ¿es más importante lucir “bien” que simplemente “lucir”? ¿no sería mejor sumar al regalo para la pareja el dinero que normalmente me(nos) dejo(amos) en ropa, calzado, peluquería, etc.?

Podría hacer una colecta tipo Mobuzz entre mis allegados, a ver si consigo llegar a final de año.

O podría…uuuuhhh….repetir modelo (¡ya está, ya lo he dicho!). Los que me conocéis sabéis que me encanta llenar mi armario y después enseñarlo, pero cada vez empiezo a entender más el concepto de “reciclaje”.

Y que yo hable de “reciclaje”, creedme, es un claro síntoma de que “algo” estamos haciendo mal. ¿No decía la canción que “the best things in life are free”?

Ojo al dato

Una de las cosas que más me divierte hacer en la vida es meterme a una tienda de discos y buscar y rebuscar hasta encontrar pequeños tesoros escondidos.

Este pequeño-gran placer, además, es algo que hago sola, siempre sola, para que no me moleste nadie ni me sienta presionada a dejar de mirar antes de lo que yo considero “un tiempo adecuado para moverme entre discos”.

Como últimamente estoy un poco falta de tiempo, me he centrado en buscar y rebuscar discos en tiendas de internet. Mi amigo Blondie me recomendó ésta, que cumple más o menos los requisitos de una tienda física pero en virtual: tiene un catálogo más o menos amplio, buenos precios y no te cobran nada por enviártelo a casa.

Publicidades a un lado, hoy he estado buscando “joyitas” para otra de mis grandes (y escondidas, hasta ahora) pasiones, que son los discos navideños. Sé que a muchos les parecerá una horterada, pero qué se le va a hacer, esta Miss a veces es hortera.

Estando tan concentrada como estaba, algo ha llamado mi atención. En la parte inferior de la página me encuentro con un anuncio: “¿Quieres conocer a Jason Donovan? Entra en el concurso“.

Aaahhh…¿Jason Donovan? ¿El mismo Jason Donovan de Kylie Minogue? ¿El rubito australiano ochentero que llenaba las Super Pop de mi adolescencia? ¿Ese Jason Donovan? Pues sí, sigue vivo (afortunadamente para él) y en activo (aún no me atrevo a poner un calificativo a esto).

Al parecer saca un nuevo disco. Al parecer va a hacer una gira. Al parecer no vendrá a España. Al parecer la gente sigue acordándose de él. Al parecer hay vida después de la factoría Stock, Aitken & Waterman. Al parecer, este tipo de visiones me las podría haber ahorrado en una tienda física del centro…

Total, que me he visto en la necesidad de informar de semejante hallazgo tan al margen de corrientes alternativas y artistas (y público) veinteañeros, que hay muchas páginas en las que lo hacen mejor que yo.

Como dato, yo no he participado. Es que yo a Jason Donovan sólo le escucharía en caso de que sacara un disco navideño ;-)

Cuando los pollos son grandes

Totalmente Miss Understood desde ayer.

Reproduzco la situación porque tiene tela…

Salgo a mediodía a comer con mis compañeros de la oficina y nos dirigimos al clásico sitio de menús del día más o menos aceptable. Pido de primero unas verduras y de segundo pollo asado, a ver si mantengo el tema calórico a raya.

Fui la única en pedir pollo y la verdad, me sorprendió bastante cuando me trajeron el segundo plato porque la ración era enorme. Hice lo que pude con él aunque no logré acabar (ya os digo que era enorme).

Cuando estaban a punto de retirarnos los platos para tomarnos nota del postre, se produce la siguiente conversación:

Compañero: - ¿Estaba bueno el pollo?
Miss: - Sí, no estaba mal, quizá un poco seco pero se podía comer.
Compañero: - Es que te han puesto un pollazo.

Tal cual.

En ese momento le dediqué una mirada fulminante al compañero en cuestión, por grosero. El resto de la mesa empezó a partirse de risa ante mi cara, el comentario en sí y los intentos (en vano) de mi compañero por explicarme (en vano) que el comentario había sido de forma inocente (intento también en vano).

Lo único que acerté a decir para salir del paso fue un “No sé, yo no entiendo de pollazos“.

Por supuesto, el resto de la mesa siguió riéndose el resto de la comida, el resto del camino hasta la oficina y el resto de la tarde.

Y yo seguí en mi papel de Miss Understood el resto de la comida, el resto del camino hasta la oficina y el resto de la tarde.

Jamás vuelvo a pedir pollo.

No need to argue

Nunca hubiera podido estudiar Derecho. Me hubiera vuelto loca en el intento.

Los tochos de teoría nunca han sido de mi agrado. Como diría una amiga mía, lo mío son los “calculismos” y las ideas felices.

Y digo esto porque hace unos días pude comprobar con regocijo que hice lo correcto alejándome hacia el lado de las ciencias.

Para entrar en materia contaré que hace un tiempo tuve lo que algún amigo calificaría, siempre de coña, como “sexy”: me dieron por detrás (con un coche) y yo di al de delante (a otro coche).

Debido a estos líos que las compañías de seguros se traen entre manos, no sé muy bien por qué pero acabé presentándome en un Juzgado como demandada (yo, demandada!!!).

Así que ese día me vestí para la ocasión, me peiné toda mona y traté de relajarme ante lo que sin duda se ha convertido en una de las experiencias más bizarras de mi vida.

Tras hablar un rato con mi abogado, entré a la sala. (Nota mental: hacer un post sobre las togas)

Dió igual, repito, dió igual haberme tragado todos los capítulos de Ally McBeal porque sin duda, éste fue infinitamente más intenso.

Decía que estaba yo en la sala: abogados a un lado y a otro, el Juez de frente, alguien de prácticas a su lado (que en esta vida hasta los Jueces pasan por la fase becario) y la clásica señora que se dedica a escribir todo lo que ocurre en un ordenador (que ya se han modernizado y han dejado atrás la maquina de escribir de las pelis).

Y empezó la función el juicio. Un “con la venia” inauguró el ir y venir de comentarios en un lenguaje indescifrable e irrepetible ahora mismo por escrito. Yo alucinada, claro. Me sentí como en clase de árabe, que no me entero de nada pero al menos me queda el consuelo de que hablan en otro idioma.

Y estaba yo con lo que creo que era mi cara de pánfila ante lo que estaba sucediendo cuando veo que mi abogado me hace una señal para que me acerque al micrófono a… ¡declarar!

Esto fue lo más de lo más. Yo en el micro, atendiendo a los abogados, cada uno con sus preguntitas y sus acusacioncitas, pero tranquila. Tenía claro que en un juicio cada uno hace su papel y yo confío ciegamente en la verdad y en la justicia, así que ¿por qué estar nerviosa?

Minutos más tarde encontré un motivo para estarlo. Deciden llamar al testigo Fulanito de Tal para que entre a declarar. En ese momento veo desfilar ante mis ojos al conductor del coche contra el que me estampé. Se dirigió al micrófono y prestó declaración.

Conseguí calmarme pero cuál sería mi sorpresa cuando llamaron a declarar a otro testigo de excepción: Menganito de Cual. ¿Y quién créeis que apareció allí? El que me dió por detrás (con esta frase del relato puedo asegurar que el 80% de los hombres que me leen han esbozado una sonrisa)

Igual que había sucedido antes, prestó declaración y se sentó. Los abogados siguieron hablando en su idioma inventado y el juicio terminó (creo, yo es que estaba un poco perdida).

Lo escalofriante del asunto fue el reencuentro de los tres implicados en el accidente y no por malos rollos, ni malas caras, ni nada por el estilo. Realmente lo penoso fue que unos años después les vi cambiados, les vi mayores, noté el paso del tiempo por ellos. ¿Lo notarían ellos también en mí? Ay, no quiero ni pensarlo…

De verdad, me senti como en una de esas películas en las que los malos se encuentran años después y comentan lo sucedido con un halo de misterio y voces entrecortadas. Es decir, así pero en real y en cutre, claro.

Hoy al llegar a casa me he encontrado en el buzón una nota de Correos. Me ha llegado una (nueva) notificación del Juzgado… a ver qué pasa ahora, la verdad es que estoy atónita y expectante ante el desarrollo del proceso que tengo abierto…

To be continued.

El Club de la Anchoa

El gran Goa-man ha dicho hoy algo tan cierto que espanta: “-Ponte a pensar en todos tus amigos y dime con cuántos de verdad eres capaz de mantener una conversación medianamente inteligente y apasionante, una de ésas de las que cuando terminas de hablar piensas “joder!”

Afortunadamente a mí me salen unos cuantos. También creo que con el paso del tiempo los que de verdad son amigos son aquéllos que has ido escogiendo y han ido sobreviviendo a los años, y eso es debido a que cubren las parcelas que necesitas en cada momento.

En ésas estaba cuando me he ido a cenar con un grupo de amigas al que a partir de ahora llamaré “El Club de la Anchoa”.

¿Y qué se cuentan en el Club? Lo de siempre: que si una se cae del step cuando hace gimnasia (hay que ver lo difícil que es subir a un step!!!), que si la otra está feliz porque tiene suelos llenos de porquería (trabajo asegurado!!!), que si la de más allá ha alquilado el tranvía para su boda (pasando de autobuses, sí señor, que por algo es de Bilbao la chica!!!), que si la otra pidiendo que le recordemos las cosas malas que tenía su ex-novio (cómo nos gusta oirlo a veces!!!) y la que me falta, que se nos ha hecho medio funcionaria y está feliz de la vida (envidia que te tengo, chica!!!)

Y yo, con lo mío. Muerta de risa con las historias y diciendo que lo iba a postear (es que me he vuelto una de esas bichas que va por ahí diciendo “te voy a hacer un post”).

¿Y la conversación inteligente y profunda? Hoy le hemos pedido que no viniera a cenar, que queríamos reírnos y estar tranquilitas, hablando de celofanes y de candelas. Por los viejos tiempos y por los que van a venir, en los que seguro que tendremos más de una charla de la que digamos “joder!”