Monthly Archive for September, 2008

De semillitas y cigüeñas

Nunca he sido muy fan de Nicole Kidman. Ni cuando era pelirroja, ni ahora que es rubia platino. Ni cuando tenía pecas, ni ahora que tiene la cara cual muñeca de porcelana. Ni cuando cantó con Ewan McGregor (ahí sólo la envidié un poco), ni cuando cantó con Robbie Williams.

A pesar de no ser su fan, reconozco que esta semana me ha parecido la más grande (con permiso, claro está, de “la más grande”).

Leo en los periódicos unas declaraciones suyas asombrosas sobre aguas mágicas australianas que han hecho que se quede embarazada. Embarazada y loca, añado.

Vamos a ver, vamos a ver…¿cómo puede una persona aparentemente cabal pensar que se ha quedado embarada porque se ha sumergido en unas misteriosas aguas que han ayudado en su fertilidad?

Nicole ¿no será que acostumbrada a tu ex-marido supuestamente sacarino (de los que endulzan pero no engordan) ya no contabas con quedarte embarazada? ¿No será que has tenido mucho tiempo libre durante el rodaje y te has dedicado a los placeres de la carne, al igual que tus otras compañeras de reparto? Y claro, tanto va el cántaro a la fuente…

En mi opinión, esto tiene pinta de montaje publicitario pro-turismo y a partir de ahora las famosas aguas se van a convertir en una especie de Meca del embarazo. Tiempo al tiempo.

Así que si de mi dependiera, Nicole iba a pasarse sentadita unas horas viendo ese anuncio de la tele que parece que ella jamás vio. Sí, sí, el de “papá pone una semillita en mamá…” porque a estas alturas de la vida, me da un poco de miedo que en un futuro hable de que su próximo hijo lo ha traido una cigüeña volando de Paris.

Un poquito de rigor, Nicole, un poquito de rigor…

¿Sin tetas no hay paraíso?

Ayer tuve la suerte de comer con 5 grandes aficionados a las planchas Jata, irrepetible la comida, estos chicos son enormes. ¡Señores, vaya desde aquí mi homenaje!

Volviendo a temas más mundanos, entre las perlas que oí durante la comida, me enteré de que tienen por azar en su poder una foto del escote de Miss Understood. Evidentemente, es un robado. Pero robado de los de verdad, ¿eh?

Ni me sorprende (por lo habitual del escote en mi vestuario), ni me importa (por el mismo motivo). El pecho es algo que viene de serie y tengo cosas más urgentes por las que preocuparme.

Y quizá es porque no me preocupa en absoluto por lo que me llama la atención lo mucho que les preocupa a otras.

Estos días estoy leyendo un libro italiano que compré pensando que me reiría y está resultando un poco rollo autoayuda. El autor, un psicólogo que se está haciendo de oro, instruye a las lectoras para que se sientan a gusto consigo mismas y con su cuerpo y de esta manera puedan conseguir un marido rico (ya he dicho que el resumen de la contraportada prometía otro tipo de libro).

A lo que iba: a gusto con una misma es distinto para cada una, pero parece que sobre algunos aspectos físicos recae más responsabilidad que sobre otros.

Las cifras sobre operaciones de pecho en España crecen cada año y en su mayoría son aumentos de pecho. Totalmente a favor si eso hace feliz a la mujer que se mete al quirófano. Ahora bien, totalmente crítica si la única causa que empuja a alguien a hacerlo es la presión estética a la que nos vemos, sin querer, sometidas con nombres de series como el título de este post.

No me parece justo que nos vendan que con un escote de vértigo se puede tener todo en la vida. Y menos justo me parece que haya chicas que se sometan a una operación que no deja de tener un riesgo porque realmente lo consideran cierto.

Hasta el mundo de las Blythe ha llegado el silicona moment:

Yo, por si acaso, a Olivia no le he dejado verlo.

El nacimiento de Miss Understood

La primera vez que fui Miss Understood tenía 8 años.

Por aquel entonces mi vida consistía en ir al cole, hacer alguna que otra actividad extraescolar y esperar a que llegara el fin de semana para comprar chucherías. De hecho, y ahora que lo pienso, cambiando el cole por el trabajo y las chucherías por trapitos, creo que sigo igual que con 8 años.

El caso es que iba a un cole en el que llevaba uniforme: pichi de color azul, camisa blanca y medias azules. El típico uniforme, vaya.

Y estando yo tan feliz, hete aquí que de un día para otro todo cambió. Debido a algún tipo de pacto vitalicio que ha hecho a escondidas mi piel con el diablo, me encontré una tarde en el médico consultando una erupción que me había salido en los pies.

El diagnóstico: alergia a los calcetines de colores…¿Alergia a los calcetines de colores? ¡Horror!

El tratamiento consistió en kilos de pomada y calcetines blancos durante unos meses, hasta que aquello desapareciera (es que en realidad, y por si no se ve claro, a lo que tenía alergia era a los colorantes que usan para teñir la ropa)

Así que a la tierna edad de 8 años me convertí en la niña que todo el mundo miraba en el patio, aquélla de la que todo el mundo se preguntaba qué le pasaría para que su uniforme hubiera cambiado.

Sí, ésa fui yo. Miss Understood en versión mini. Porque yo no podía tener gripe, no, yo tenía que ser muchísimo más original y tener alergia a los calcetines de colores…Dios, sólo de pensar en la cantidad de días que los llevé blancos se me ponen los pelos de punta.

Ni que decir tiene que no los he vuelto a llevar en la vida, lo que significa que afortunadamente mi extraña enfermedad desapareció para nunca volver y ahora lo recuerdo como una etapa terrorífica en lo que a estilismo se refiere y fantástica en cuanto a todo lo que el percance ayudó a crear al mito personaje que soy hoy.

“- Hola, soy Miss Understood y sufrí de calcetines blancos en la infancia”
“- Hola Miss Understood, te queremos”

Parole

Genial. Es casi la una de la mañana y acabo de entrar en casa, reventada de todo el día y con ganas de dormir y ¿qué me encuentro en lugar de la anhelada tranquilidad de mi hogar? Pues una pelea telefónica a grito pelado de la vecina (pesada) de arriba.

No es la primera vez que ocurre pero por mi bien espero que sea la última. A ver si deja ya al (suponemos) bastardo de su novio que (evidentemente) no le conviene, a juzgar por los gritos que pega ella. Por cierto, me encanta la palabra “bastardo”. Suena redonda, fuerte y con un tono de mucho desprecio cuando la dices lentamente.

A lo que iba: al susodicho (que no vive arriba) también le he oido gritar, pero en alguna situación de las de dos rombos y bueno, este momento preferiría olvidarlo para el resto de mis días…

Me doy cuenta de que tengo un problema bien grande (aunque no tanto como la de arriba): ¡quiero dormir!

Y creo que tocarle el timbre y pedirle amablemente que termine su pelea porque necesito descansar para mi duro día de mañana no va a causar el efecto esperado.

Mientras tanto, y para hacer más llevadero este trago, llevo varios mensajes intercambiados con un plurkero al que sólo conozco de la red pero que, contra todo pronóstico, me cae bien.

Es curioso: mi plurkero podría ser el novio de la de arriba y podría estar manteniendo esta conversación conmigo en la red mientras discute con su novia por teléfono. Sí, ya sé, ya sé, los hombres jamás podrían hacer estas dos cosas simultaneamente…

El hecho es que nunca llegas a saberlo todo de alguien y sólo estando en las peores situaciones te acercas a la verdadera realidad.

La de arriba ya ha dejado de gritar y mi plurkero se ha ido de la pantalla. Ay, ay, ay…mañana le doy de baja, no vaya a ser que en breve alguien publique un post sobre mis discusiones de pareja.

Palabras más, palabras menos

La semana pasada un amigo me hizo un regalo bloggero: mi propio wordle. Esta aplicación consigue que las palabras que más aparecen en un blog se conviertan en un original y artístico collage.

Os enseño el resultado:

Chulo, ¿no?

Supongo que el tamaño irá relacionado con el número de veces que se nombra cada palabra. Lo más curioso de todo es que no tengo la sensación de pasarme el día escribiendo sobre los hombres pero así lo ha interpretado la aplicación.

¿¿¿¿O es que me has hecho el wordle del cerebro sin que yo me entere????

Let’s talk about sex, baby

¿En serio tengo que hablar de sexo en el blog? Eso parece. Tengo un plurkero que me lo ha pedidosugerido…qué le vamos a hacer, no está el mundo del blog como para perder lectores.

Empecemos por esto: ¿Por qué le llaman amor cuando quieren decir sexo? Y la respuesta es: ¡A mí qué me cuentas!

Yo le llamo sexo cuando quiero decir sexo (al amor no le pongo nombre porque se corren riesgos innecesarios).

Decía que yo le llamo sexo cuando quiero decir sexo. Y tan a gusto que me quedo. ¿Con el sexo? ¡No, con decirlo correctamente!

Podría contar mil historias, propias y ajenas, sobre chicos que aún creen que tienen que dar un “valor añadido” a una noche de pasión para poder conseguirla.

Un consejo: no lo hagáis. No sirve de nada y nos cabrea.

Si es sexo, es sexo. Para mí y también para tí. Es sexo para los dos. ¿Lo acepto o no lo acepto? Ésa es otra historia.

¿Qué pasa si me intentas camelar con “te llamo”, “no quiero estar con otra”, “yo esto no lo suelo hacer a menudo”, etc. y luego no te comportas como si yo fuera tan especial para ti? Que pierdes la posibilidad de tener sexo conmigo por segunda vez. Es muy simple.

Es muy simple y muy perjudicial a la vez. Para mí y también para tí.

Así que, por nuestra salud mental y por la prosperidad de las empresas de anticonceptivos, seamos honestos y llamemos a las cosas por su nombre. Yo lo agradecería.

4 millones de rayas

4 millones de rayas tengo repartidas por mi ropa. 4 millones de rayas, horizontales en su mayoría.

Quienes me conocen bien, lo saben: ver algo con rayas de colores y probármelo es todo uno.

Y llevo 4 millones de años escuchando que mejor sería ponerme las rayas en el otro sentido, que las verticales estilizan.

Pues bien, me llega vía plurk una noticia. Para deleite de l@s raya-fans y castigo de Mrs. Understood, que es mi madre, os cuento que tras un (imagino) arduo estudio, se ha probado que toda la teoría respecto a dichos estampados en la ropa era incorrecta.

¡Síiiiiiii! ¡Por fin!

¡Por fin algo de cordura en el mundo de la costura! Aprended maestros de la moda: el estilo marinero pervive por algo, no sólo para que el señor Gaultier venda más colonias.

Por fin este estilo dejará de parecer anclado (y nunca mejor dicho!) en la zona de clásico-básico para pasar a ser el absoluto protagonista de la pasarela.

Por fin abandonaremos el barco (y nunca mejor dicho!) del estampado veraniego para pasar a ser lo más visto en el Polo Norte.

¿A quién le apetecen unas rayas? ;-)

It’s the end of the world as we know it (and I feel fine)

Al final el miércoles no se acabó el mundo.

Vamos, que mucho mejor así, dónde va a parar, que aquí la Miss tiene mucho que decir, sobre todo porque esto acaba de empezar y el carrete siempre ha sido lo mío.

Sinceramente, no consideré muy en serio la noticia porque según Nostradamus, estaremos por aquí todavía unos años. Sin embargo, una pequeña duda se encendió en mi hasta el momento en que conectaron el super cacharro del espacio. ¿Y si el agujero negro fuera más probable que las profecías más oscuras?

Así que saqué la báscula, que es para lo único que la he sacado desde hace meses, con la intención de “pesar” sólo las cosas buenas de mi vida y lograr quedarme tranquilita (en esto he preferido seguir la tendencia de una amiga que se niega ir al cine a ver cosas tristes porque “para miserias ya está la vida real”).

Y según la saqué, la volví a guardar porque yo el balance me lo sé de memoria.

No hay que ponerse ante situaciones catastrofistas para ser consciente de lo que hay. En cada momento, con cada decisión que se toma se marca el camino y añades cosas buenas a la balanza o contrarrestas las que ya tienes. La conciencia no perdona y, aceptémoslo, siempre se sabe hacia qué lado caerá.

Y no todo en la vida es de color rosa pero de lo que esto se trata es de aprender a combinar los colores.

El 334

He leído esta semana aquí que la infidelidad de los hombres tiene una razón científica.

La culpa de todo la tiene un gen, el alelo 334 que, según cuentan, influye en la actividad del cerebro y por el que se podrían explicar algunas actividades infieles en los hombres.

Lo que me pregunto tras leer la noticia es lo siguiente: las mujeres poseen el gen pero éste no influye de forma significativa en sus cerebros, por lo que el estudio se ha llevado a cabo en hombres; en hombres heterosexuales. Ahora bien, estos hombres cometen sus infidelidades con alguna mujer, entonces, ¿qué explicación (científica o no) tienen las mujeres para “justificar” sus infidelidades? ¿Se supone que las mujeres infieles lo son porque quieren serlo?

Pues va a ser que sí, que lo hacen porque quieren. Igual que van de tiendas porque les apetece, se cuidan para sentirse bien y se dan caprichos y se comportan libremente en cada momento. Sin genes, sin excusas, sin justificaciones.

Yo hace muchos años que llevo una frase en mi chaqueta vaquera. A ver si ahora va a llegar un estudio que me diga que “lo mío” tiene una explicación científica…

La noche me confunde

Madre mía, madre mía…la de mentiras que andan sueltas por los bares.

Si ya lo decía Dinio: que la noche le confundía. Y al final va a resultar que este personaje, que fue el hazmerreir del país durante un tiempo, tenía toda la razón.

Y sí, sí, a mi la noche me confunde, pero no tiene nada que ver con no saber lo que hago sino con la de tonterías que me llevo puestas a casa tras dos copas.

Hoy sin ir más lejos he conocido a un gigoló de barra americana, a un pastor de ovejas en trashumancia y a un fontanero.

Eso me han dicho. “Eso me han dicho” es muy distinto de “eso me he creido”, que una ya está curtida en estos temas. Evidentemente, esto no hay quien se lo crea y ahora me limito a encontrar la gracia en adivinar quién me va a contar el disparate más grande. Así que la conclusión es fácil: me he reido un montón.

Cambiar mi nombre, que me parecía hasta algo que hacía por seguridad hace años se queda muy corto en comparación con el “astronauta que se dedica a arreglar lavadoras”, el “montador de piscinas” o el “heredero de la familia real polaca asesinada” que he tenido el gusto de conocer en otras ocasiones (ésta última es muy buena, le dedicaré un post personalizado al protagonista).

Y dicen que es por no hablar de trabajo mientras se está en tiempo de ocio. Podría ser, pero como me lo han dicho de noche lo pongo en cuarentena por si me confunde…